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miércoles, 26 de marzo de 2008
Necrológica:

La historia misma del ballet español

El papel de Pilar López en las etapas fundacionales del ballet español del siglo XX es no sólo fundamental sino un vector estético de gran relevancia que se extiende, generaciones adelante, hasta llegar a la plenitud estilística de Antonio Gades, que reconocía en ella a su única maestra (que además le apodó artísticamente al descubrirle en un tablao madrileño y reclutarlo; estuvo con ella de 1953 a 1961) y que aparece como génesis coréutica en lo mejor de lo que podemos ver hoy.

La vida de Pilar López, también en lo artístico, estuvo siempre ligada a la memoria de su hermana, Encarnación, La Argentinita. Pilar, modesta y severa, en su tono, con memoria prodigiosa y pulso firme, mantuvo su legado, luchó por él toda la vida. En los anales del antiguo Metropolitan Opera House están las dos hermanas, queridas y admiradas, junto a Stravinski, Dalí, Ansermet y Balanchine; allí probablemente (haciendo cuatro matinés a la semana y alternándose con el aún bisoño Ballet Theatre, purificaron las líneas de lo que entendían por un gran ballet español de rango escénico mayor, sinfónico. La muerte se llevó prematuramente en 1945 a Encarnación y Pilar siguió adelante tras una pausa (verdadero luto) de un año que aún hace poco recordaba con amargura y nostalgia, con esa idea de ballet, de asunción de estilos y formas diversos. Muchos bailarines de entonces se convirtieron en puente de plata de sus criterios.

Sobreviven de las gestas de Pilar y su compañía, entre otros, Nana Lorca (que fue allí primera bailarina entre 1956 y 1960), Aurora Pons, Alberto Lorca, Alejandro Vega (con quien apareció en las memoriales fotos de Serge Lido), El Güito, Mario Maya, Paco de Alba, Alicia Díaz, Elvira Cristóbal (hija de Elvira Lucena), Pilar Parra, Alberto Portilla, y unos jóvencísimos Juan Mata y Ana González, que luego han estado en el Ballet Nacional de España desde sus albores. Precisamente, cuando Gades crea el BNE en 1978, en su primer programa cumple un destino más que una deuda moral y llama a Pilar López para que remonte El concierto de Aranjuez (era de los principios de los años cincuenta). Y hay aún esos fragmentos filmados de ella en el segundo movimiento, de negro acompañada de cuatro hombres de corto; o en el tercero, de blanco ella sola primero. Había en su baile un señorío desde la respiración, una seriedad que daba empaque.

Su visión refinadísima de lo goyesco (El pelele sobre música de Granados); su tangencial visión del andalucismo y el flamenco escénico coreografiado (Flamencos de la Trinidad); la revisión de lo ancestral (El zapateado del perchel) o su ensamblaje de lo vernáculo (Madrid flamenco), se unen prismáticamente en un estilo donde lo clásico se atempera con un rigor musical (El cojo enamorado sobre los Preludios de Claude Debussy) o La farandola de Georges Bizet.

No puede obviarse su etapa de los cuarenta a los cincuenta, cuando, sobre la estela de su hermana Encarnación, asume el mantenimiento de sus hallazgos y estilo, con toques propios, y así hace su Capricho español (Rimsky Korsakov); El sombrero de tres picos (Falla) y una delicada evocación lorquiana: La zapatera y el embozado (Leoz). También pisando honrosa y delicadamente en la huella de La Argentinita suben a escena en ese tiempo El Café de Chinitas, el Bolero (Ravel) y Pepita Jiménez. Pilar era la historia misma del ballet español.

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