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Crítica:cine

Perfección poshumana

WALL·E Dirección: Andrew Stanton. Género: Dibujos animados. Estados Unidos, 2008. Duración: 97 minutos.

Era inevitable que la figura del robot evolucionase en el imaginario de la ciencia-ficción desde la mano de obra mecánica hasta la prótesis emocional: Brian Aldiss escribió un poderoso relato al respecto -Los superjuguetes duran todo el verano- que Steven Spielberg -heredando el proyecto de Stanley Kubrick- convirtió en una película tan radical como malinterpretada: A. I. Inteligencia Artificial (2001).

El robot es la mejor (y desechable) compañía del hombre en tiempos de autismo emocional. Wall·E, nuevo triunfo de Pixar y desafiante propuesta del director Andrew Stanton, aporta una interesante derivación de la idea: en el futuro, una humanidad abandonada y vencida habrá delegado todas las sutilezas de la expresión emocional en la programación de sus inteligencias artificiales. Oxidado, pasado de moda y abandonado en un planeta muerto, Wall·E es lo más humano de una película que parece esbozar las claves de una suerte de espectáculo futuro y pos-humano.

La conquista técnica es la letra pequeña de una película que se considera universal

Ninguna película salida de Pixar ha estado por debajo de la excelencia -ni siquiera la discutida Cars (2006), que extrajo insólita elocuencia de las cromadas superficies de sus personajes-, pero, incluso en ese dorado contexto, una película como Wall·E destaca y sobresale: lo suyo son palabras mayores, un afortunado juego malabar en el que se combinan perfección técnica, poesía libre de imposturas y muchísimo riesgo.

Stanton parece confiar tanto en la inteligencia del espectador como en la capacidad comunicativa de sus criaturas robóticas: la película prescinde de los diálogos en buena parte de su metraje, pero la seducción es prácticamente instantánea.

Con la mirada de un astro triste de cine cómico, Wall·E es un robot programado para prensar y ordenar chatarra que sigue ejerciendo su labor en una Tierra convertida en deshabitado vertedero. Enganchado a Hello, Dolly! (en la versión cinematográfica de Gene Kelly) y al coleccionismo compulsivo de memorabilia humana, Wall·E tendrá ocasión de tantear esa vida emocional que la humanidad abandonó cuando se cruce en su camino Eva, un prodigio tecnológico tan erótico como un I-Mac y tan letal como una bomba H. La improbable, pero conmovedora historia de amor, proyectará sus efectos redentores sobre la antiutopía flotante, obesa y consumista que mantiene entre paréntesis a los seres humanos.

Los animadores de Pixar se han impuesto aquí un desafío respetable: agotar el arsenal expresivo de unos personajes con un repertorio comunicativo tan sintético que casi parecen haikus en movimiento. Tanto los robots como esa cucaracha que se diría resuelta en una línea serán, sin duda, objeto de incesante estudio en escuelas de animación. La conquista técnica es, no obstante, la letra pequeña de una película que se afirma perdurable, perfecta y universal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2008