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domingo, 21 de diciembre de 2008
Entrevista:PERSONAJE2008

El hombre que salvó al ciclismo

Ganador del Tour, el Giro y la Vuelta a España. Llegó desde Pinto para devolver la honorabilidad a un deporte de valientes tocado de muerte por la sombra del dopaje. Ésta es la verdad de un ciclista llamado Alberto Contador.

Ya no soy esa promesa, ja ja", contesta de buen humor Alberto Contador a quien le felicita su cumpleaños. Es el día de la Constitución, sábado 6 de diciembre. Cumple 26. Lo celebra como un niño, invitando por la tarde a los del equipo a una pista de karts. Por la mañana no lo celebró, no; por la mañana lo sudó. Salió a recorrer en bicicleta la isla de Tenerife, donde su equipo, el Astana, el mismo del regresado Lance Armstrong, ha pasado una semana concentrado. Subieron todos a Masca, desde donde se ve la cima del Teide y, al otro lado, invitando a deslizarse en parapente, a soñar volando, el acantilado de los Gigantes cayendo a pico sobre el Atlántico. Subieron a Masca por una carretera estrecha y tan empinada como una escalera, y allí, Armstrong y su compatriota Leipheimer intentaron picarle, aceleraron para ver de qué pasta está hecho de verdad. Pero Contador, que ya no es un niño, que ya no es la promesa de los ojos negros, miró para otro lado, silbó una canción, dejó que sus narices recién operadas no se afanaran capturando oxígeno y los dejó ir. Se soltó, como se suele decir.

No es esa promesa ya Contador, el chico de Pinto que lidera a la nueva generación surgida tras los escándalos que dejaron el ciclismo tan tocado -y casi hundido- que con sólo soplar un poquito más habría desaparecido para siempre. Pero en vez de un nuevo escándalo, nació Contador. Y, como por encanto, el ciclismo dejó de ser sombra de doping para convertirse, de nuevo, en el deporte de los escaladores que desafían la ley de la gravedad y el umbral del dolor, de los que sudan, sufren, atacan y defienden, para ser, de nuevo, el deporte de los deportistas más orgullosos, de los que buscan antes el mito y la leyenda que el conformismo. "Sólo el espectáculo nos hará libres, nos salvará", afirma Contador, que dice espectáculo y quiere decir verdad. "Sólo la verdad nos hará orgullosos".

Ya no es esa promesa Contador, nacido en Pinto en 1982, y no hace falta que lo diga ni que se sepa que ha cumplido 26 años. Tampoco es necesario que ofrezca una representación de su show favorito, una especie de strip-tease interminable, un bucle perpetuo en el que, como un mago que nunca termina de sacarse pañuelos de colores del bolsillo del frac, el ciclista de Pinto nunca logra desnudarse del todo, un maillot amarillo esconde uno rosa que esconde uno huevo que esconde... Más sencillo aún, basta con mirarle los brazos desnudos, sin apenas músculo, y fijarse en la marca del moreno en la mitad del antebrazo. Allí donde todos los corredores lucen una sola línea, Contador luce dos. "Una es la del maillot normal, el del equipo", dice con mirada orgullosa, casi soberbia, matizada por un pelo de vulnerabilidad. "La otra es la que dejan los maillots distintivos, los de líder, que son de un largo diferente. Y he llevado tantos este año...".

Sólo los más importantes en los últimos 18 meses: el del Tour, el del Giro, el de la Vuelta. Los tres hasta el final.

Es tan bueno Contador, aseguran todos los que entienden algo de ciclismo, que ni siquiera el mejor Armstrong, el que dominó a todo el pelotón mundial a sus anchas durante siete Tours, tendrá nada que hacer ante él a la hora de escalar una montaña. "Y lo mejor", cuenta un amigo, "es que lo hace sin querer, sin prepararse para ello. El año pasado, por ejemplo, Contador acudió a la primera concentración del equipo, en Solvag (California), en enero, sin apenas entrenamiento previo. Su objetivo estaba fijado en julio, aún pensábamos que podría acudir a defender su victoria del Tour el año anterior, así que ni siquiera había empezado a entrenarse en serio. El primer día empezó a acelerar en una subida, así, tranquilamente, y dejó a todos sus compañeros clavados. Levi Leipheimer, que estaba super-en-forma, se agarró tal depresión que hasta pensó en dejar el ciclismo...". Ese mismo Leipheimer, un ciclista compacto y rocoso de Montana, sacó en agosto a Contador del podio de la contrarreloj de los Juegos Olímpicos, y en septiembre se convirtió en el único rival que podría haber amenazado la victoria del chico de Pinto en la Vuelta a España.

