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Reportaje:SEXO

PASIÓN FURIOSA

Nos infiltramos en el mundo de los furries y los yiffs, amantes de los seres antropomórficos, con disfraces peludos y uñas retráctiles. ¿Te atreves con ellos?

AUNQUE siempre me he sentido como una loba, me llevo el perro dálmata. No hay otro animal peludo de mi talla en toda esta maravillosa tienda de disfraces, salvo un oso megacabezón con el que corro el riesgo de parecer más una mascota de fútbol americano que una hembra en celo. He quedado esta noche con un lobo depredador, supongo que podré por lo menos perturbarlo con mi aspecto cándido, estos azules ojos de plástico, mis orejas cortas y mi juego de lunares desiguales. Mi plan para las próximas horas: experimentar la pornografía antropomórfica en pelo y alma.

Me infiltro en la comunidad Redlobo (www.redlobo.net), que acoge en España a los seguidores del movimiento furry (peludo), una tribu de apasionados de los seres ficticios mezcla de animal y humano. En el chat doy con un zorro ártico a quien le confieso mis ganas de restregar mi pelusa con la de otro fur. Él me advierte que no confunda el furry con el yiff. ¿Eh? El yiff es la vertiente adulta y/o sexual de esta subcultura. Según dicen, se llama así por el ruido que hacen los zorros cuando se están apareando. Yiff, yiff, yiff... El yiff es al furry lo que el hentai es al manga. "Somos mucho más que gente disfrazada follando", reclaman. En suma, hay furries muy decentes —dedicados a pintar, forear, escribir cómics y canciones...— y hay yiffosos.

Pero yo no quiero acabar mis días practicando cibersexo greñudo y masturbándome con las patas traseras. Mientras miro a un chaval igual a Bill Gates hacerle una fellatio a un tío disfrazado de dragón en www.fursuitsex.com (web de sexo explícito entre antropomórficos), siento en mi cuello unas garras peludas. Es mi lobo, que ya aúlla de deseos. Su disfraz es mejor que el mío. Aunque es un poco bizco, lleva crin y una máscara de látex de doble expresión: de un lado, feroz, y del otro, cómica, con la lengua congelada en el gesto de relamerse. Tiene cola como yo, pero de inmediato siento que lo mejor son esos guantes de pelos que ya me abren la cremallera y frotan mis pechos con torpeza animal. Al sentir su arropada erección, y con la boca llena de pelos, le pregunto al lobo, cual Caperucita perruna: "¿Y para qué tienes la polla tan grande?". No me contesta. No dice "para follarte mejor". No puede hablar, incluso tiene serias dificultades para respirar con la máscara, y eso le hace un lobo más convincente. Arf, arf, arf. Me doy cuenta del error de haber ido a una tienda de disfraces cuando, pasado el interesante momento plushófilo (parafilia por el peluche) de frotar nuestros pelajes, los trajes comienzan a ser un obstáculo. Hago memoria: los disfraces profesionales (fursuits) llevan orificios en lugares clave. Me veo forzada a bajarle también la cremallera, descubriendo, para mi fascinación, a esta nueva entidad que supera cualquier transexualidad que yo hubiera visto jamás: un animal bizco con polla humana. No, no se trata de un lobo con piel de oveja. Es más simple que eso: es el hombre feroz con piel de lobo. Y me va a comer.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2008