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Tribuna:

Un mes y cuarenta años

Cuando se estaba festejando el bicentenario de la Revolución Francesa, el primer ministro chino Chu En-Lai visitó oficialmente París y se le hizo la inevitable pregunta: "¿Cree usted que la Revolución aportó beneficios a la humanidad?". Cauteloso, el oriental repuso: "Aún es pronto para decirlo". Sin duda revelan menos prudencia los que sólo cuarenta años después de Mayo 68 ya pretenden establecer un balance definitivo de sus logros y fracasos. Por ejemplo, nosotros mismos, Daniel Cohn-Bendit, Adam Michnik, Paul Berman, Paolo Flores d'Arcais y quien suscribe, reunidos a mediados del pasado abril en Roma para hablar de la ética de la rebelión en un ciclo filosófico dedicado al 68, ante un público evidentemente desolado por el reciente triunfo electoral de Berlusconi y sus no menos repelentes aliados. Los ponentes de esa mesa redonda teníamos en común, para empezar, nuestra participación directa en los sucesos del 68: en París, en Varsovia, en Nueva York, en Roma o en Madrid. Y también otra cosa: todos seguimos activamente interesados por el debate político, no en espera de prebendas o sinecuras (¡creo yo!) sino como ejercicio permanente de dignidad cívica y solidaridad cosmopolita. Por último, compartimos una visión positiva de aquellos acontecimientos cuadragenarios, pero teñida de distanciamiento irónico que invalida cualquier intento acrítico de beatificación.

En el 68 murió en Europa el totalitarismo comunista como ilusión colectiva, no en el 89

Hubo violencia contra las cosas, poca contra las personas y nunca terror

Tras un par de décadas de pueriles idealizaciones, últimamente a Mayo 68 le toca más bien recibir zurras y verse descalificado como origen de todo tipo de males: la falta de autoridad escolar, el excesivo individualismo, el frenesí hedonista, la permisividad, el utopismo político, etc... Por supuesto, la mayor parte de estas derogaciones provienen de gente que ni por edad ni por gusto pudieron participar en aquellos sucesos, de los que hablan con algo menos conocimiento del que yo tengo de la guerra de Troya. Pero otros críticos sí que estuvieron allí, incluso fueron de los activistas más virulentos y agresivos, volviendo ahora esa furia contra lo que antes defendieron. En política es ley infalible: siempre los más extremistas son los que traicionan después con mayor ahínco. Los caracteriza bien Daniel Lindenberg en uno de los mucho libros aparecidos estos días sobre Mayo (Choses vues, ed. Bartillat): "Del izquierdismo no han conservado más que lo peor: la violencia verbal, la afectación de radicalidad y la obsesión del apocalipsis, el tono altanero y el desprecio de los hechos".

En lo que suelen coincidir apologetas y detractores es en el "fracaso" de Mayo. Se refieren a que en ninguna parte los rebeldes conquistaron el poderporque De Gaulle ganó las elecciones al mes siguiente, los españoles tardamos diez años más en conseguir una constitución democrática, los polacos no se libraron de su dictadura hasta 21 años después y así en todas partes. Pero se trata de una visión deformada de lo que aquellas jornadas tuvieron de característico. En París, los manifestantes pasaban ante la Asamblea Nacional y los ministerios abandonados, pero no se les ocurrió entrar para ocuparlos y proclamar un nuevo régimen: nadie quería asumir el poder sobre la sociedad sino sobre su vida personal y cotidiana. Tal como dijo Raymond Aron, la revolución -en el sentido clásico y guerracivilesco del término- fue "inencontrable": pero en cambio sus efectos parcialmente revolucionarios se encuentran hoy por todas partes, en la condición de las mujeres, en la aceptación de opciones sexuales antes perseguidas, en la presencia de los individuos en el espacio público, en el descrédito del militarismo y del totalitarismo comunista, en las ONGs, etc. No es que Mayo 68 fuese el motor único de estas transformaciones sociales (probablemente sólo fue el síntoma más agudo y decisivo de lo que estaba ocurriendo) pero es evidente que se convirtió en el más visible de sus emblemas colectivos. El orden del mundo no se purificó de sus crueldades e injusticias, pero se hizo menos rígido y más abierto. Algo es algo. Sin duda Sarkozy sigue añorando la grandeur gaullista, pero su publicitada vida amorosa debe más a Mayo que al general... por no mencionar la bienaventurada normalidad con que los alcaldes de París o Berlín asumen coram populo su homosexualidad. Etc...

