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COLUMNA

Generaciones

El término "generación", tan ambiguo en las antologías literarias, recupera un sentido preciso en el contexto de su ámbito original, el familiar. Los hijos matan simbólicamente a los padres para reivindicar a los abuelos, decían los freudianos, y aunque esté de moda reírse de ellos, tenían razón. Para comprobarlo, basta con revisar la opinión que en los últimos tiempos -años, meses, pero sobre todo la última semana- ha generado el tema de la memoria histórica.

Los hijos de los combatientes de la Guerra Civil defienden la transición, que fue su obsesión colectiva y el gran tema de su generación. No me extraña, porque en el plano institucional aquel proceso fue un éxito sin paliativos, que creó la democracia más sólida y estable que España ha tenido nunca. En momentos difíciles, aquella generación hizo lo que creía que tenía que hacer, y esa convicción siempre me ha parecido muy respetable. Lo que no puedo respetar es su resistencia numantina frente a la posibilidad de que la generación siguiente haga ahora lo que cree que tiene que hacer.

La reivindicación de la herencia republicana, la defensa de su legitimidad, la ruptura de cualquier vínculo con la dictadura y la denuncia de las deficiencias morales de un proceso que nos desembarcó en la democracia sin debate ni análisis alguno -carencias que permiten hoy al fiscal Zaragoza tipificar la ley de fugas, por ejemplo, como delito común-, no representan ataques a la transición, sino un intento de completar lo que hace 30 años se debió, y no se pudo, hacer. Son, además, la obsesión colectiva y el gran tema de mi generación. Porque nuestros hijos no saben lo que es el miedo. Porque no hay ninguna razón para que crezcan entre el silencio y el eufemismo. Porque sólo si llegan a vivir en un país justo, con ellos y consigo mismo, podrán matarnos simbólicamente algún día.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de octubre de 2008