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miércoles, 26 de marzo de 2008
Adiós a un genio de la escritura

Azcona deja el mundanal ruido

El guionista más grande del cine español y maestro de la ironía muere a los 81 años

A estas alturas de la película ya resulta difícil aportar algo nuevo o distinto sobre la obra de Rafael Azcona (Logroño, 1926) pues, pese a su comprobado amor por la clandestinidad, lo cierto es que en los últimos años su escrupulosa actitud de alejamiento del mundanal ruido se vio trastocada por una serie de apariciones públicas, lo que a su vez supuso abrir la veda para una profusión de comentarios y entrevistas, siempre brillantes por su parte, que acentúan la dificultad de encontrar un enfoque novedoso hacia su persona y obra. Murió el lunes a las siete de la mañana, pero sus familiares cumplieron su deseo: que no se supiera públicamente hasta que fuera incinerado, y fue incinerado ayer. Tenía 81 años. Lo tumbó un cáncer de pulmón.

Era ambiguo y sutil, sabía que en la vida predominan los grises y sepias

Dejaba de lado los grandes conceptos y buscaba la afinidad personal

Sus personajes son perdedores que asumen las reglas del juego

El excelente prólogo que escribió Josefina Aldecoa a la recopilación de tres de sus relatos largos o novelas cortas, Estrafalario (Alfaguara), en los que Azcona se reencuentra, 40 años más tarde, con algunos de sus escritos, reconstruye el momento en el que el guionista recupera su vocación primigenia y, sin duda, la más deseada: la de escritor, una vocación que siente en su pubertad y que lo estimula a dar el gran salto desde Logroño a Madrid. Hablamos de un tiempo, los muy primeros años cincuenta, y de un país en el que el autoritarismo, la represión y el encumbramiento de la mediocridad sólo podían desembocar en lo sombrío; un tiempo y un país en el que un trayecto de 400 kilómetros escasos -y más en las condiciones en que podía hacerlo Rafael Azcona, rayanas en la indigencia- podía ser una epopeya de características similares a las de quienes partían en busca del nuevo mundo. Pues bien, ese cambio lo dio guiado por su afición a la literatura, por su ansia de convertirse en escritor.

Una carbonería, un hotel en el que desempeñaba indistintamente funciones de mantenimiento de fontanería y contabilidad, tertulias interminables en cafés, pensiones de mala muerte, seductor de jóvenes que le alimentaban a base de bocadillos, horas de paseos nocturnos por la Gran Vía a la espera de que abrieran de nuevo los acogedores cafés...: los primeros tiempos de Azcona en Madrid son, probablemente sin saberlo, un manantial más que una fuente de inspiración. Allí están buena parte de sus futuros personajes, esos batallones de perdedores que sin embargo aceptan las reglas del juego social hasta límites insospechados y a los que Azcona trata siempre con ternura.

Releyendo ahora sus novelas cortas, Los muertos no se tocan, nene, El pisito y El cochecito, nos encontramos con muchos personajes ante los que tenemos la impresión de que ya los habíamos visto: pobres de solemnidad, funcionarios del último peldaño del escalafón, "chicas de servir", nobles venidos a menos, pícaros... Son los mismos o similares que irán surgiendo en los filmes de Ferreri, Berlanga y García Sánchez, entre otros. Individuos que asumen su condición de derrotados con estoicismo, miedo y educación, cualidades que se justifican por el desarrollado espíritu de supervivencia en un medio inhóspito como era el franquismo puro y duro -recordemos las mil y una piruetas vitales que hace Plácido para conseguir pagar en la tarde de Nochebuena una letra del motocarro- y que en muy escasas ocasiones son capaces de subvertir lo establecido, como en el final de El cochecito -Azcona dijo en varias ocasiones que el de ese viejecito envenenando a toda la familia es el final del que se siente más orgulloso de todos cuantos imaginó-. En definitiva, todos y cada uno de sus personajes literarios o cinematográficos son Azcona, o una parte importante de él porque, preexistentes o inventados, son lo que son gracias a su estilo y a su modo de entender el mundo: lúcido, irónico y tierno.

Cuando una buena parte de sus compañeros de generación se enfrentaban al hecho de narrar la sombría e injusta España tendían a los grandes conceptos, a las dicotomías radicales, al maniqueísmo rotundo. Azcona era más sutil, más ambiguo: aplicaba su personal lupa a las relaciones humanas y comprobaba que el blanco y el negro son colores abstractos; que en la vida predominan los grises o los sepias, o dicho con sus palabras, que los grandes dramas suelen terminar en melodramas o comedias. Y así, a bote pronto, cabe citar al personaje que interpreta Fernando Fernán-Gómez en La corte de faraón, de José Luis García Sánchez. Se trata de un falangista de viejo cuño reconvertido en constructor de éxito con todos los tópicos de un reaccionario: fascista, esposo insatisfecho de una mujer de bandera y padre de un homosexual que demuestra su poderío invitando al comisario y a los muy próximos a una paella de Riscal en la casposa comisaría. Y de esta forma, una persona que tiene todos los ingredientes para convertirse en un ser despreciable se integra perfectamente en esa historia coral de náufragos entrañables sobre los que caen las iras divinas y terrenales por el simple hecho de estrenar una opereta costumbrista y castiza que las fuerzas vivas consideran pecaminosa. En esto hay que reconocer que la actual Conferencia Episcopal mantiene la coherencia.

