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sábado, 15 de noviembre de 2008
Crítica:LIBROS | Escaparate

Crónicas de la guerra fría

Historia. La desclasificación de documentos relativos a la guerra fría ha permitido un notable avance en la historiografía sobre la época, de lo cual son buena muestra los dos libros que comentamos. El de V. M. Zubok, profesor en la Temple University, descansa sobre un trabajo exhaustivo realizado sobre fuentes de archivo soviéticas, georgianas, armenias e italianas (Fundación Gramsci) que permite seguir pormenorizadamente la evolución de un conflicto que llegó a adquirir rasgos de una historia interminable y que el autor aborda con precisión: "La guerra fría no representó únicamente un conflicto entre grandes potencias; fue también un choque entre unos proyectos sociales y económicos opuestos, el escenario para una guerra cultural e ideológica".

Un imperio fallido. La Unión Soviética durante la Guerra Fría

Vladislav M. Zubok

Traducción de T. de Lozoya y J. RabassedaCrítica. Barcelona, 2008

692 páginas. 39 euros

La guerra después de la guerra. Estados Unidos, la Unión Soviética y la Guerra Fría

Melvyn P. Leffler

Traducción de Ferran Esteve

Crítica. Barcelona, 2008

776 páginas. 29,90 euros

En cuanto al trabajo de M. P. Leffler, profesor en la Universidad de Virginia, se basa en fuentes documentales publicadas, asimismo sometidas a una revisión exhaustiva, y significativamente reconoce con generosidad su deuda respecto de Zubok, de quien "he aprendido mucho sobre política exterior soviética y su clarividencia empapa muchas de las páginas de este libro". Leffler toma como punto de partida una frase de Bush padre que le acerca de nuevo a Zubok: "La guerra fría fue una lucha por el alma misma de la humanidad; fue una lucha por un estilo de vida". Pero va más allá en la interpretación, proponiendo que, en definitiva, en esa larga partida entre el bloque comunista y el occidental, entre la URSS y EE UU, prevaleció una mezcla de miedos y esperanzas, con los líderes sometidos a una pluralidad de presiones que afectaron a la adopción de decisiones racionales. Fue "una historia de oportunidades perdidas", concluye expresando un claro propósito de neutralidad.

Ambos estudios coinciden en la entidad de sus aportaciones, con una sólida labor de análisis sobre los documentos examinados, y en la debilidad de los elementos explicativos previos. Si hubo dos formas de interpretar la realidad y dos perspectivas enfrentadas de futuro es porque ambas habían cobrado forma antes de 1945, y sobre todo porque la URSS definía su política exterior ya antes de la guerra como un instrumento dirigido a alcanzar un doble fin: el incremento del poder de la URSS, tal y como Stalin explicara ya en 1938 asumiendo explícitamente la herencia de los zares, y el avance hacia la implantación del comunismo a escala mundial. En particular, Leffler proporciona una interpretación coherente de esa plataforma de partida, pero se sitúa en línea con lo que alguien llamó la sovietología comprensiva de los años setenta, tendiendo a presentar las más brutales decisiones de Stalin como fruto de una exigencia histórica: "Para evitar la derrota y alcanzar un rápido grado de industrialización, Stalin tenía que aniquilar a sus enemigos" (Leffler). Zubok es menos comprensivo: "Durante los años treinta, el legado político de la Rusia zarista se convirtió en otra fuente primordial del modo que tenía Stalin -y ahora Putin, añadiríamos, A. E.- de entender la política exterior". Y ello desde una "mentalidad oscura y desconfiada".

