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COLUMNA

Humareda sin fin

Hay una comedia, Wag the dog, que dirigió Barry Levinson sobre un guión de Hilary Henkin y David Mamet. Aquí llegó a las pantallas con el título de La cortina de humo. La nueva oleada de demagogia a propósito del suministro de agua a la metrópoli barcelonesa aconseja urgentemente su visión para desintoxicar el ánimo, a falta de sentido común y mesura por parte de las autoridades indígenas y sus comparsas habituales. Robert de Niro y Dustin Hoffman maquinan un enredo que librará al inquilino de la Casa Blanca de los efectos devastadores de un abuso sexual. Para ello urden un montaje capaz de desviar la atención y suministrar carnaza a las masas. Será una exitosa guerra con Albania, que incluye partitura y rescate de psicópata convertido en héroe y mártir, por ese orden. Poco importa que el conflicto sea de mentira. Lo que cuenta es que el personal trague. Y aquí, traga. Esto no es Hollywood, pero la mentira y las medias verdades forman parte del código genético de la cúpula del trueno. Allá en el imperio, una guerra de ficción sirve para mostrar el cinismo de la política exterior. Aquí es todo más basto y procaz, aunque se destine igualmente al consumo interno, pues la política exterior de Camps tiene principio y fin en esa nimiedad del Comité de Regiones.

Será para amortiguar los efectos de lo que puede suponer una semana trágica para el Valencia CF -hoy frente al Getafe, el fin de semana en San Mamés-, o acaso para ocultar las sucesivas calamidades que adoquinan el día a día de Camps y los suyos, pero la guerra sobre la urgencia hídrica de Barcelona y su área metropolitana les ha caído del cielo. Ahí se ve la influencia del arzobispo y lo demás son cuentos chinos. La gestión informativa del Gobierno catalán en este trance ha sido, sin duda, desastrosa. Pero aquí, sencillamente, la información -la oficial y la paramilitar- ha sido sustituida por una nueva sobredosis de fervor patriótico e irracional, valga la redundancia. Nada tiene que ver, por supuesto, la transferencia, envío, compraventa o principio de Arquímedes entre los sobrantes tarraconenses y su destino provisional, con el imposible trasvase del Ebro hacia abajo del mapa. Ni por necesidad, destino, plazo de caducidad, coste, impacto y consecuencias. Pero Camps ya proclama que no matar de sed a los barceloneses es una humillación para los valencianos. Sobre todo, para los amantes del golf, le faltó añadir. Una humillación es la densidad de estudiantes por metro cuadrado de barracones. También la falta de medios en la sanidad pública, el abuso con la población dependiente, el estado sin bienestar de la gente mayor... o el urbanicidio que desea perpetrar en El Cabanyal Rita Barberá, alcaldesa de una ciudad donde más de la cuarta parte de su caudal hídrico se fuga por canalizaciones ruinosas. Esta guerra del agua, con su apagón informativo y la atmósfera cero reinante en una oposición cautiva y desarmada, auspiciará nuevos desmanes con todas las de la ley. La cortina de humo acaba en el último fotograma. Aquí la razón marchó sin dejar señas y la única manera de escapar a la humareda es el exilio.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de abril de 2008