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domingo, 15 de junio de 2008
Un modelo propio de gestión empresarial

Cooperativismo contra la crisis

La participación de los trabajadores en el capital permite capear mejor los ciclos de la economía - Pagan menos Impuesto de Sociedades a cambio de fondos sociales

En Euskadi, y especialmente en Guipúzcoa, no hay ciudadano que no tenga un amigo o familiar trabajando en una cooperativa. El cooperativismo es deudor, y lo reconoce, del sacerdote José María Arizmendiarreta y de los pioneros que fundaron junto a él hace 50 años Ulgor, hoy Fagor, en Mondragón. La virtualidad de este tipo de sociedad frente a otras, como las sociedades anónimas o las limitadas, está en su componente anticrisis.

El movimiento cooperativo ha evolucionado en todos estos años. Gran parte, especialmente el industrial y el de consumo (Eroski), ha convergido en Mondragón Corporación Cooperativa (MCC). Pero hay vida cooperativa más allá de Mondragón.

Los cooperativistas se implican más porque se juegan su empleo y su dinero

Euskadi acoge distintos tipos de cooperativas que funcionan en Euskadi. Las de trabajo asociado son fundamentalmente las industriales. En éstas, MCC suma el 73% del empleo. En las de consumo más del 99% y en las de crédito -Caja Laboral e Iparkutxa- el 80% también pertenece a la corporación.

Las cooperativas vascas, salvo algunas muy pequeñas, se encuentran agrupadas en Erkide, que trabaja como una especie de patronal donde se asesora, se dan servicios y se actúa como grupo de presión. "La crisis afecta como al resto de las empresas. A unos sectores más que a otros. La particularidad de las cooperativas es que por eso de que prima el empleo frente a otros ratios superan mejor la crisis", señala Agustín Mendiola, director de Erkide.

En el mundo cooperativo existe una coincidencia de que son una fórmula societaria "anticíclica" perfecta. Las cooperativas tienden a permanecer porque sus dueños son sus trabajadores. La Ley obliga a que al menos el 75% de los trabajadores de cada empresa sean socios y está claro que nadie quiere perder ni su empleo y ni su negocio. La capacidad de apretarse el cinturón o de aceptar la flexibilidad es mayor que en otras sociedades. Su esperanza de vida es alta porque no está ligada a un grupo de accionistas. Los socios se van y son naturalmente sustituidos por otros nuevos.

A los cooperativistas les gusta decir que están dentro de la llamada economía social. La ley exige para formar una cooperativa que se reúnan al menos tres personas y que se desembolse un capital mínimo de 3.000 euros. Para ser socio es necesario hacer una aportación; lo que concede los derechos de participación en la sociedad a través de sus órganos de gobierno y el derecho a cobrar excedentes (beneficios). Los socios nunca responden con su dinero por la marcha de la sociedad. Toda cooperativa debe tener al menos dos órganos: la asamblea (la junta de accionistas de una SA) y el consejo rector, que viene a ser una especie de consejo de administración. Cuando la empresa cuente con 100 o más socios, deberá haber también una comisión de vigilancia.

A partir de ahí el funcionamiento interno varía, aunque la implicación de los trabajadores es automática porque sencillamente se juegan su dinero y su empleo. Una queja habitual desde otro tipo de empresas es que las de trabajo asociado cuentan con un tipo en el Impuesto de Sociedades del 20% para las de más de 50 empleos y del 18% para la de menos. El tipo común en Euskadi es el 28%.

La defensa de los cooperativistas llega por la vía social. Sobre los resultados, una vez liquidado el impuesto, un 20% se destina a un fondo de reserva obligatoria, que es inembargable y no repartible. Si la cooperativa se disuelve este dinero va al Consejo Superior de Cooperativas de Euskadi, órgano dependiente del Parlamento. Otro 10% va a un fondo de Educación y promoción cooperativa, con destino a obras sociales. El resto se destina a excedentes.

Solidaridad limitada

Las cooperativas de Mondragón participan en Erkide como una más. Su impronta es clara, por su peso específico, pero apoyan proyectos comunes. De Erkide cuelgan importantes empresas que dan servicio a todos su asociados. Ategi es una central de compras donde se logran precios de

hardware,

software

, telefonía o energía, entre otras, en mejores condiciones que si cada cooperativa fuera en solitario. Onairri es una sociedad de garantía recíproca con la que el cooperativismo compite con Elkargi. Y Saiolan, un centro de innovación y empresas situado en Mondragón.

Estos proyecto y otros, que van de la asesoría jurídica a la formación, son comunes para todos. Sin embargo, pertenecer a MCC tiene otras ventajas que exigen una colaboración y una contribución a fondos comunes. El instrumento más importante de solidaridad de MCC es sin duda Lagun Aro. Para entrar hay que estar en el grupo, sin embargo, hay un porcentaje de cooperativas que están dentro sin pertenecer a la corporación. Es el caso evidentemente de Irizar o de Ampo, recién salidas del grupo, pero no de Lagun Aro.También son socias aquellas cooperativas que se crearon antes de la formación de MCC en los años noventa. Lagun Aro nació en 1967.

Entre las funciones que desarrolla están la asistencia sanitaria, la ayuda al empleo (reubicación de trabajadores en tiempos de crisis en otra cooperativa), incapacidad temporal, incapacidad permanente, jubilación y viudedad. No tiene ánimo de lucro y funciona mediante un sistema de capitalización. Actualmente cuenta con 30.640 socios trabajadores y 8.131 pensionistas.

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Soraluce es una empresa dentro del entramado del cooperativismo del grupo MCC, en el sector de la máquina herramienta. / JESÚS URIARTE

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