La ventaja que proporcionan ambos estudios sobre la bibliografía anterior reside en la sustitución de las visiones reduccionistas acerca de las estrategias enfrentadas y de los principales momentos de crisis, por una explicación cargada en todo momento de matices que resaltan la importancia de la interacción. Ninguno de los actores es libre. Son jugadores que se encuentran permanentemente en interacción, respondiendo a las iniciativas del oponente. Ese enfoque permite conocer mucho mejor los avatares de la actuación política de Jruschov y lleva a una sorprendente rehabilitación de Bréznev, por lo menos hasta su desplome físico, así como de Reagan. Bréznev abrigaba sinceras esperanzas de que su amistad personal con Willy Brandt y con Nixon ayudara a reducir las tensiones de la guerra fría, escribe por ejemplo Zubok. Bréznev no quería que la implicación soviética en África pusiera en peligro la distensión (Leffler). Una imagen tal vez en exceso favorable. Resulta algo exagerado presentar a Bréznev como protector de Dubcek en 1968 y respaldando el Programa de Acción del PCCh (Zubok). Habría querido evitar la intervención militar: no mantuvo por mucho tiempo tan loable propósito. Sufrió mucho hasta adoptar la decisión, confirma Leffler. La revisión de interpretaciones comunes aparece en cambio más verosímil en el caso de la siguiente intervención, la de Afganistán, que conduciría a la catástrofe. Para Leffler, no fue un acto de imperialismo; "les asustaba la posibilidad de verse rodeados". En ambos casos, hay que preguntarse si la desclasificación de documentos no ha sido filtrada.

Para explicar el final de esta historia, Leffler insiste en los problemas de la URSS, en la flexibilidad de Gorbachov y en los aciertos de Reagan, que a su juicio "creía en la fuerza" pero al servicio de la negociación. El libro de Zubok se cierra con el suicidio razonable puesto en práctica por Gorbachov. Finales felices.

-El periodismo según Manuel

Vázquez Montalbán

Carles Geli y Marcel Mauri

Ronsel. Barcelona, 2008

415 páginas. 22 euros

Artículos. En lugar de la nostalgia de Vázquez Montalbán a mí lo que me ha asaltado varias veces en estos cinco años han sido las ganas de volver a un montón de sus libros, a veces por razones instrumentales y otras por razones felizmente gratuitas: mientras buscaba ese o aquel dato el texto arrastraba a seguir leyéndole a él, y a leer con él. La memoria involuntaria ha tenido presentes muchos de sus poemas y algunas de sus grandes novelas, como la muy amarga La soledad del manager, la programática Galíndez o la testamentaria El estrangulador.

Este libro es esa fiesta pero prolongada hacia la anatomía eclipsada del escritor: son cuatrocientas páginas de artículos de MVM publicados en prensa y necesariamente olvidados ya por la inmensa mayoría de los lectores. O bien porque no tuvieron jamás un Triunfo en sus manos ni desde luego la Solidaridad Nacional o El Español (que es donde empezó a escribir el joven periodista en prácticas en 1960) ni desde luego Hermano Lobo o Por favor. O bien porque los años han ido simplificando las cosas y neutralizando los comportamientos de finales del franquismo y principios de la transición.

Las décadas de los años setenta y ochenta son el tiempo mayor del periodista Manuel Vázquez Montalbán, y una vez ganada la tranquilidad económica empezó la criatura literaria que había escondida dentro de aquel muchacho que desde principios de los años sesenta parecía haber construido de una vez para siempre su mundo de referencias culturales y sentimentales, o al menos la red básica en la que insertar cada actualidad, cada temporada, cada nuevo autor, hecho o problema.

Esta antología biográfica de su periodismo ha tenido la inteligencia de armarse en capítulos en orden cronológico y a su vez centrados en las cabeceras en que escribió: así el lector sigue las muestras seleccionadas de su periodismo desde el año 1960 hasta su último artículo publicado en 2003. Y así sabe que EL PAÍS fue su periódico en sus últimos veinte años, desde 1984, cuando nada le haría renunciar al análisis político y lúcido (en inverosímil matrimonio estable), pero sobre todo nada le impedía tampoco ser el poliédrico, pluriforme, irregular y extraordinario escritor de todos los géneros -que es lo que tratan de atrapar un puñado de colaboradores en el tomo editado por José F. Colmeiro, Manuel Vázquez Montalbán. El compromiso con la memoria

(Tamesis, Woodbridge, 2007), con buenas contribuciones de Jorge Marí o María Paz Balibrea-.