"Pero, chitón", continúa el amigo, el confidente, "no quiero decirle nada a Alberto, ni que se desvele pensando en la concentración con Armstrong. Todo tiene que ser un proceso natural; será, con toda seguridad, un proceso natural".

"Y sí, parece que gano con facilidad, como si pedaleara en el aire, como si no sufriera, como si no me dolieran las piernas. Pero todo es trabajo, trabajo y sacrificio para subir los puertos lo más deprisa posible. Hay que trabajar las cualidades propias", confiesa Contador. Él es un escalador único, de piernas finísimas y larguísimas, como Coppi; de tronco corto en comparación, como Coppi, y también, como el campionissimo italiano, una figura nacida para estar sobre el sillín de una bicicleta.

Es imposible guardar un secreto que no es secreto. Contador no puede engañar a nadie. Ganó el Tour en su segunda participación, a los 24 años, pero el Giro y la Vuelta, a la primera. Y desde el Tour 2007, todas las carreras por etapas que ha disputado, salvo la Vuelta a Murcia, las ha terminado vestido con el maillot de líder. "Me sorprendo a mí mismo. He visto mis objetivos, mis sueños, mis carreras, y de golpe han empezado a encadenarse las victorias... Y las circunstancias en las que se han producido. La Vuelta sí que fue una victoria esperada porque la había preparado a conciencia, pero ¿el Giro? Lo más normal hubiera sido bajarme a la primera semana, pero me atreví a continuar".

El Giro de su debut, de su victoria, lo corrió sin saber por qué. Una semana antes del comienzo, a primeros de mayo, estaba en la playa de Chiclana con su chica, Macarena, de vacaciones forzosas. Hasta la Vuelta, en septiembre, no tenía nada en qué pensar, ya que el Giro y el Tour habían vetado a su equipo. Pero los italianos, preocupados por la falta de nivel internacional de su carrera, decidieron a última hora invitarle. Más bien, obligarle. Llegó a Italia y ganó. Derrotó a lo más extraordinario del pelotón, a Riccò, a Di Luca, al sorprendente Sella... Y lo hizo con tal calma que Riccò, el rebelde, dijo que no se creía que hubiera estado en la playa, que se había estado preparando en secreto. A Contador, esas dudas no le importaban lo más mínimo. Más bien le hacían gracia, le ayudaban a construir su personaje. Pero a Macarena, no. Ella se sintió ofendidísima. Tanto, que se presentó en Milán, en la llegada del Giro, con la factura del hotel en Chiclana de sus frustradas vacaciones. "¿Cómo se atreve a dudar de la palabra de mi chico? Vamos, hombre".

Este mes ha cumplido 26 años y sigue viviendo en Pinto, en un adosado a las afueras, con su Macarena y una enorme jaula de pájaros en el jardín. No es de mucho leer, y tampoco el sistema educativo español mantiene el latín en las escuelas, las traducciones magnis itineribus, a marchas forzadas, de la Guerra de las Galias, de Julio César; de él cruzando el Rubicón y dejando a su paso frases para la historia. O frases apañadas por los historiadores de la época, como Suetonio.

"Veni, vidi, vincit!".

En un quiosco del aeropuerto de Malpensa, el último lunes del pasado septiembre, Contador compra una revista italiana de ciclismo. La hojea. Sólo se detiene ante el anuncio a página entera de un sillín. La foto principal es la suya, vestido de rosa en el podio de Milán. Debajo, la leyenda: "Veni, vidi, vincit".

-Y esto, ¿qué significa? -pregunta el ciclista.

-Llegó, vio, ganó.

-Ah, está bien, me gusta.

Le gusta mucho. Pero más aún, un retrato único que recoge su alegría inmensa, infantil, al descender del podio de Milán. "La primera vez que me vestí de rosa sentí una alegría enorme, pero matizada por el convencimiento de que sería un rosa provisional, de que lo perdería. Por eso, la alegría de Milán. La alegría de lo inesperado. Ganar el Giro...". Es el primer ciclista español que logra ganar las tres grandes, algo que ni Indurain, que nunca ganó la Vuelta, ni Ocaña ni Perico, que no pudieron con el Giro, han conseguido. Algo que sólo los más grandes de la historia -Merckx, Anquetil, Gimondi o Hinault- han sumado a su palmarés. "Otras victorias, más que alegría infantil, provocan satisfacción por el deber cumplido. Así fue en la Vuelta. Tenía mucha mayor exigencia, casi obligación: la mayoría de la gente habría considerado un fracaso que no la ganara; yo no, claro, yo sé lo difícil que es ganar algo, aunque no lo parezca...".

