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sábado, 15 de marzo de 2008
Crónica:LA CRÓNICA

Las comidillas

El clima en esta ciudad es tan suave, que a la hora de almorzar en vez de tomarse un somero y melancólico tentempié en la misma oficina, mirando la lluvia en la ventana y el cielo gris, como suelen hacer en las ciudades del norte, la gente sale alegremente con los colegas a almorzar a cualquier restaurante o bareto de menú económico. Con más motivo ahora que ya se huele la primavera. En las apretadas mesas de este restaurante llamado Barcelona la conversación gira en torno a tres temas fundamentales. El primero, el fútbol; luego, no puede faltar nunca la anécdota de cómo el jefe de tu oficina vino esta mañana a apretarte las tuercas, pero tú, en vez de escucharle con temor y sumisión, le respondiste con aplomo, le demostraste a ese gilipollas que tú tenías razón y él estaba equivocado, y le dejaste con la palabra en la boca. ¡A juzgar por los relatos del almuerzo, son tan comunes los casos de jefes idiotas y fastidiosos, dialécticamente derrotados e incluso humillados por sus elocuentes subalternos, que es asombroso que el sistema no se haya colapsado!

Una vez reforzada la autoestima de los comensales con esta paliza imaginaria asestada al superior jerárquico, el grupo ya puede pasar directamente a criticar a cualquiera que cumpla dos sencillos requisitos, a saber: estar ausente y ser conocido por todos los comensales. De ahí esa acepción de la palabra comidilla como murmuración, según el ejemplo del diccionario de la RAE: "La conducta de Fulana es la comidilla de la vecindad". Como en esto no se toman prisioneros y se dispara en todas direcciones, a menudo uno de los desolladores se encuentra con la desagradable sorpresa de que la tomen con un amigo. ¿Qué debe hacer entonces? ¿Cómo frenar la parlote?

El detente bala de las comidillas maliciosas, de los cotilleos y desollamientos del prójimo ausente, no es la declaración, a la que los insensatos recurren, de que el aludido es "muy amigo" suyo: "No os metáis con él, que es muy amigo mío". Lo único que conseguirás con ese tipo de defensa es que la radiación negativa que afecta a tu amigo te contamine a ti también. Es probable que el rencor y la hostilidad de la muta ahora converja en ti, pues estás frustrando su goce, su comunión caníbal, y además les ofendes al hacerles conscientes de su villanía. Por ello, es probable que las agresiones a tu amigo redoblen, aunque más matizadas, y no te quedará más remedio que ponerte firme en su defensa (lo que es muy digno, pero te convierte en aguafiestas y probable víctima de futuras comidillas) o, si quieres recuperar la armonía con la muta (al fin y al cabo, el agredido no está presente, no sufre), admitir que algo de razón tiene el o los agresores; que sí, que el amigo tiene a veces esas cosas... esos aspectos criticables. Y a partir de ahí, no dejarán de él ni los huesos.

No, la única defensa operativa es espetarle al agresor el siguiente sintagma: "¡Ah!, pues él habla muy bien de ti". Si las circunstancias lo aconsejan, se admite también la variante: "¡Ah!, pues él a ti te quiere mucho".

En puridad, esto no es sólo una defensa, sino un contraataque en toda regla que lleva el asunto a resolverse en el mismo terreno del agresor. "¡Él a ti te quiere mucho!". Ante un contraataque de esta modalidad, el agresor se queda desestabilizado, torpe cual boxeador sonado, en flagrante evidencia de ruindad. Pues mientras que el ausente se muestra ingenuo y afectuoso, él le ha estado apuñalando por la espalda, y la simultaneidad de actitudes tan contrarias no hace sino subrayar la naturaleza traicionera de su discurso e incluso de su personalidad.

Ahora la muta volverá su mirada escrutadora hacia él, pidiéndole tácitamente cuentas de su villanía. La manera única que tendrá de salir de ese atolladero es retroceder: "No, si yo también le aprecio, si me cae muy bien, pero...". Se defenderá atropelladamente, cada palabra que diga llevará plomo en las alas. Para rematarle, sólo tendrás que agregar: "El otro día, fíjate, me dijo que eres muy buena persona...".

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