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domingo, 9 de marzo de 2008
PEKÍN 2008 | Faltan 151 días para los Juegos

El sablista estresado

Jorge Pina, campeón europeo de esgrima, trabaja en Endesa y ha perdido cuatro kilos desde enero por la preparación olímpica

"¿Qué sufrimiento es éste? ¿Qué hago yo aquí? ¿Es esto masoquismo?". Jorge Pina, campeón de Europa de sable, vive encorsetado por su viajar continuo, su entrenarse sin descanso y su trabajar sin pausa. Tiene 31 años, el título de ingeniero de minas y una beca en Endesa. Su calendario de pruebas le ha dejado dos fines de semana libres desde que empezó el año. Y su éxito, el convencimiento de que "la indiferencia" es la clave del sable.

Sudoroso tras un día de trabajo y entrenamientos que ha empezado a las siete de la mañana, Pina se sienta ante una mesa en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid y se lanza la pregunta: "¿Es esto masoquismo?". La contestación llega con forma de anécdota: "No. Soy optimista. No siento la presión. Voy a competir y 15 minutos antes me echo a dormir en una camilla. En Estambul intentaron sacarme sobado en mitad de la competición. Yo habría hecho lo mismo".

"No siento la presión. Quince minutos antes de competir, me echo a dormir en una camilla"

Tras probar el yudo y la natación, eligió esgrima pensando que se libraría del deporte

La voz de Pina afirma lo que su cuerpo desmiente. Lleva la cara golpeada por las marcas del cansancio. Ha perdido cuatro kilos desde enero. Y el ritmo de su vida, hoy Asia, mañana Europa del Este, es frenético. "Perdí peso por la clasificación olímpica, por lo que estaba arriesgando. Soy un becario muy viejo y me doy cuenta de que seguramente estoy sacrificando parte de mi vida profesional por el sueño de una medalla olímpica. El estrés de las dudas sobre la clasificación, unido a la vida que llevo, han hecho muy duros estos meses".

¿Y qué vida lleva? "Me levanto a las siete. Pienso '¡qué pronto es!' y voy a Endesa. Trabajo de ocho a dos y como allí hasta las tres. Sigo trabajando hasta las cinco y vengo a entrenarme hasta las nueve. Luego, ceno y me acuesto. No son muchas cosas. Soy feliz, pero se hace muy largo. Es una vida intensa. La clasificación olímpica son 16 viajes en ocho meses, una paliza. Y acabas harto. Lo que te cansa es no tener vida, la locura de llegar a Madrid y ver a la gente corriendo porque llevas sin verla 15 días. No disfrutas: saludas y te vas. Si no quedas, te quedas sin amigos".

Pina tuvo una infancia libre de piratas. No hubo inspiración, un momento mágico que le llevara a coger el sable. En realidad, todo fue cosa de un padre terco y del miedo a que le rompieran la cara. "Mi padre tenía interés en que hiciera deporte", recuerda. "No llegaba a ser empollón, pero lo rozaba. Era torpe. Tenía algún problema de coordinación. Era cinturón marrón en yudo a base de recibir leches porque no era bueno. Y tampoco nadaba muy bien. Aquello era un agobio", continúa; "conseguí quitármelos de en medio. Mi padre me dijo: 'Pues, entonces, elige otro'. Dije tiro con arco o esgrima pensando 'esto no existe cerca de casa'. Y mi padre me encontró un sitio. No me quedó otra que aguantar ahí".

Destacó inmediatamente. A la semana de entrenarse, ya tenía maestro. Empezó la rueda de repeticiones continuas, gestos marcados y ejercicios frente al espejo. Empezó el trabajo para moldear al mejor sablista que ha dado España. "Diez años mínimo para hacer algo", dice Sandor Tabor, su maestro húngaro. Y construyó su mundo de sensaciones, único y opuesto al lugar común de la esgrima explicada como ajedrez físico. "Ésa es la esgrima que hacen los mediocres, que intentan intuir lo que va a hacer el otro", dice sonriente. "Un tirador muy bueno lo hace él o reacciona, sin intentar adivinar, viéndolo. Tomando sus decisiones. El tirador más mediocre no tiene la técnica ni la velocidad para reaccionar. Yo, cuando tiro bien, no pienso en lo que voy a hacer. Y lo que ocurre después es lo que yo he visto", añade; "estás ahí dentro de la careta, sudando, y sientes, aunque haya mucha gente, mucha soledad. Buscas la sensación de que eres capaz de reaccionar. Y, cuando no lo logras, hay que hacer tocados y mantenerte vivo esperando a que esas sensaciones lleguen".

"Se adelanta", dice Tabor, que le deja saltarse entrenamientos sin aviso previo "porque en esto la cabeza trabaja mucho".

"Ya sabe qué va a hacer el otro. Es su mejor arma", le define el húngaro; "es muy inteligente. Tiene un sentido del tiempo excepcional. Y con eso ya se puede ganar. Se mete conmigo en broma, porque es muy bromista, y me dice 'si tuviera un buen maestro'... Pero esto es como levantarse y ducharse. Hay que hacerlo todos los días".

Dicen que Stanislaw Pozdniakov, el Zar, se presenta con una tarjeta de negocios en la que se lee: "pentacampeón olímpico". Pina, que se niega a tener miedo -"si me pongo en guardia pensando que fracaso si pierdo, fracaso seguro"-, no tiene tarjeta. Si la tuviera, dice, pondría ingeniero de minas.

"La esgrima es una cosa superpequeña", razona; "es asfixiante. Todo esgrima, nada más que esgrima, me parece un círculo muy cerrado. No es por ganarte la vida mejor o peor, sino porque cuantas más cosas sabes más puedes disfrutar. En Endesa aprendo todos los días y tengo una vida. Eso lo pagas duro. Tienes que ser muy bueno. Los que no lo son no pueden estudiar. Les echan. Está mal que lo diga yo, pero tienes que ser especial".

Jorge Pina

- Nació en Madrid el 26 de enero de 1977.- Campeón de Europa de sable en 2007.- Participó en los Juegos Olímpicos de Sidney 2000, en los que acabó en la 21ª posición. No acudió a los de Atenas 2004.- Para asegurarse la clasificación olímpica ha hecho 16 viajes en 8 meses.- Es ingeniero de minas.

Jorge Pina. / JOSÉ S. GUTIÉRREZ

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