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lunes, 2 de junio de 2008
Tribuna:

Mamá, ¿el pulgar crece?

Entre 1964 y 1973, EE UU lanzó dos millones de toneladas de bombas de racimo en Laos -más que todas las bombas estadounidenses arrojadas durante la II Guerra Mundial-. Muchas de ellas no estallaron y desde entonces, se han cobrado más de 12.000 víctimas. A este triste ranking de los países más bombardeados, encabezado por Laos, se suma la República del Líbano. Según Naciones Unidas, el Ejército israelí lanzó en 2006 cuatro millones de bombas de racimo en territorio libanés. Un año después del alto el fuego, 200 civiles habían sido víctimas accidentales de estos artefactos que, enterrados, esperan en silencio a sus víctimas durante años y años.

Kosovo, Irak, Vietnam, Camboya... también forman parte de este grupo de países donde todavía hoy hay niños que pierden una mano o una pierna. Como le ocurrió a Zahra, un chaval de 12 años del sur del Líbano: "No puedo jugar. No salgo. Antes lo pasaba bien con mis amigos. Pero ya no puedo jugar con ellos. Bromean sobre mis dedos y sobre mi pulgar. Dicen que no me volverá a crecer. Sólo pido que me vuelva a crecer el pulgar y que mi mano vuelva a estar bien. Sólo eso". No podemos devolverle a Zahra su pulgar, pero sí intentar que recupere sus ganas de jugar, de salir de casa.

Con el tratado sobre bombas de racimo, hemos marcado un hito del derecho internacional

El primer paso ya lo hemos dado firmando el Tratado de Dublín. En la capital irlandesa, más de 100 países hemos marcado un hito en el Derecho Internacional prohibiendo la fabricación, uso, posesión o venta de bombas de racimo, y comprometiéndonos a ayudar a personas que como Zahra han perdido parte de su cuerpo y toda su ilusión.

Cada Estado firmante deberá desarrollar un plan nacional para proporcionar asistencia médica, rehabilitación y apoyo psicológico a las víctimas, teniendo en cuenta las consideraciones de sexo y edad.

El compromiso de Dublín no ha sido fácil para España. A pesar de algunas reticencias, finalmente, lo hemos logrado. El Gobierno español, junto a las ONG -cuyo papel ha sido decisivo- y miles de ciudadanos y ciudadanas organizados en Internet, hemos conseguido que prevalezcan los principios del Derecho Internacional Humanitario. No hay bombas buenas y bombas malas. Todas son armas diseñadas para matar y no distinguen entre civiles y soldados, entre hombres o niños.

Es una alegría un poco amarga porque los grandes productores de las bombas de racimo no han participado en la negociación: Estados Unidos, China, India, Israel, Rusia... Ocurrió algo similar con el Tratado contra las minas antipersona de 1998. Uno de sus grandes productores, Estados Unidos, tampoco lo firmó. Pero la semilla ya estaba sembrada y el rechazo que internacionalmente se generó contra las minas antipersona provocó que Estados Unidos se viera forzado a dejar de producirlas.

En el último programa electoral, el Partido Socialista plasmaba su compromiso de "mantener una posición activa a favor de la aprobación de un Tratado Internacional sobre el comercio de armas, así como de la restricción y, en su caso, la prohibición de las bombas de racimo". El viernes, cumplimos nuestro compromiso.

En Dublín, Branislav Kapetanovic, un superviviente serbio de las bombas de racimo dijo: "perdí mis brazos y piernas por culpa de una bomba de racimo pero este visionario tratado marcará la diferencia para gente como yo. Las bombas de racimo tienen un legado mortífero pero el legado de Dublín salvará vidas. Estoy orgulloso de que los países hayan priorizado a las personas por encima de las armas".

En diciembre, al menos 30 Estados deberán ratificar el Tratado para que entre en vigor. España será uno de ellos.

Elena Valenciano es secretaria de Relaciones Internacionales del Partido Socialista Obrero Español y diputada.

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