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viernes, 4 de abril de 2008
Análisis:El futuro de la OTAN

El camino de De Gaulle, pero al revés

Hay que ver por qué se fue De Gaulle para saber por qué vuelve Sarkozy. El viejo general quería preservar la independencia de Francia y mantener un cierto equilibrio entre Washington y Moscú. Por eso decidió en 1966 abandonar la estructura militar de la OTAN, despedir a los soldados norteamericanos y trasladar el cuartel general, entonces localizado en París, a Bruselas. El secretario de Estado estadounidense, Dean Rusk, no pudo evitar un sarcasmo: "¿Quiere que nos llevemos también los cementerios?"

Francia no cortó las amarras y se estableció un mecanismo de coordinación para el caso de una emergencia bélica que nunca se produjo durante la guerra fría. Después de 1989 todo ha ido cambiando, hasta el punto de que su peculiar posición dentro de la OTAN le acarrea más inconvenientes que ventajas. En 1995 se reintegró en el comité militar y sólo está ausente del Comité de Planes de Defensa y del Grupo de Planes Nucleares. Pero no cuenta con ninguno de los altos mandos ni de los centenares de cuadros militares y civiles que ahora están en manos de norteamericanos, británicos y alemanes fundamentalmente. Para regresar, Sarkozy pide dos cosas: que se proporcione a Francia los mandos de alto nivel que merece y que Washington dé la luz verde a la construcción de una auténtica defensa europea, ante la que había levantado no pocas reticencias hasta ahora.

Y esto está casi hecho: Washington concibe la OTAN cada vez más como una policía antiterrorista universal, desplazando así su geografía natural desde el continente europeo hasta el resto del planeta. Nada más lógico, en consonancia, que organizar la seguridad y defensa del continente de forma autónoma. Las reticencias vienen en cambio de Londres y de Berlín. El Reino Unido rechaza cualquier cosa que refuerce la Europa política y la constitución de un comité de planificación militar de la UE así podría entenderse. Alemania ve todos estos movimientos como un nuevo atajo de Francia para seguir viajando en primera con billete de segunda, según frase mordaz de Adenauer, es decir, una revancha en perjuicio de Berlín después del cambio de equilibrios que significó la reunificación alemana.

Pero el problema más serio de la plena integración es el arma nuclear, clave de bóveda de la V República e instrumento de defensa que se identifica con la soberanía nacional y da sentido a la concentración de poder en manos del presidente. Parece claro que se abre la perspectiva, más o menos lejana, de que Francia ponga a disposición de la Alianza su arsenal nuclear. Y es difícil de imaginar que se produzca una cesión de soberanía de tal calibre sin antes obtener más sustanciosas contraprestaciones en términos de poder, hasta alcanzar en la práctica una especie de directorio de tres países, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, con capacidad de avanzar cualquier decisión por todos los otros. Los objetivos de Sarkozy para volver no están muy lejos de los de De Gaulle para irse: asegurar su propia legitimidad presidencial, preservar el protagonismo de Francia y alimentar la autoestima de los franceses.

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