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COLUMNA

Crisis

A este paso, llegará un momento en que los españoles que quieran mantenerse dentro de la ley tengan que aprender a vivir lejos de los jueces. Es un pensamiento brillante, pero no es mío. No tengo la cabeza para ideas brillantes, y sin embargo la tengo llena de palabras, tantas que podrían llenar un diccionario, algunas calientes, capaces de arder, otras templadas, meditadas, todas valiosas, imprescindibles las que cortan el aire como un cuchillo y las que acarician la piel igual que un beso. Por eso, de entrada, gracias a todos. A los conocidos y a los desconocidos. A los viejos amigos, a los amigos recientes y a los que están por venir. Gracias de corazón, por ser tantos, y por ser tanto.

Los sabios dicen que las personas optimistas viven más tiempo. Quizás tengan razón, pero yo, que soy la más optimista que conozco, les puedo asegurar que esa longevidad sólo se logra gracias a una interminable sucesión de bofetadas. Los optimistas, especialmente los que aspiramos a vivir dentro de la ley, manteniendo la fe en las instituciones que regulan la convivencia, que garantizan la justicia y los derechos de los ciudadanos, estamos abocados en los últimos tiempos a la crisis personal, un sentimiento de indefensión e incertidumbre, de rabia y soledad, que es el único lugar donde se aprende el verdadero valor de la palabra solidaridad.

Desde mi pequeña crisis individual, sólo lamento que la solidaridad no resulte eficaz para contrarrestar los efectos de la gran crisis universal, generada por la insolidaridad de los más ricos. De lo contrario, tal vez la justicia podría ocuparse de reparar las injusticias, más allá de los juzgados, donde no hace mucho se defendía la libertad de opinión y ahora se opina sobre la libertad, una involución que apenas nos deja el consuelo de que ser condenado en España haya dejado de ser una infamia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de noviembre de 2008