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La Filarmónica de Berlín toca en el bosque

Abbado dirige un multitudinario concierto tras el incendio de la sede

El director de la Filarmónica de Berlin, Simon Rattle, fue el primero en aparecer el sábado a las siete de la tarde en el escenario de la Waldbühne y mostrar sus sentimientos. Sus primeras palabras fueron: "¡Qué semanita!". Y las casi 20.000 personas que le escuchaban aplaudieron, comprensivas, confirmando que el susto de estos días ha sido no sólo berlinés, sino universal. Tanto como lo es la propia orquesta. Así comenzó el espectáculo. Y lo que iba a ser un concierto para superar el mal trago sufrido por la Filarmónica cuando empezó a arder el pasado 20 de mayo el techo de su casa, el edificio de la Potsdamerplatz, se convirtió el sábado en el mayor evento de musica clásica de la temporada en la capital alemana.

El propósito era acompañar a la orquesta en una situación dramática

Un escenario al aire libre: Waldbühne. Un programa doble: Beethoven y Berlioz. Tres conciertos en uno. El director invitado: Claudio Abbado.

Una masa variopinta de espectadores se fue congregando desde las primeras horas de la tarde alrededor de ese anfiteatro de tres alturas que es la Waldbühne. En este espacio idílico, situado en medio del bosque, se organizan tradicionalmente conciertos de pop-rock con mucho éxito pues permite la combinación de dos deportes muy populares entre los berlineses: tomar el sol y organizarse un picnic individual o comunal en las gradas con salchichas incluidas. El jubilado Frank Schneider, chaqueta, cartera y aparato de fotos en mano, por ejemplo, opinaba mientras recorría sudoroso, junto a cientos de seguidores de la Filarmónica, el trayecto de media hora a pie que separa la estación de metro del Estadio Olimpico de la Waldbühne, que no hay mal "que por bien no venga". Como él, lo debían pensar esas otras 10.000 personas que de repente se vieron ante la posibilidad (dificil, habitualmente) de conseguir ticket para escuchar y ver a una orquesta que logra el lleno absoluto cada día.

Lo malo es que el techo del edificio de la Filarmónica, niño bonito de la arquitectura y punto de cita de la ciudad, ha sufrido daños, y la gran sala, conocida por su acústica perfecta y en la que caben 2.400 personas, va a permanecer cerrada hasta el 2 de junio. Lo bueno es que, como consecuencia del fuego, la organización decidió mover y reprogramar todos los conciertos a distintos escenarios. El pasado fin de semana, de viernes a domingo, era el turno de uno de los ex directores más queridos en la ciudad y en la propia formacion, el italiano Claudio Abbado. Tres conciertos con un programa doble, atractivo pero no demasiado popular ni mucho menos pensado para exteriores: Concierto para piano número 4 G-Dur op.58 de Beethoven (con Maurizio Pollini) y el Te Deum, de Berlioz. Un reto más para los intérpretes.

Después de las escenas multidifundidas del humo sobre el edificio, los bomberos afanándose porque la desgracia no fuera a más, los músicos corriendo por los pasillos del edificio, instrumento salvado en mano, o haciendo declaraciones para las televisiones ("Cuando ves que lo que más quieres está amenazado te das cuenta del sinsentido de todo", decia Jan Diesselhorst, máximo representante de la orquesta) y el susto en el cuerpo de los berlineses todo quedó en problemas de reajustes de organización. Abaddo tocaría una sola vez en la Waldbühne para el público afectado de los tres conciertos previstos. Además, se decidió regalar entradas a las familias de los casi 300 policías y bomberos que ayudaron en la extinción del incendio: "Sin ellos, sin su trabajo, no habría más Filarmónica", siguió diciendo agradecido Rattle en el escenario con mirada de pena hacia el cielo azul limpísimo pensando en esa "su casa". Luego pidió a policías y bomberos que se pusieran en pie entre el público. Lo hicieron algunos, orgullosos, y los "bravos" sonaron generales.Berlineses y no berlineses habían captado rápido el mensaje: arropar a la Filarmónica en un momento así de dramático. El lleno era total en la Waldbühne cuando entraron Abbado y el pianista Pollini y sonó enseguida Beethoven.

Por encima de las notas del piano se oyen los pájaros del bosque y el sonido de los aviones camino al cercano aeropuerto de Tegel. En una pausa entre movimientos un niño suelta un "papá" en alto bien expresivo. Luego llegan los 50 minutos religiosos del Te Deum, de Berlioz, compuesto en 1848. Oración y alabanza. Nadie parece respirar. No se puede ante el despliegue del trabajo en común de las 750 personas en escena: la orquesta, los cantantes y los coros. Como despedida, un grupo del público enciende bengalas. Fuego al fuego, se ríen. Poco a poco todos se van marchando a casa. Menos la orquesta que todavía esta semana tendrá que seguir de gira en espacios prestados, como el recién clausurado aeropuerto de Tempelhof.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de mayo de 2008