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La noche existencialista de Rosa Montero

La autora considera su literatura "luchadora y vitalista"

Una salamandra tatuada en el brazo derecho y cuatro de sus dedos cubiertos con anillos de lagartos inducen a pensar que a Rosa Montero le gustan esos animales. Y cuando descubres que la portada de su nuevo libro, Instrucciones para salvar el mundo (Alfaguara), lleva impresa una lagartija das con la certeza de que le deben de encantar.

"Durante el día nos las arreglamos para olvidar que nos vamos a morir"

"Los lagartos son como los dragones infantiles pero de verdad. No he escrito de dragones, pero la lagartija en la novela ocupa un papel importante porque es vida y regeneración". Instrucciones para salvar el mundo es una historia de supervivientes, de cuatro personajes en los que se han aunado todos los elementos necesarios para ser desgraciados, pero que encuentran un punto que les permite redimirse y salir de la oscuridad en la que se hayan inmersos.

Montero, 38 años dedicada al periodismo, acaba de llegar de Virginia, donde durante dos meses ha estado dando clases de narrativa a universitarios. Allí ha descubierto que las novelas que ha escrito hasta ahora son de supervivientes y de desapariciones. "Desaparecen los mundos, las cosas y las personas. En mi vida real nunca han ocurrido ese tipo de cosas, pero sí en el mundo de los sueños en los que imagino mis novelas".

La nueva obra de la escritora se desarrolla en la noche, en ese espacio de tiempo propio de los fantasmas. Habla de ellos la autora y de cómo pululan por los sueños de la creación. "Las novelas salen del mismo lugar del que salen los sueños y muchas veces eres la primera que no sabes dónde está el fondo. Es un agujero y una zona turbia que no sabes ni distinguir". Rosa Montero explica que su literatura es existencialista, que en ella se alude al sinsentido de la vida, al caos, a la fragmentación, al individuo aplastado. "Creía que mis novelas eran de perdedores y son de supervivientes, algo totalmente distinto porque estos últimos no se rinden jamás".

La autora de Temblor se define como una mujer "luchadora y vitalista, y tal vez por eso mis libros sean también así. Al final de mis obras literarias hay una especie de celebración de la vida. Hay oscuridad, pero al final aparece un rayo de luz. Tengo esperanza en la belleza del mundo". La escritora habla entonces de los elementos que son comunes en su literatura como la identidad, la falta de fiabilidad, la memoria, la relación del individuo con el poder y la posibilidad de decidir sobre su propio destino.

A esta escritora, que no desea depender económicamente de la ficción para vivir, le gusta adentrarse en la noche a pesar de que sabe que es el momento en el que aparecen los temores. "Es un territorio fascinante. La noche es el territorio de lo impreciso y en él puede suceder de todo. Es donde se cobijan los monstruos". No duerme muchas horas y le gusta escribir hasta pasada la medianoche, porque sabe que cuando se acuesta aparecen las angustias y caen sobre ella terrores que se pueden convertir en obsesivos. "En la noche aparece la realidad desnuda. Por la noche estás sola frente a los fantasmas y las obsesiones. Durante el día nos las arreglamos para olvidar que nos vamos a morir, aunque lo bueno en el mundo impreciso de la noche es que caben también invenciones maravillosas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de mayo de 2008