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COLUMNA

'Supermajo'

Hará cosa de dos años, el actor Tim Robbins inauguró en Madrid un festival de cine solidario. El gigantesco actor, en tamaño y oficio, pisó la ciudad en uno de sus momentos más tensos. Nuestros dos partidos nacionales se enfrentaban en una guerra de consignas contra el terrorismo y de patrimonialización de las víctimas que ha dejado una herida muy honda. Fue una situación lamentable que provocó distanciamientos hasta entre los que habían luchado siempre unidos contra el terror.

Y en esto, digo, llegó Tim Robbins, al que en dos patadas le explicaron la realidad política española. El hombre, consecuentemente, decidió tomar cartas en el asunto y no tender la mano al alcalde, ese mismo alcalde que estos días ha sido compensado por todas las veces que desde la cadena episcopal se le acusó de no querer que se investigara sobre el 11-M, que era lo mismo que acusarle de no apoyar la patética teoría de la conspiración, en la que las personas de bien debían creer, como en los misterios de la fe, aunque no se tuvieran pruebas. Robbins no dio la mano a Gallardón y quien esto escribe dedicó una columnilla a este gesto de rebeldía. Para el célebre actor, escribí, el alcalde debía encarnar en sí mismo todos los males del mundo, el apoyo a la guerra y la negativa al diálogo. Una amiga suya (lógico) me regañó, pero cómo te metes con Tim, que es un tío supermajo. Entonces entendí que la categoría Supermajo debiera entrar en el diccionario de términos ideológicos. Supermajo sería ese individuo que, aunque en su incansable apoyo a todas las causas solidarias acabe negándole la mano a una persona normal y tendiéndosela a individuos de la peor especie, todo le es perdonado. En estos días Supermajo anda codeándose con Chávez, el conocido demócrata. Se ve que también le han explicado la situación de Venezuela en dos patadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de junio de 2008