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viernes, 27 de junio de 2008
Reportaje:Apuntes

El nuevo estudiante universitario

Ve la facultad como un supermercado, no tiene prisa, y su compromiso con la carrera es flexible - Un estudio radiografía el gran cambio de modelo de alumno

"El caso es acabar, pero no voy a estar cinco años nada más que dedicándome a estudiar... O sea, que es muy importante en la vida eso, pero pienso que hay otras cosas más importantes. Entonces, voy con calma. Yo quiero acabar, pero me da igual tardar cinco años que nueve". Por extraño que suene, de la frase de M6 (el código con el que se identifica a un alumno que cuando respondió a la encuesta tenía 24 años, cursaba cuarto de Biología, y no trabajaba) no se desprende necesariamente que sea un mal estudiante. O al menos, que sea un mal estudiante en términos contemporáneos. Y eso porque el modelo de universitario atraviesa una muy profunda transformación.

El estudio El oficio de estudiar en la universidad: compromisos flexibles, financiado por el Ministerio de Educación, dirigido por el sociólogo y vicerrector de la Universitat de València, Antonio Ariño, y publicado por la editorial de esta institución académica se asoma a esa nueva realidad: todavía masiva, cada vez más heterogénea, cambiante, e influida, como no podía ser de otra forma, por la sociedad a la que pertenece. Un trabajo de investigación en el que han participado profesores de cinco universidades españolas, que ha exigido decenas de entrevistas abiertas, y del que resulta algo parecido a una radiografía (o a una aproximación) a esa nueva clase de alumnos.

Unos alumnos que hoy, al contrario que en los sesenta, provienen de hogares socioeconómicamente dispares (aunque las clases medias y altas sigan ganando). No tienen prisa por acabar. Ven la carrera como un supermercado ("descomponen y recomponen" la organización compacta de las asignaturas a estudiar y la distribución del tiempo diseñadas por la universidad, para adaptarlas a su interés individual). Su compromiso con los estudios es flexible (en vez de intenso). Su interés por otras cuestiones (las relaciones sociales, la búsqueda de la autorrealización más allá de las aulas) compite con su interés por las clases. Viven relativamente cómodos en casa de los padres, pero tienden crecientemente a compatibilizar el estudio con trabajos temporales, precarios, escasamente retribuidos que, en muchos casos, utilizan para financiar gastos personales (salidas nocturnas, ropa, viajes, coches...). Que no reciben (como antiguamente) una gran presión familiar para elegir una carrera determinada, ni para acabarla rápidamente, pero sí para ingresar en la universidad, así, en genérico. Y que ven el futuro con cierto escepticismo porque saben (aunque en menor grado y, sobre todo, durante menos tiempo que los menos cualificados) que al salir de la facultad les aguardan unos cuantos años de precariedad laboral y de mileurismo.

Conviene aclarar a esta altura que siguen existiendo estudiantes de la vieja escuela (que terminan la carrera en el tiempo oficialmente previsto, y se concentran en conseguirlo). Y que sigue habiendo (quizá han aumentado) quienes estudian y trabajan porque no tienen más remedio debido a su condición personal y familiar. Pero el estudio (que no busca tanto resultados cuantitativos, en el sentido de grandes estadísticas, como cualitativos) se centra en la emergencia del nuevo modelo de alumno. Con todas las precauciones que conlleva la advertencia de que "el estudiante universitario medio no existe".

Frente al ideal universitario de que los estudios sirven para alcanzar el conocimiento, el nuevo alumno (puede que no tan nuevo) persigue, en primer lugar, lo que la investigación llama "voluntad credencialista". Que significa: "prosecución del título (universitario) basada en la ley del mínimo esfuerzo". Y de ello se deriva un "raquitismo de la vida universitaria más allá de las aulas": pocas visitas a las bibliotecas (fuera de las épocas de examen); poca participación en las actividades culturales y recreativas. A lo que podría añadirse poca participación en las elecciones universitarias.

A pesar de ese utilitarismo, los estudiantes destacan la contribución que la carrera tiene en su proceso de maduración. Y ello, apunta el estudio, porque la misma debilidad institucional (la asistencia a clase no es obligatoria, hay libertad para crear el currículo) fuerza a los jóvenes a decidir cómo organizarse, cómo repartir el tiempo, cuándo cambia el ritmo. Les enseña, en resumen, a responsabilizarse.

La reforma europea, a contrapié

El estudio El oficio de estudiar en la universidad: compromisos flexibles, hace hincapié en la escasez de investigaciones que se han realizado sobre los alumnos. Y contiene un buen número de advertencias sobre las dificultades (mejor dicho, sobre la imposibilidad) para extraer un retrato robot del estudiante actual dado que una de las características del casi millón y medio de universitarios que había en el momento de extraer la materia prima para su análisis era la heterogeneidad de condiciones, clase social, opiniones...

Con todo, una de las conclusiones más reveladoras con vistas al futuro es la relativa a la reforma del sistema universitario, la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), lo que se ha dado en llamar Proceso de Bolonia. La investigación apunta a que ese cambio de modelo pillará a contrapié a la emergente (quizá mayoritaria) clase de universitarios.

La base sobre la que se asienta el EEES la forman otras siglas: el crédito ECTS, que, de un lado, sirve para unificar en todos los países implicados la medición del esfuerzo realizado por el estudiante; y, del otro, para organizar un sistema docente más centrado en el aprendizaje del alumno (lo que exige, por lo tanto, que se involucre más y de una forma más sostenida en el tiempo) que en la impartición de contenidos por parte del profesor.

El nuevo universitario busca el título, concentra sus esfuerzos en aprobar los exámenes, tiene su mejor aliado en los apuntes (propios o conseguidos), no va tanto a clase como solía, quiere tener "trabajillos"... El nuevo esquema del EEES (que debería empezar a funcionar en 2010) exige un alumno a tiempo completo, trabajo en equipo dentro y fuera del aula, participación en el aula... Parece la imagen de dos trenes a punto de estrellarse.

El estudio recoge valoraciones de los alumnos que ya han probado ese modelo en los ensayos que numerosas facultades españolas efectúan desde hace años. Las negativas: "la regularidad y constancia en el trabajo", y la "intensidad de la dedicación diaria". La primera entre las positivas: "se aprende más".

Un grupo de estudiantes en el campus de Vera de la Universidad Politécnica de Valencia. / JESÚS CÍSCAR

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