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Reportaje:

Un galés enseña Oseira en Madrid

Paul Preece expone fotos de monasterios gallegos en el centro Conde Duque

Paul Preece asegura: "Los galeses y los gallegos nos parecemos bastante porque somos celtas y porque somos raros". Y que, además del "pequeño detalle" del idioma, a un galés y a un gallego se les puede distinguir perfectamente "porque el galés es naif y el gallego tiene retranca". Aunque la verdadera prueba de fuego, llega a la hora de entonar una canción en el bar o en el estadio: "Los galeses cantamos mucho mejor".

Entre la tierra en la que nació hace 48 años Paul Preece y esta otra a la que vino a instalarse "por amor" hace seis primaveras existe, no obstante, una diferencia más. "Aquí tenéis muchísimos monasterios y claustros, y en el Reino Unido desaparecieron casi todos, porque Enrique VIII los mandó quemar".

Doctor en Neurología, trabajaba en Londres investigando cerebros muertos

En el pueblo coruñés de Mera recuperó su pasión por la fotografía

Preece, doctor en Neurología, trabajaba en Londres para la compañía Molecular Biology investigando remedios para el Alzheimer en cerebros muertos, y estaba desalentado. Él era un eslabón más de una cadena de estudios que ya se prolongaba cien años "sin avanzar nada". Porque, según el galés, "ahora se dice que hay algo, pero no hay gran cosa: sólo se puede frenar temporalmente la caída de la memoria, pero no se sabe por qué mueren las neuronas y menos cómo hacerlas revivir". Aquello era y es el cuento de nunca acabar, y entonces a Preece se le cruzó en la vida una gallega.

El científico renunció a su empleo en la farmacéutica, lo dejó todo y se vino a vivir a Mera (en la "República Socialista de Oleiros") para "romper" con su vida anterior. Aquí recuperó su pasión por la fotografía, aletargada casi tres décadas, y empezó a retratar Galicia. Durante un tiempo se recorrió el país fotografiando paisajes. Inauguró una web y la bautizó hayquesufrir.com por los madrugones y las caminatas que se pegaba en busca de una luz y una estampa. Sus fotos de los incendios en la Costa da Morte aún siguen recibiendo premios, el último, hace unos días en Marbella. Pero pronto se dio cuenta de que quería un motivo "más clásico" y con grandes contrastes de luz y "todos los matices posibles del gris" para fotografiar en blanco y negro. Entonces se topó con los monasterios. Bonaval, Monfero, Montederramo, Montefaro, Santo Estevo, Sobrado, y su gran favorito: Oseira. "Me gusta porque tiene vida, no es sólo una roca como los demás".

Cuando llegó a la abadía cisterciense con su cámara de placas, lo primero con lo que se encontró en la puerta fue con un letrero que prohibía hacer fotos. Habló con el abad y con el hermano Luis, el monje pintor que está promoviendo una galería de arte en el propio monasterio, y le dejaron quedarse unos días, recorriéndolo todo. La primera noche se hospedó allí, pero no volvió a hacerlo: "Cada 15 minutos sonaba una campana y no dormí un pimiento".

Entre el 6 y el 9 de noviembre, Paul Preece expondrá el resultado de su vida monacal en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid, dentro de la muestra colectiva Entrefotos. Allí, junto al patio de la catedral de Gloucester, estarán los cenobios gallegos en un apartado que ha titulado Simetrías. Lo que se ve no es el vértice que une dos corredores del claustro, sino un solo pasillo enfrentado a sí mismo como en un espejo. "Es el resultado de invertir la placa durante el revelado", explica. Este efecto óptico sorprendió, sobre todo, al hermano Luis, que descubrió sobre la foto que los nervios de la bóveda formaban un enorme corazón al que bautizó como "el círculo de la vida". "Dice que ése es el amor de Dios, pero yo creo que es simple casualidad", reconoce el británico.

El religioso de Oseira todo lo ve desde su propio objetivo. "Tienes vocación de monje", le soltó un día a Preece. Y todo porque éste le dijo que lo que más le gustaba en el mundo eran los desiertos y su "silencio impresionante". "La orden del Císter nació en el desierto", le contestó el hermano Luis, "y la paz de los monasterios es un intento de alcanzar ese silencio". Pero a Preece, las campanas no le dejan dormir.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de octubre de 2008