La miopía rutinaria tiende a recordar con dejadez lo peor en lugar de lo mejor, y esta inteligente y perspicaz antología ayuda a hacer lo contrario: entender un punto de vista marxista y materialista saturado de cultura modernista, puro siglo XX, decantado por una cultura popular pegada a la retina del corazón y al oído de la piel. Y si en las páginas de Triunfo, cuando allí contó la crónica sentimental de media España, sacó el inventario de su infancia y adolescencia revivida con la lucidez de la primera edad adulta (tenía 30 años en 1969), en las del humor sarcástico del columnista valiente puso en marcha una inteligencia de anticipación (en la que insisten con razón Geli y Mauri) y dejó algunas de las actitudes menos extremistas y más razonadamente ecuánimes de que haya memoria (y sin dejar de ser ni poeta simbolista por mandato del pudor ni el marxista más sentimental).

Fue azote de la izquierda socialista en el poder porque era el poder, y lo fue de la familia del aznarato porque ahí anidaba el retroceso civil y político de nuestra derecha. Jordi Gracia

Lo que está mal en el mundo

G. K. Chesterton

Traducción de Mónica Rubio

Acantilado. Barcelona, 2008

251 páginas. 22 euros

Ensayo. A finales del siglo XIX, la legislación higienista obligaba a las niñas pequeñas -obviamente, sólo a las pobres- a raparse el pelo para luchar contra los piojos que anidaban en los suburbios; parecía una medida sabia, y pocos notaron que lo que estaba mal eran los piojos y los suburbios, y no el pelo, y que por tanto eran los primeros, y no lo segundo, lo que había que eliminar.

Ciertamente, tampoco había muchos que dijeran públicamente que si el cabello de las niñas de los suburbios estaba lleno de piojos es porque vivían, como sus padres y madres, pisoteadas en el polvo por sus tiranos, y que lo que había que cortar eran las cabezas de éstos y no los cabellos de los siervos, aunque esto último fuera más fácil.

Entre los pocos que sí eran capaces de decir todas estas cosas está el autor de estos ensayos, que en su página de conclusiones ilustra su posición tomando partido por esa muchacha callejera que pasea sus hermosos rizos ante las ávidas tijeras de los higienistas: "La pequeña golfilla de pelo rojo dorado, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben destruirse y mutilarse para servirla a ella; a su alrededor, la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos se desplomarán, pero no habrá de dañarse ni un pelo de su cabeza". Se llamaba G. K. Chesterton y el mundo sería bastante peor sin sus libros.José Luis pardo