Pero sería injusto, por parcial, si no añadiera que Azcona fue un gran lector, que tenía una cultura literaria mucho más sólida de la que solía exhibir y que esa cultura, como la de tantos otros de su generación, y de las posteriores, es completamente personal, hecha a golpes de intuición y recomendaciones amistosas. Rafael solía comentar que el primero que le dejó un libro de Kafka -sin duda uno de sus autores preferidos, con Baroja y Dickens- fue un comandante. También es verdad que era el comandante menos militar de Madrid: Antonio Mingote, un ser providencial en la vida de Azcona pues no sólo le iba dejando los libros de la biblioteca familiar sino que lo introdujo en La Codorniz y lo animó a escribir colaboraciones y relatos. Fue el comienzo de su tránsito hacia el anhelado mundo de los profesionales de la escritura.

Integrado sólidamente en el semanario de humor, es decir, con ingresos fijos, Azcona no renunció a ese primer Madrid de los cafés y el callejeo, pero ahora con nuevas amistades y algo más de dinero. Era el tiempo de las tertulias con los Aldecoa, con Ferlosio y Carmiña, con Jesús Fernández Santos y Eusebio García Luengo, las noches de El Comercial con la farándula teatrera, el Sésamo de Tomás Cruz, más el añadido de los de La Codorniz: Tono, en primer y respetadísimo lugar; Quique Herreros padre; Álvaro de la Iglesia; Edgar Neville; el siempre alabado Mingote, en fin, las gentes que sobrevivían mal que bien con el esfuerzo de su creatividad y talento.

La simple enumeración de sus amistades y contertulios aporta también bastante información sobre Azcona: la variedad de gentes, de actitudes políticas y vitales que frecuentaba nos remite a un aprecio básicamente personal. Los criterios de selección no se basaban en los planos ideológicos o teóricos aunque, naturalmente, debían de cumplir unos irrenunciables mínimos en cuanto a dignidad y honradez. Una vez más deja de lado los grandes conceptos y busca la afinidad personal. Es una actitud coherente y que durante bastante tiempo no resultó fácil, pues no olvidemos que la izquierda más militante mantuvo unos criterios inflexibles y sectarios sobre todo aquello que no comulgaba con sus mismas ruedas de molino.

Se ha citado el miedo como uno de los componentes esenciales del instinto de supervivencia. Los cobardes, según una inteligente opinión de Manuel Vicent, resultan imprescindibles para perpetuar la especie. Las cucarachas que al encenderse la luz de la cocina se meten debajo de la nevera o los soldados que desfilan autosatisfechos tras la victoria son los que conseguirán que la especie continúe. Por el contrario, las cucarachas que se enfrentan al inquilino del piso o los soldados que abren sus pechos a las balas enemigas resultan biológicamente inútiles. Si el miedo y la cobardía cumplen un requisito fundamental para sus congéneres, el humor es, probablemente, esencial para el propio individuo, para su salud mental. Alguien que vino de Logroño, que no tenía ni para comer, que se pasaba las horas muertas en un café sin poder consumir, que su primer abrigo se lo hizo en las madrugadas de las aceras de la Gran Vía madrileña y al que le pusieron una multa de cinco pesetas, que no tenía, por agradecerle a una chica en el Retiro el bocadillo que le acababa de bajar, tenía pocas opciones vitales: poner bombas o reírse de todo y de todos, incluido de él mismo. No hace falta explicar cuál de las dos opciones eligió Azcona.

La ventaja de quien poseía un talento como el de él es que cuando elegía una vía la desarrollaba hasta las últimas consecuencias. En los relatos y en los filmes de Azcona no se salvaba ni Dios: los notarios, las señoras de los lavabos, el del motocarro, el verdugo, su hija y su yerno, el turismo, la paella, los curas integristas, las monjas, los enamorados, los pajilleros, los marqueses, los financieros, los militares, el servicio doméstico, los comilones, los hambrientos, los nacionales, los extranjeros, los vivos y los muertos. No salvaba a nadie pero tampoco condenaba a nadie pues su escepticismo y su ironía se inscribían siempre dentro de la bonhomía y la ternura. Rafael Azcona vio todas las caras posibles de la vida y conoció suficientemente bien la condición humana como para despreciar cualquier tipo de fundamentalismo. Ésa fue, sin duda, su grandeza.

Una brillante trayectoria

- 1951. Rafael Azcona se instala con 25 años en Madrid, donde empieza a colaborar en la revista

La Codorniz.

- 1958. Con su primer guión, basado en su novela El pisito, que dirigió Marco Ferreri, alcanza enorme popularidad.- 1961. Plácido supone el inicio de su colaboración, plagada de éxitos, con Luis García Berlanga.- 1963. Es el año en el que firma El verdugo, su guión quizás más emblemático que se convierte en una referencia en la historia del cine español.- 1982. Premio Nacional de Cinematografía.- 1986. Escribe el guión de El año de las luces, dirigido por Fernando Trueba, y al año siguiente firma. El bosque animado, José Luis Cuerda, con el que obtiene el Goya al mejor guión original.- 1990. Recibe otro Goya por el guión adaptado de Ay, Carmela, de Carlos Saura.- 1992. Con Belle époque, de Fernando Trueba, consigue otro cabezón. El filme logró el Oscar al mejor filme en lengua no inglesa. Al año siguiente obtiene un Goya por Tirano Banderas, de José Luis García Sánchez.- 1997. Goya honorífico a su carrera.- 1999. Firma el guión La lengua de las

mariposas, de José Luis Cuerda, nuevo Goya y se recupera su libro Estrafalario.- 2007. Se rueda su guión Los girasoles

ciegos, de José Luis Cuerda.

La característica media sonrisa de Rafael Azcona, en una fotografía tomada en 2006. / RICARDO GUTIÉRREZ

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