"Soy ambicioso. Sé lo que quiero. Intuyo lo que tengo que hacer para conseguirlo", proclama el corredor. No habla en vano. Muestras ha dado de ello, para sorpresa de sus directores. Una vez, a Manolo Saiz, el pope de la ONCE, Contador, entonces un chavalillo de 20 años recién llegado al equipo más poderoso del mundo, le hizo callar cuando el técnico empezó a echarle la bronca porque creía que comía más de la cuenta. "Si tengo hambre, como", dijo delante de todos. "Sí, soy una persona que quiere tener las cosas claras, y creo que lo consigo. Aunque hay algunas que no puedo decir para que la gente no se haga una idea equivocada. No podía decir, claro, que sabía en mi interior que iba a ganar el Tour, que desde juvenil lo sabía".

Sin embargo, su sinceridad se transforma a la hora de intervenir en público. "No sé si se trata de mantener la distancia o algo parecido. Desde amateur, lo mismo que intentaba mejorar en los entrenamientos, intentaba aprender a medir mis palabras. Quizá no parezca muy espontáneo, pero a mi manera lo soy", explica. "Cada uno se distingue por una cosa. A mí no me gusta nada la polémica. Pero también tengo mi carácter. Y lo uso en el momento justo. Una cosa lleva a la otra. Un buen rendimiento físico viene dado también por la claridad de ideas, por no desperdiciar fuerzas en cuestiones secundarias. Si estuviera todo el día metido en polémicas, no ganaría lo que gano".

Ha ganado el Tour, como Armstrong. Sube en molinillo, muy ligero de desarrollo, como Armstrong. Marca las diferencias en el pelotón, como Armstrong. Ha pasado por una grave enfermedad, como Armstrong. Pero no se parece en nada a Armstrong. "A todo eso podría añadir que Armstrong siempre ha sido el corredor al que más he admirado. Cuando Indurain era el boss, yo era aún muy pequeño y no lo recuerdo, aunque, claro, he visto todos sus Tours en DVD. Pero a Armstrong sí que le he seguido en directo. Tremendo. Y su libro, Mi vuelta a la vida, en el que narra su batalla contra el cáncer, lo leí apasionadamente mientras me recuperaba de mi enfermedad".

Contador sufrió un cavernoma, un angioma cerebral, mientras bajaba un puerto en la Vuelta a Asturias de 2004. Podía haber muerto en el acto. Sobrevivió antes de sufrir un nuevo episodio. Se operó; entonces su único miedo no era la muerte, sino quedar afectado de por vida. Unos meses después ganaba su primera carrera en Australia. Como en el caso de Armstrong, como en el de todas las personas a las que la vida les ha hecho ver la línea tan fina que separa vida de muerte, hay un antes y un después. "Soy lo que soy porque he pasado por lo que he pasado". Será lo que sea, pero nunca será Armstrong. Nunca será como Armstrong.

Al chaval de Pinto le gusta salir a cazar. Y por eso, por poder meterse por todo tipo de caminos y porque es un coche donde caben las bicis, tiene un Audi Q7. Aunque también se está mercando un deportivo. Tiene tres hermanos, es de los de estar en casa, de salir a cenar o al cine... O, algunas tardes, de plantarse con los amigos en un circuito de karts. Y todavía se sorprende por la cantidad de ropa que le entrega el equipo. Él, que tenía que ahorrar semanas para comprarse unos guantes y sentirse el rey del pelotón.

El penúltimo viernes de septiembre, en Segovia, una hora después de terminar la etapa de la Vuelta, Contador está en el camión de control antidopaje. Enfrente, un centenar de aficionados esperan a que salga su chico. Contador, maillot huevo aún en las espaldas, con un bocadillo de jamón York en una mano y un rotulador en la otra, firma sin dejar de sonreír. Se convierte entonces en un hombre con una misión. Como Armstrong, que está dejando su vida por la lucha contra el cáncer. "Tengo la responsabilidad de intentar devolver a los jóvenes al ciclismo, de intentar devolverle la espectacularidad, la credibilidad. Calculo que seguiré hasta los 32 años, mientras tenga objetivos que conseguir".

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