- Obra selecta

Edmund Wilson. Varios traductores

Lumen. Barcelona, 2008

936 páginas. 48 euros

Ensayo. En un lejano texto de Tzvetan Todorov, Crítica de la crítica (1984), el pensador francés repensaba los postulados básicos de la cosmovisión analítica del ensayista canadiense Northrop Frye. Recordaba su convencimiento de que un crítico no debe juzgar la obra que analiza, aunque a la vez exigía un conocimiento de la tradición en que esa obra se inscribía, la tradición y los prototipos que son recurrentes en ella en la literatura occidental. (Algo cercano a lo que también prescribía F. O. Maticen en Las responsabilidades del crítico: "Si lees a Goethe no olvides leer a Mann, y viceversa"). En una conversación con David Cayley, Frye incluso llega a negar la necesidad del énfasis, de la argumentación y la refutación (y cita a Yeats: "Se puede refutar a Hegel pero no el Cantar de los cantares). Estas reflexiones vienen a cuento a propósito de Obra selecta, colección de los textos, además de un epistolario con Vladímir Nabokov, más relevantes del gran crítico literario estadounidense Edmund Wilson (1895-1972). Si Frye tenía profundas razones filosóficas y literarias para defender su asepsia analítica (leer para esta cuestión su Anatomía de la crítica), el lector que visite a Wilson (en estas páginas excelentemente seleccionadas y prologadas por Aurelio Major) descubrirá a alguien situándose en sus antípodas. Edmund Wilson analiza y juzga. Pone énfasis y refuta. Le interesa el lenguaje, incluso la conciencia lingüística en un texto (como le interesaba sustancialmente a Frye), pero no abomina del compromiso del crítico a señalar fallos y a guiar el gusto de sus contemporáneos (algo que irritaba sobremanera a Frye). No alcanzarían las páginas de este suplemento para comentar este extraordinario texto. Wilson también resulta a veces irritante. No se entiende que un cuento como Los muertos sólo le parezca "interesante". Su análisis de Joyce, y sobre todo de Ulises, es refrescante. Lo es porque él dice lo que muchos no se atreverían a decir: Wilson no es de los que dicen que a un libro le sobran páginas y se queda tan pancho. Lo argumenta. Es lo que hace con Ulises, al que reprocha que le sobra "diseño formal", a la vez que no esconde su convicción de que Joyce es superior a Proust. O no tiene ningún reparo en afirmar que Cyril Connolly no era un crítico de primera línea (lo cual también irrita). Pero puede también halagarte: como cuando afirma (un año antes de su muerte) que Islas a la deriva, de Hemingway, es una gran novela no suficientemente valorada. Recomiendo el ensayito sobre Dickens. Esa inteligencia para diferenciar el Dickens festivo de Chesterton y el Dickens lóbrego de Bernard Shaw. Y las cartas a Nabokov. Edmund Wilson pertenece a la estirpe de los grandes ensayistas americanos, a la estirpe de un Lionel Trilling, por ejemplo. Y si el lector tiene tiempo aproveche para leer una novela suya, editada en España, Memorias del condado de Hécate (Versal). J. Ernesto Ayala-Dip

José Bergamín. Claro y difícil

Obra Fundamental

José Bergamín

Edición y prólogo de Andrés Trapiello

Fundación Banco Santander. Madrid, 2008

381 páginas. 20 euros

Miscelánea. Cualquier (s)elección es capricho o acierto del responsable de la misma, pero ¿obra fundamental: no obliga en exceso el adjetivo? ¿Esta que nos presenta Andrés Trapiello es su obra fundamental? La de Bergamín: escritor tan poliédrico, hombre-orquesta de paradojas mil, peregrino en su patria, póstumo de sí mismo, muy dado a la cohetería de las palabras, al aforismo brillante, ensayista agudo, a vueltas siempre con el disparadero español, con la literatura española y, sobre todo, como subraya Trapiello, un excelente poeta (la editorial Pre-Textos prepara la poesía completa de Bergamín). Contestar a esto es, desde luego, claro y difícil. Es, ciertamente, la obra fundamental de Bergamín, vista por su antólogo, que le ha puesto a su búsqueda de textos (ensayos literarios, mucho Galdós; reflexiones filosóficas a vueltas siempre con España; versos, aforismos y coplillas: qué mala suerte la errata de la página 28 que rompe el ingenio bergaminesco con lo del español fanático, fonético, hiperbólico -debería haber sido- e hiperbélico; lástima) un preci(o)so prólogo en el que Trapiello nos da el siempre complicado y paradójico de Bergamín. Esta "obra fundamental" de Bergamín es, ya digo, fundamental; esta "obra fundamental" sacia y, si no, que sea camino para regresar a sus libros, tan dispersos hoy, tan extraviados. Encontrarlos, un atractivo añadido. Javier Goñi

