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Reportaje:ARTE | Exposiciones

El carbón de los sueños

Robert Longo relaciona técnicas, estilos y mundos dispersos y contradictorios hasta convertir lo real en poesía del enigma. El artista neoyorquino expone en Madrid sus dibujos de niños dormidos, planetas y obras de arte en clave de violencia pura.

Por un lado, inmensas cabezas de niños dormidos de razas diversas, y, por otro, con un formato semejante, representaciones de satélites y planetas, como la Luna o Saturno, y de alguna nebulosa, todo ello dibujado al carboncillo sobre papel con una técnica de tan primoroso fotorrealismo que, en principio, se duda si lo visto es, en efecto, una fotografía retocada. Pero aún hay otro material convergente, aunque, en este caso, de dimensiones mucho más reducidas: sendas reproducciones, realizadas con carboncillo y grafito sobre papel de tres obras maestras: Saturno devorando a su hijo (1819), de Francisco de Goya; la Musa dormida I (1909-1911), de Constantin Brancusi, y One: Number 31 (1951), de Jackson Pollock. Por lo demás, hay que decirlo, el autor de este aparentemente heteróclito conjunto es el estadounidense Robert Longo (Nueva York, 1953), uno de los artistas americanos que se ha hecho notar, durante los últimos 25 años, en los foros internacionales de vanguardia, sean cuales sean las reservas y matices que se quieran adjuntar a estas plataformas promocionales en nuestro presente de la posmodernidad espectacular. En cualquier caso, la trayectoria de Longo ha girado sobre los estados extremos de energía descontrolada y descontroladora, al margen de cuál fuera su causa o medio de producción; en suma: sobre la violencia, que, en absoluto, podemos restringir a una perspectiva antropológica.

Pero, volviendo sobre el tema de la presente muestra, ¿qué relación tienen las imágenes de reposo ensimismado o de materia inerte con la energía desatada? Formando parte de un universo en expansión, cuyo primer origen atisbado fue una formidable explosión, no creo que haya hoy nadie que dude acerca de la naturaleza energética que configura el cosmos, incluso cuando, según y cómo, parezca transitoria y parcialmente estable o aquietado. En realidad, esto es algo que ha percibido el hombre desde siempre y así lo ha manifestado a través de los sucesivos medios que ha tenido a su alcance.

De todas formas, ¿qué tiene de magnética la imagen de una cabeza infantil dormida, en aparente quietud? ¿No será que, a través de ella, de esa plácida cáscara inmutada, adivinamos lo que rebulle en su interior, un hirviente magma orgánico, atizado, en no poca medida, por los chispazos eléctricos de un cerebro, a cuya actividad incontrolada llamamos sueño? ¿No será, aún más, la lírica relajación fisiognómica del infante en estado de reposo la cara oculta del violento potencial entrópico de todo ser orgánico en efervescente desarrollo? ¿No es, en fin, el inexpresivo rostro de un niño encalmado la replicación de la yerta faz exterior de un planeta, debajo de cuya corteza se está produciendo la más formidable ignición? ¿Por qué, si no, la inmemorial voluntad del sabio ha sido y es, en términos existenciales, construirse una coraza búdica respecto a su propio interior? No creo, sin embargo, que haga falta seguir encadenando preguntas que, a la postre, no hacen sino revelar cómo todo está en todo en dinámica interdependencia. De manera que, si nos preguntamos el porqué del fascinante magnetismo de la imagen de un niño dormido, la respuesta es porque allí está todo en estado virginal: o sea: en clave de violencia pura.

Hastiados del racionalismo instrumental contemporáneo, los surrealistas consideraron que los héroes del arte debían ser los niños, los locos y los dormidos, no tan acosados por las fuerzas domesticadoras de una endurecida realidad que no puede ser sino excretada cáscara de contención. Significativamente, tales son los tres ases artísticos o exvotos con que Robert Longo ha armado formal y simbólicamente su exposición: un caníbal devorador de su propia carne y una deyección galáctica de materia bruta, flanqueando ambos una cabeza durmiente con manifiesta forma ovoide. Es verdad que, entre estos iconos de Goya, Pollock y Brancusi, también podría estar el caparazón de nuestro planeta tal y como lo pintó El Bosco en la grisácea tapadera que cubre el Tríptico de las delicias (1503-1504), en cuyo interior descubrimos un cielo, una tierra y un infierno en pareja agitación, pero ¿acaso no está toda la muestra de Longo plagada de huevos con yema, de cascarones ardientes, en alternante estado de explosión o de implosión?

Lo que, por tanto, nos quiere transmitir Longo es el latido cósmico de lo íntimo, cada una de cuyas ínfimas partículas replica el universo. Admirablemente lo hace encima con carboncillo, que es en sí mismo atomizado polvo, que él logra convertir en esmiralada forma. Esta paciente y virtuosa labor se focaliza icónicamente en sus extremos, espacial y temporalmente, opuestos, para que la conjunción visual de los mismos nos produzca una iluminadora descarga. En este purulento dripping de carbonilla, un Pollock se convierte en un Brancusi, tal y como sólo se le puede ocurrir a un Goya, ese heraldo máximo de la melancolía, porque, al fin y al cabo, pase lo que pase, esa nimiedad es la destilación humana frente al terrorífico silencio de las estrellas.

Siempre me ha gustado Robert Longo porque tengo debilidad por los artistas fronterizos, de naturaleza mestiza. Aquí, por ejemplo, hace fotos con la técnica de un monje iluminador o, si se quiere, pop como un amanuense. Pone en relación técnicas, estilos y mundos contradictorios, buscando siempre el precipitado alquímico inesperado. Me han interesado sus cuerpos contorsionados por la violencia interior y exterior: imágenes hiperrealistas de cuerpos que se convulsionan como el cuerpo de un expresionista abstracto al pintar. Su fulgurante capacidad para interconectar lo más disperso. Su manera para atravesar superficies y obligarlas a mostrar sus dos caras, que es lo mismo que descarar lo real...

Ya sé que muchas de estas actitudes son hoy caracterizadas como típicas del artista posmoderno, un eufemismo que no hace sino señalar que la modernidad se ha convertido en una consolidada tradición. Pero los artistas siempre se han tenido que perfilar frente a una época, que no es, a su vez, sino la última capa o cara del pasado. Lo que importa, ayer y hoy, es, digámoslo así, su radioactividad poética, que es tanto más potente por buscar lo inesperado a través de lo inesperado. Por ejemplo: la inmensidad a través de lo íntimo; la violencia a través de la quietud; la infancia a través de la noche de los tiempos; el interior a través del exterior; la instantánea a través de la paciencia; la realidad a través de la abstracción; la poesía a través de la prosa; la iluminación a través de la oscuridad; la refulgente belleza a través del carbón...

Robert Longo. Intimate Inmensity. Galería Soledad Lorenzo. Orfila, 5. Madrid. Hasta el 7 de junio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de mayo de 2008