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sábado, 8 de marzo de 2008
Crítica:MÚSICA

Así es la vida

BEGOÑA BARRENA 8 MAR 2008

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La otra cara de Isabella's Room, el anterior montaje de Jan Lauwers y su Needcompany que pudimos ver en el mismo escenario en 2005, o su lado oscuro y reflexivo: The lobster shop es la segunda parte de una trilogía que se completará con The deer house. Si en el primero Lauwers y los suyos repasaban festivamente la historia del siglo XX a partir de los recuerdos del padre de Lauwers presentes en escena, y a través de la figura de Isabella Morandi, el que nos ocupa -y cómo, porque llega hasta el alma- nos sitúa de lleno en el XXI: superados los tiempos del sexo, las drogas y el rock & roll, ya sólo queda la violencia para paliar el aburrimiento, el gran mal de nuestros días. Ésta viene a ser la tesis de The lobster shop o, al menos, una de las muchas ideas que Lauwers lanza al público para que éste lo digiera como pueda; eso sí, asistido por la belleza de las imágenes, por el humor de los textos, por el atractivo de los intérpretes.

THE LOBSTER SHOP

Creación y dirección Jan Lauwers-Needcompany. Intérpretes: Hans Peter Dahl, Grace Ellen Barkey, Tijen Lawton, Anneke Bonnema, Benoît Gob, Inge Van Bruystegem, Julien Faure, Maarten Seghers. Vestuario: Lot Lemm. Teatre Lliure. Barcelona, 6 de marzo.

Axel y Theresa pierden a su hijo Jeff. Él se refugia en su psiquiatra y en una meticulosa rutina diaria que un día se ve alterada por la salsa de la langosta (lobster) que un camarero vierte accidentalmente sobre su elegante traje blanco y todo se le viene abajo. Con este punto de partida, Lauwers construye una narración delirante y turbadora que nos llega a retazos y en la que los recuerdos y los anhelos se confunden y se solapan. La exaltación y la Playstation 2 (el montaje es de 2006) parecen ganar la partida a la tristeza al inicio del espectáculo pero, poco a poco, ésta acaba imponiéndose ante la futilidad de todo intento por sobreponerse al dolor, como es la creación de un clon (Axel es genetista) con el que se pretende sustituir al hijo fallecido. El argumento puede sonar un tanto extravagante. Lo es, extravagante y fantasioso, pero no caprichoso ni gratuito porque el conjunto cobra sentido con las acciones paralelas al texto: con la danza periférica, a veces apática, otras, estremecedoramente impetuosa; con las canciones habladas que suenan algo inacabadas; con las imágenes proyectadas y que componen un paisaje insufriblemente deshumanizado y triste, pero también bello. Así es la vida y Lauwers la plasma muy bien.

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