Las diabólicas

Jules Barbey d'Aurevilly

Traducción de Ángela Selke

y Antonio Sánchez Barbudo

Sexto Piso. Madrid, 2008

368 páginas. 15 euros

Narrativa. Cuando se publicó en 1874 Las diabólicas fue un libro estigmatizado por ofensas a la moral pública, como Madame Bovary y Las flores del mal, pero aquella leyenda de perversión resulta hoy exagerada. Con todo, la malévola perspectiva sobre la pasión amorosa, o más bien el desconcierto del varón ante las sinuosas estrategias amorosas de la mujer, mantiene intacta su malignidad. En D'Aurevilly la visión de la "monstruosidad" femenina carece de la ligereza y el encanto que Oscar Wilde prestó a sus personajes; no obstante, en tanto que víctimas del amor, los narradores de estos parsimoniosos relatos se someten más caballerosamente a la fatalidad. Pues acaso lo más interesante de una lectura actual de Las diabólicas radique en la "precaución" con que se demoran en contar su desgracia, como si la comprendieran demasiado bien y se complacieran en la expectación de su infortunio. Esto supone una curiosa delectación en el mal que indica, a su vez, un deseo íntimo de inmolarse. De ahí que estos relatos sean más bien confidencias, la revelación de un secreto que, al exponerse, reclama la asunción de esa negada parte maldita de la que Bataille hablaría años después. Hacer emerger la morbosidad para sentir, por contraste, la nostalgia de una pureza imposible. Una morbosidad, por otro lado, de índole católica, de la que D'Aurevilly extraía sus obsesiones, su tendencia al escándalo -el decadentismo obliga- y a la blasfemia, ésta atenuada por la promesa de completar este volumen con otro que se llamaría Las celestes, que ya no pudo escribir, tal vez por prestar demasiada atención, como moralista cristiano y ferviente maniqueo, a la influencia del diablo en el mundo. Francisco Solano

Adiós, hasta mañana

William Maxwell

Traducción de Gabriela Bustelo

Libros del Asteroide. Barcelona, 2008

172 páginas. 15,95 euros

Narrativa. William Maxwell, del que ahora se cumple el centenario de su nacimiento, profundizó en el oficio de escribir corrigiendo historias de autores como Cheever, Salinger o Updike para The New Yorker. Publicó varias novelas, Vinieron como golondrinas o La hoja plegada, que le situaron entre los narradores naturalistas del Medio Oeste americano, pues nació en un pueblo de Illinois. Su tema principal es la memoria y cómo ella traza el discurso narrativo e incluso se convierte en el "mensaje" finalmente. En Adiós, hasta mañana, Maxwell desmenuza recuerdos e impresiones de la infancia mediante el hilo conductor de un hecho escandaloso y sangriento que sucedió en la familia de uno de sus compañeros de escuela. La amistad entre dos granjeros vecinos se convierte en tragedia cuando uno de ellos se enamora de la esposa del otro. El episodio pasará por las turbulencias de una doble ruptura, acabando en un disparo y el suicidio del homicida, el padre de Cletus, amigo silencioso del narrador. Estos hechos romperán la relación adolescente, fugaz y seminal. Cletus desaparecerá marcado por un destino terrible que lo hermana con el destino también funesto del protagonista, que perdió a su madre cuando era niño. Pero lo que interesa a Maxwell es que el joven que él fue no supo estar a la altura de las circunstancias cuando después en el pasillo del instituto se cruzó con Cletus y lo ignoró. Esta culpa -tan simple, tan humana- es el motor del relato. Maxwell hace suya, aunque sólo sea como estrategia, aquella máxima de Levinas de escribir para ganar el perdón. El de uno mismo, se entiende. El resultado es una novela breve, original e intensa, a la par que extraña. El autor juega con la biografía (que ocupa los tres mejores capítulos), la crónica de sucesos y la ficción. Estos tres elementos (el último predomina al final, bajo la advertencia del autor de que los recuerdos escritos están trufados de mentiras) se combinan con naturalidad y ligereza, huyendo siempre del melodrama y el énfasis. La narración fluye en consonancia con la vívida atmósfera del escenario: los campos de la llanura, el duro trabajo de las granjas, la vida chismosa de las pequeñas poblaciones, el alma tenebrosa de los adultos y la frágil conciencia de los adolescentes. Incluso un perro o una hormiga y los objetos inertes (la casa en construcción, que Maxwell relaciona con una conocida obra de Giacometti) tienen su pequeña voz en esta novela, que deja flotando una suave inquietud en el lector, así como la resonancia de haber entrado en un mundo suspendido donde "lo hecho puede deshacerse". José Luis de Juan

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