Sin duda, buena parte de los iconos y del lenguaje político que entonces se manejaron estaban desfasados respecto a la emancipación que a tientas buscaba el movimiento. Los revolucionarios de 1789 inauguraron la modernidad convencidos de que eran los recuperadores del mensaje de los Gracos, de Catón o de Espartaco, con los que no tenían nada que ver. Y en el 68 se mantenía el culto a personajes tan poco recomendables como Mao Tse Tung, Che Guevara o Ho Chi Minh y se decían en jerga marxista la mayor cantidad de cosas no marxistas que cabe imaginarse (los primeros en esta mutación ideológica, los situacionistas herederos de Henri Lefebvre y los libertarios). Por eso De Gaulle creía -o fingía creer- que la culpa de los disturbios era de los comunistas, mientras Georges Marchais en L'Humanité atacaba groseramente a los manifestantes acusándoles de formar parte... ¡de un complot gaullista! Por cierto, que una lectura neocomunista de Mayo vuelve a oírse hoy, gracias entre otros a Alain Badiou, una especie de De Gaulle filosófico que se empeña a toda costa en vincular a Sarkozy con Vichy... Esta voz equívoca resultaba especialmente dolorosa en Varsovia o Praga, donde tenían que combatir contra los estalinistas con un discurso patéticamente semejante al suyo.

Al menos una cosa debe quedar clara: el totalitarismo comunista (valga la redundancia) feneció en Europa como ilusión colectiva no el año 89 sino el 68. Por supuesto, también en España, pese a que la dictadura nimbaba al PC de un prestigio liberador que era difícil sacudirse. El irreverente dicterio de Cohn-Bendit contra un poeta estalinista ("Louis Aragon, tus cabellos blancos están manchados de sangre") era difícil de repetir en España aplicado a Rafael Alberti, por ejemplo, aunque algunos argumentos para hacerlo no faltaban. En cualquier caso, por obtusos que fuésemos, bastantes de los que corríamos por las calles de Madrid o Barcelona aquel año sabíamos que la única ventaja política que tenía Pasionaria respecto a Franco era que había perdido la guerra, circunstancia que nos ahorraba ahora tener que manifestarnos contra su dictadura como lo hacíamos contra la del generalísimo. De ahí que, incluso hoy, nuestra "memoria histórica" sea menos hagiográfica que la de otros... Por cierto, es curioso lo poco que parece recordarse del 68 español, recital de Raimon aparte. Y sin embargo el movimiento empezó aquí en febrero, con asambleas multitudinarias y las ocupaciones de cátedras en filosofía (se tomaba el aula durante la clase para debatir sobre cultura y política), siguió hasta el verano e incluso en el nuevo curso, hasta culminar en enero del 69 -tras la muerte de Enrique Ruano a manos de la policía franquista- en el primer estado de excepción decretado por el régimen. Del eco que esos sucesos tenían en Europa da cuenta una entrevista a Cohn-Bendit (Le Magazine Littéraire, Mayo del 68): el entrevistador le dice que "si tomamos el ejemplo del movimiento estudiantil en Madrid, se ve que la diferencia -y los riesgos- son mucho más importantes que entre vosotros", cosa que Dany acepta sin remolonear.

¿Lo mejor del 68? Que hubo violencia contra las cosas, pero poca contra las personas... y nunca terror. Además, fue internacionalista: el lema más hermoso sigue siendo "todos somos judíos alemanes" y las organizaciones "sin fronteras" son deudoras de Mayo (la primera la inventa uno de aquellos activistas, Bernard Kouchner). Hubo basura, pero no la que sale de la cloaca nacionalista: eso ha venido luego. En Roma, mirando a Dany, a Adam, a Paul, a Paolo, yo no me preguntaba lo que ha hecho el 68 por la humanidad sino lo que hizo por nosotros, los que allí estuvimos. Creo que nos dio cierta libertad de espíritu y que "no moriremos idiotas" o, por lo menos, no tanto como otros. Por lo demás, cómo no recordar mis propios 21 años, fervorosos e ingenuos, luchando contra la derecha autoritaria y clerical pero llevándome a matar con la izquierda oficial. ¡Caramba, ahora que caigo: igual que hoy! Lo mío fue sin duda una vocación temprana...

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2008