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domingo, 4 de mayo de 2008
PALOS DE CIEGO

El microchip

El año pasado se publicó en España un notable alegato contra la Iglesia católica; para que se hagan una idea, empieza así: "La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoniaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala". Luego, apenas en el primer párrafo del libro, la Iglesia es acusada de detractora de la ciencia, de enemiga de la verdad, de adulteradora de la historia, de estafadora de viudas, de cazadora de herencias, de amordazar la palabra y aherrojar la libertad, de oscurantista, de embaucadora, de difamadora, de calumniadora, de represora, de corrupta, de hipócrita, de parásita, de zángana, de antisemita, de esclavista, de homofóbica, de misógina, de mentirosa, de traidora, de opresora, de pérfida, de falaz, de rapaz, de cretina, de estulta, de imbécil, de estúpida. No sigo. El libro es un improperio de 317 páginas, su autor es Fernando Vallejo, y su título, La puta de Babilonia; también es un crimen pasional: un homenaje a la Iglesia católica.

"El problema no es que no nos sintamos culpables de nada, sino que nos sentimos culpables de todo"

Hace unas semanas, la Iglesia lamentó la escasez de pecados mortales y anunció el lanzamiento de un nuevo paquete de ellos: según dictaminó el obispo Gianfranco Girotti, a partir de este momento también es pecado consumir drogas, acumular excesiva riqueza, dañar el medio ambiente, hacer experimentos genéticos dudosos, y ocasionar pobreza, injusticia y desigualdad social. Lo más llamativo de esta lista no es la naturaleza de los nuevos pecados, sino su vaguedad. ¿Qué clase de drogas no hay que consumir? ¿Las llamadas duras, las llamadas blandas?, ¿la cortisona, el somontano? ¿En qué consiste exactamente acumular excesiva riqueza? ¿Es pecado jugar a la Bonoloto, o sólo es pecado jugar a la Bonoloto si te toca y te forras? ¿Es pecado no reciclar la basura, instalar aire acondicionado? No sigo. Todo esto es muy serio; la Iglesia es la institución más seria que existe: creo que puede exigírsele algo más de precisión. Por lo demás, cabe sospechar que esa ambigüedad es deliberada: como ha señalado el propio obispo Girotti, la ampliación de la lista de pecados mortales (y, cabe suponer, su indefinición) está vinculada a la disminución del sentido de culpa y al desprestigio de la noción de pecado, lo que se ha traducido en la decadencia del sacramento de la confesión. Así pues, la operación del Vaticano está clara: se trata de aumentar el número de los pecados para aumentar el número de los pecadores y de esa forma aumentar el número de las confesiones. Es una operación razonable: salvo el de matar o el de dar la vida, no hay poder más demoledor que el poder de perdonar los pecados; la Iglesia lo ha detentado durante siglos: es insensato pensar que va a dejarlo escapar sin resistirse a ello con uñas y dientes. Lo ideal hubiese sido desde luego ampliar la lista de los pecados mortales hasta abarcar la totalidad de los actos posibles, incluido beber Pepsi-Cola y ser hincha del Hércules; la Iglesia, sin embargo, es sabia, y no ignora que de momento eso no es verosímil, y que sería contraproducente. Lo que no significa que renuncie a sus ideales. Nunca hay que renunciar a los ideales.

Todo esto es, lo repito, razonable. Ahora bien, es evidente que, al ampliar la lista de los pecados mortales, la Iglesia sólo ha tenido en cuenta a quienes nunca se sienten culpables o han perdido el sentido del pecado o del mal. Pero, ¿qué ocurre con quienes no los han perdido?, ¿qué ocurre con quienes ya se sentían culpables antes, y ahora se sentirán más culpables todavía, porque la Iglesia les ha dado todavía más motivos para sentirse culpables? No me refiero a los católicos practicantes -los católicos practicantes son unos privilegiados: ellos pueden confesarse y luego pueden volver a pecar con la conciencia tranquila-, me refiero a quienes no son católicos y han sido programados para ser católicos, y, en consecuencia, aunque no sean católicos, siguen siendo católicos: me refiero a muchos. Como cualquier persona que se haya pasado 15 años en un colegio católico, no soy católico; como cualquier persona que se haya pasado 15 años en un colegio católico, soy anticlerical; como cualquier persona que se haya pasado 15 años en un colegio católico, soy católico. No sé si me explico. Quien ha sido educado en el catolicismo es católico aunque reniegue del catolicismo, y además es culpable desde la cuna o desde antes de la cuna: en eso consiste el pecado original. El problema no es que no nos sintamos culpables de nada, sino que nos sentimos culpables de todo. De niños nos injertaron un microchip en el cuerpo y ya no hay manera de extirparlo: nos levantamos por la mañana, felices y extraños, y hasta que no encontramos un motivo para sentirnos culpables y el microchip se activa como una grapa en la garganta, no volvemos a sentirnos infelices; sólo entonces recuperamos la normalidad. Ese microchip es el instrumento más exquisito de tortura y dominación jamás inventado. Fueron ellos quienes lo injertaron, y es él quien nos está matando. No les hacemos caso, nos reímos de ellos, a veces los maldecimos, pero las maldiciones rebotan, la risa es una risa helada y todo lo que dicen se incorpora instantáneamente al microchip. Son fuertes. Carecen de compasión. Dan miedo. ¿Qué hacer? Hay quien escribe La puta de Babilonia. Pero no sirve de nada.

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