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domingo, 20 de julio de 2008
Reportaje:HISTORIA

El hombre que inventó el billete

La vida de John Law siguió la regla del exceso. Un libro revela las andanzas de este rico financiero, jugador empedernido y vividor, cuyo invento, el papel moneda, cambió el mundo.

Ciertas cosas parecen haber aparecido al tiempo que el mundo. Los billetes, entre ellas. Sin embargo, el papel moneda es un invento relativamente reciente para lo crucial que le ha resultado al planeta desde los albores del siglo XVIII. Entonces, un tal John Law (Edimburgo, 1671-Venecia, 1729) lo puso en circulación.

Cuando este hombre singular se labraba su prestigio de memorable jugador por los tugurios de Londres a finales del siglo XVII, con interminables partidas que desquiciaban a sus adversarios, se pagaban las deudas con cofres de monedas pesadas, títulos de propiedad y demás pruebas de riqueza. Sin duda, ya entonces, Law agudizaba su sentido práctico.

Cualquiera corría también el riesgo de perder el honor y la vida a salto de espada cuando las cosas acababan en duelo y escaramuzas. Sobrevivía siempre el más espabilado, el más pícaro, el más hábil, y John Law había salido de su Escocia natal con todas esas cualidades por explotar. Fue vividor, amante de la geometría, las matemáticas y la magia, pero no pasó a la historia por sus indagaciones científicas, sus conquistas o sus aventuras dignas del mayor donjuán, sino por haber inventado un modo de intercambio que cambiaría la historia de la humanidad: el papel moneda.

Lo relata en El jugador (Salamandra), una novela bien ágil y divertida sobre la aventura de este personaje lleno de excesos, el escritor suizo Claude Cueni. Me fascinó la historia de este hombre arriesgado, vividor, que fue condenado a muerte, pero que se convirtió en uno de los más ricos de su época, un matemático genial y una estrella del mundo de las finanzas. Fue un cruce perfecto entre Bill Gates y Casanova, comenta Cueni.

Su vida corría como una apuesta constante, con un desafío a la autoridad en todas las escalas: desde la familiar hasta la de los reyes absolutos. Se encaró con su tiempo, con el poder, con todo lo que se le ponía por delante. Ganó y perdió. Como cualquiera que adopta el riesgo por condición de vida. Pero también se puede decir, sin temor a exagerar, que cambió el mundo. Su idea es lo que hoy mueve todo, todavía comerciamos con lo que él inventó, dice el autor.

Algo en los genes indicaba que John Law acabaría forjando grandeza en el mundo de las finanzas. Su padre, William, fue banquero. Pero su muerte, tras una operación de riñón, en circunstancias previsibles por las estadísticas, que tanto fascinaban a su hijo, no impidió que el heredero empezara sus andanzas de manera torcida. Menos mal que aquel hombre no llegó a ver cómo dilapidó su herencia en la mala vida. Aunque algunas cosas tempranas ya indicaban que John prefería los goces terrenales a las promesas de salvación eterna. Con 12 años se acostaba con las criadas y desde niño se había propuesto ser fiel al lema de su familia: Non obscura nec ima, ni oscuro ni pequeño.

Perfeccionó sus tretas en el juego cuando fue a parar a un internado. Poco le impresionaban las broncas e intimidaciones que el reverendo Michael Rob lanzaba a sus pupilos. Acabó conquistando a sus dos hijas gemelas y a él, instruyéndole en los principios del crédito público y privado, en la estructura del comercio, los laberintos de la fiscalidad y en los secretos de un ramo que empezaba a crecer: los seguros. Poco tenía que enseñarle aquel cura hosco y torpón. El John Law adolescente ya era un prometedor economista que había aprovechado al máximo las enseñanzas de su padre.

En lo que no pudo frenarle su progenitor fue en su vicio por el juego. Si don William había empleado una vida en hacerse con una finca como la de Lauriston Castle, John perdió su parte en una sola noche. El joven veía en los naipes un reto a sus cálculos matemáticos que le obsesionaba hasta límites peligrosos. Quería conseguir hallazgos similares a los de Galileo, Chevalier de la Mère o los Bernoulli, o a todas aquellas teorías que leía en manuales como La lógica o el arte de pensar, de Antoine Arnauld, que versaba sobre la teoría del juego de los dados.

Cuando se quedó sin nada fue a parar a Londres. Otra de sus pasiones era la geometría de los cuerpos femeninos, y la explotó a fondo. Allí se enseñoreaba por las tabernas en las que recalaban damas adineradas, para ver si sus tretas amorosas le aliviaban la mala suerte con las cartas. Entre las barras, las mesas y las calles con fango y niebla se cruzó con otro hombre eminente: Daniel Defoe, escritor, marinero y hombre con vista para los negocios, que fundó la primera compañía de seguros navales de Londres.

