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lunes, 22 de diciembre de 2008
COLUMNA

Dejar la puerta abierta

Vengo de Kiev, donde (previsiblemente) nevaba y hacía un frío intenso. Pero el problema no es el frío en la calle, sino dentro de los edificios: unos pésimamente construidos ventanales hacen que el calor se escape por las rendijas de los mastodontes arquitectónicos de la época soviética. Tal derroche energético es imperdonable en general, pero incomprensible en un país agobiado por la dependencia del gas ruso y que está en el punto de mira de alguien con tan pocos escrúpulos como Vladímir Putin. Para empeorar las cosas, esta semana pasada la mitad de los ciudadanos de Kiev han estado sin agua caliente, no por falta de pago, sino porque, al parecer, la empresa que gestionaba los cobros se quedó con el dinero, lo que llevo a la central a cortar el suministro.

España no sólo está ausente de Ucrania, sino que es percibida como uno de los principales valedores de Rusia en la UE

La extrema fragilidad de la situación en Ucrania es visible en todos los ámbitos. La crisis financiera ha llevado a una devaluación de la moneda de más del 45% y el sistema bancario ha estado a punto de colapsarse por la retirada de depósitos. A su vez, la caída de la demanda de materias primas está afectando muy seriamente a la minería y a la siderurgia, lo que elevará aún más el desempleo. El Fondo Monetario Internacional ha diseñado un plan de rescate, pero no se sabe todavía si éste tendrá éxito frente a una recesión que se anticipa del 5%.

La situación política tampoco induce al optimismo. En un momento crucial, el consenso es inexistente en un país que sigue dividido en tres facciones cuyo único objetivo parece ser tomar el poder en las elecciones presidenciales de 2010. Por si esto fuera poco, la compra de escaños por parte de oligarcas y mafiosos ha sido una constante en los últimos años: con ello se garantizan la inmunidad penal, paralizan una legislación contraria a sus intereses y se sitúan en una posición inmejorable para lograr suculentos contratos estatales. No en vano, en los barómetros de la organización Transparencia Internacional, que mide regularmente los niveles de corrupción en el mundo, Ucrania se sitúa en un escandaloso puesto 134. Esto sitúa al país a la par de países clásicos en los índices de corrupción, como Mozambique, Pakistán o Nicaragua. Las estadísticas no hacen más que confirmar algo que es palpable en el número de coches de lujo atascados en el tráfico navideño.

En las conversaciones con los ucranianos ha quedado en evidencia lo poco que queda de la ilusión que generó la llamada revolución naranja en 2004. Inevitablemente, todas las miradas se dirigen hacia la Unión Europea. Los acuerdos de asociación, que incluirán libre comercio y mayores facilidades para la libre circulación de personas (también ayuda para combatir la corrupción), van a ser cruciales, y la Unión ha hecho muy bien en aventurarse por esa senda. Pero tan importante como los beneficios materiales son los aspectos psicológicos: para la sociedad ucraniana, lo verdaderamente importante sería que la Unión fuera capaz de otorgar una perspectiva de adhesión. Aún sin una fecha concreta, dicha promesa tendría un efecto importantísimo para cohesionar el país en torno a un objetivo compartido.

Entender esto desde España, donde la perspectiva de adhesión a la UE tuvo tanta importancia durante la transición, es sumamente sencillo. Lógicamente, el camino europeo de nuestro país, igualmente plagado de dificultades políticas, económicas y sociales (incluido un muy polémico referéndum sobre la OTAN y unas durísimas reformas económicas), despierta muchísima curiosidad. Lamentablemente, sin embargo, excepto por iniciativas como ésta, organizada por el Centro de Información y Documentación Internacionales en Barcelona (CIDOB), España no sólo está ausente de Ucrania sino que es percibida como uno de los principales valedores de Rusia en la Unión Europea. Desde Kiev no se entiende muy bien por qué España, que apoya con tanta vehemencia el ingreso de Turquía en la Unión, no se cuenta entre los que defienden que países como Ucrania deben contar con un horizonte europeo mucho más claro.

De vuelta a Madrid, coincidimos en el aeropuerto con un grupo de niños que venían a pasar las vacaciones en familias españolas. De entre las frases que practicaban en castellano se escapó una que no dejó de llamar la atención: "¿Tienes un trabajo para mi papá?". Para bien o para mal, el futuro de Ucrania y el de la Unión Europea están vinculados; la cuestión es saber si esa vinculación estará dominada por la misma generosidad y visión a largo plazo de la que países como España se beneficiaron en su momento. La verdad, aunque entre un poco de frío, a veces es mejor dejar la puerta entreabierta.

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