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61º Festival de Cannes

Veraz y complejo cine para un larguísimo retrato del Che

Steven Soderbergh dedica cuatro horas y media al líder revolucionario

Aunque el cine nos esté acostumbrando desgraciadamente a la eterna duración de películas que podían haberse contado en un tiempo razonable, o incluso no haberse realizado, me asaltan algunos temblores al saber que Che, el proyecto arriesgado y faraónico de Steven Soderbergh, sólo dura cuatro horas y media. En su estreno comercial serán dos partes que no se presentarán a la vez, pero como aquí todo se hace a lo bestia y se supone que lo que más amamos los presentes es pasarnos infinitas horas en la butaca y en medio de la oscuridad, la proyectan de un tirón, eso sí, con un agradecible intermedio en el que al igual que en el colegio o cuando nos llevaban los papás a los añorados programas dobles, nos obsequian con una bolsa con el anagrama de Che que contiene un bocadillo, una chocolatina y una botella de agua, algo insólito en un lugar en el que no acostumbran a regalar ni la hora.

Y te preguntas cómo han permitido a Steven Soderbergh hacer una película tan larga y de semejante riesgo. Elemental, querido Watson. Soderbergh, aquel señor que comenzó pariendo el mejor cine independiente, que triunfó, se estrelló y desapareció temporalmente, se puede ahora permitir el lujo de seguir haciendo experimentos, películas muy personales o vocacionalmente raras, a condición de que no olvide sus puntuales obligaciones con la serie de Ocean y siga engordando a la gallina de los huevos de oro en el fenicio Hollywood.

Soderbergh también ha demostrado que en medio de grandes estrellas y presupuestos enormes es capaz de lograr una penetrante, nada convencional, extraordinaria crónica del narcotráfico en Traffic. Los temores de que los tópicos o la hagiografía edulcorada se hubieran apoderado del retrato de ese personaje histórico, complejo, que nunca ha dejado de estar de moda aunque lleve muerto tanto tiempo, modélico no sólo para el izquierdismo antiguo y el renovado, sino también explotado por el merchandising y el esnobista mundo del diseño, se evaporan a los 10 minutos de proyección. Estamos ante una película muy seria, primorosamente ambientada, con actores que nunca parecen estar interpretando ni recitando, con un lenguaje, un tono, un cuidado en los acentos y en la fisicidad que te hacen creer que están en Sierra Maestra y en compañía de los personajes verdaderos, que lo que ves y escuchas es un documento riguroso sobre aquella realidad que cambió la historia de Cuba.

Soderbergh intercala con maestría en la primera parte de Che los diversos y trascendentes hechos que éste protagonizó desde el arranque de la revolución hasta la toma de La Habana, incluidas sus posteriores intervenciones como embajador de Cuba en Estados Unidos y en la ONU, intentando explicar y defender la legitimidad de la toma del poder en Cuba.

Utilizando alternativamente y con sentido el color y el blanco y negro, mezclando imágenes y discursos extraídos de la realidad con la ficción, Soderbergh y su guionista Peter Buchman evidencian haberse currado a fondo los libros de historia, escuchado opiniones contrastadas y testimonios de los que vivieron aquellos tiempos, recolección de multitud de datos. La batalla guerrillera en Sierra Maestra, la fe en la victoria, la captación de gente humilde que está harta del estado de las cosas y de la corrupta dictadura de Batista, la deserción de algunos y el glacial y letal castigo que se impone a la indisciplina o a la traición, la descripción del siempre estratega, autoritario, retorcido y político Fidel Castro y de la personalidad del Che Guevara, hombre de acción y asmático, humano e implacable, cercano y distante, estoico y rocoso, convencido de que la lucha no debe parar aunque se haya conseguido el objetivo, las enfrentadas concepciones ideológicas sobre el futuro de Cuba entre los insurgentes, todo ello está descrito por Soderbergh con fuerza y matices, eludiendo la tentación del panfleto y del esquematismo, con cine del bueno.

La segunda parte se centra en la organización de la guerrilla en Bolivia que hace el Che y acaba con su muerte. El cambio de escenario también hace el relato más lineal. Puede empezar a pesarte el cuerpo, a dar vueltas en la butaca, a acabar ligeramente saturado de tanta lucha campestre, a mirar frecuentemente el reloj y desear que llegue el final. El atracón pasa factura, es excesivo. Y eso no le quita mérito al gran trabajo de Soderbergh, a su comprensión de una época compulsiva y de un personaje con anverso y reverso. Los actores secundarios están perfectos, sin impostura en su gestualidad y en lo que expresan verbalmente, pero el trabajo de Benicio del Toro es tan impresionante como sobrio, tan complicado como veraz.

Imagino que va a haber movida con Che, que no va a dejar muy contento a nadie que la juzgue con motivos estrictamente ideológicos, pero es indudable el talento, el sentido del cine, la honestidad, el mimo y el esfuerzo de este director tan inquietante como necesario llamado Soderbergh.

Admirando el universo del profundo y desasosegante Atom Egoyan me he quedado frío y confuso con Adoración, una indagación morosa y demasiado retorcida sobre la lejana muerte de sus padres por parte de un adolescente que ha recibido datos traumáticos y engañosos sobre la violenta personalidad del padre y trata de confrontar varios testimonios para poder recomponer el trágico puzzle. Tampoco conecto con el forzado dramatismo de Philippe Garrel, profesional del malditismo, en La frontera del alba, historia desgarrada y poco creíble de encuentros y desencuentros suicidas entre un fotógrafo y una estrella de cine.

Pero lo más grandioso que me ha ocurrido en la jornada de ayer es tener cenando en la mesa de al lado a un individuo con la cara tatuada, mirada que parece haberse puesto de acuerdo con la vida o al menos resignado, tratando con amorosa delicadeza a una mujer muy joven, negra y preciosa. Su proteica personalidad, su legendaria carrera y su tortuosa vida es una estremecedora película sobre el esplendor y el fracaso, sobre la redención y el derrumbe, la destrucción y la autodestrucción. Se llama Mike Tyson. Una tía muy pasada y muy histérica intenta llamar su atención dándole la brasa, otra surrealistamente desinformada le pide un autógrafo al guardaespaldas que cena con Tyson confundiéndose imperdonablemente de personaje. Otro tío pretendidamente sofisticado y con aire de estar bolinga intenta tocarle la mano. Tysson le pide educadamente que no le moleste. Yo veo esas manos legendarias, la electricidad que se puede crear en ese cerebro y en esa anatomía y me echo a temblar de que alguien intente abusar de su paciencia. No ocurre nada. No salimos en la crónica de sucesos. Creo no ser mitómano pero tener al lado durante un par de horas a una leyenda de semejante calibre me provoca cierto hormigueo. Y es muy grato.El festival regaló a la prensa bocadillos y refrescos para este maratón de cine La sensación es que lo que ves es un documento riguroso sobre aquella época

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de mayo de 2008