Eran los tiempos en que Europa sufría un deslumbramiento francés. Puro reflejo cegador del poder que emanaba del Rey Sol. Años de ajetreo donde todo estaba por descubrir, si un mal paso no te apartaba del camino. Fue algo que estuvo a punto de ocurrirle a John Law. De gallo a gallo, el joven la tomó con un personaje como Beau Wilson, la mayor atracción en todos los salones de la ciudad. Un hombre engreído y rico que disponía de carruaje de seis caballos y mantenía a más criados que algunos parientes del rey. Su habilidad con las cartas era algo que traía de cabeza al joven Law. Ni el hecho de haber tramado negocios alentado por él impidió que ambos acabaran batiéndose en duelo en Bloomsbury Square. En juego estaba el honor de una dama: Elisabeth Villiers. El padrino de Wilson fue el capitán Wightman; el de Law, Daniel Defoe.

El joven escocés ganó la pelea. Pero los tribunales no perdonaban esos altercados y fue condenado a la horca. Se libró después por considerar los jueces que era homicidio involuntario, y acabó huyendo a Amsterdam. En Holanda le esperaba otra vida más ordenada. Estudió a fondo. La disciplina acabó haciendo de él un banquero prominente.

Fue un hombre cosmopolita, reflejo de los mejores cerebros e iconos de su tiempo: Más preocupado por las ideas que aportaba que por el dinero que ganaba. Para él, todo lo que acumulaba no era más que un medio que le permitía llevar a cabo su lucha contra la pobreza europea de aquel tiempo. Sobre todo fue un idealista y un visionario en plena era de las luces, define Cueni.

Su curiosidad y su ansia revolucionaria llegaron lejos: Cuestionaba y reinventaba todo, fue un radical nada conformista. Diseñaba sus propios trajes. Fue protestante, pero vivió con una mujer católica con la que tuvo dos hijos. Era un hombre de acción, agrega Cueni. Su vida turbulenta, sin aliento, sujeta a cambios y movimientos constantes, no le amilanó.

Si en Escocia, Inglaterra y Holanda forjó un tipo de leyenda, Francia le permitió pasar a la historia. Allí llegó a la muerte de Luis XIV, en 1715. El regente Felipe de Orleans debía bregar con la herencia que le había dejado el Rey Sol. Comenzaba la cuesta abajo que llevó a la monarquía y a la aristocracia hacia el cambio drástico que supuso la Revolución de 1789.

Allí, en ese contexto, en una corte por la que merodeaba el duque de Saint-Simon en cuyas memorias descubrí al personaje, comenta Cueni, Law puso en práctica sus teorías más arriesgadas. Con la connivencia de los nobles fundó el Banco General, que después sería Real, y tenía el privilegio de emitir moneda para respaldar al Estado. Además puso en movimiento la Compañía de las Indias Occidentales, cuyas acciones podían pagarse con títulos de deuda pública. Pero en 1720 llega la bancarrota cuando los accionistas quieren recuperar su oro que era equiparable al valor del papel moneda en masa.

La crisis afectó a todo el país y a Europa. Tuvo que salir de París a riesgo de que le descuartizaran si no lo hacía. Es más, una turba le reconoció en su carruaje y lo asaltó. Desde dentro se le ocurrió lanzar el dinero que guardaba debajo de su asiento. Cuando la multitud se lanzó a recoger las monedas del suelo, aprovechó para escaparse.

Según Cueni, la gran bancarrota del sistema Law no fue el primer crack universal. Quizás, ese mérito lo tiene lo que ocurrió en Holanda en 1630: la burbuja de los tulipanes. El precio por estas flores se disparó tanto que produjo un colapso financiero. Del episodio francés, todo un desastre para el continente, Law no debe ser considerado culpable, según defiende el autor de El jugador: Sus teorías eran las correctas. El problema saltó ante la imposibilidad de frenar a toda la nobleza. Obligaron a emitir tanto papel para financiar sus extravagancias, que arruinaron todo el sistema.

Días después de ser asaltado por la muchedumbre en la calle consiguió salir del país. Lo hizo rumbo a Italia, con su hijo de 15 años, tres ayudantes de cámara y una escolta de 12 soldados. Sus últimos años los pasó en Venecia, jugando a las cartas hasta que murió en 1729, con 58 años.

Su renovado medio de vida le dio para mucho. Está claro que Law fue un superviviente hasta el final. Los venecianos llegaron a admirarlo por haber conseguido convertirse en un coleccionista de arte con muy buen ojo. Tiziano, Rafael, Tintoretto, Veronese, Miguel Ángel, Da Vinci o Canaletto, entre otros, colgaban de sus paredes. Las cartas financiaron buena parte de sus compras. El resto, insistían sus enemigos, llegaba del millonario tesoro de plata que le producía jugosas rentas desde el extranjero.

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