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Análisis:Ahmadineyad en Bagdad

Aceptemos el desafío

Mahmud Ahmadineyad está de visita oficial en Bagdad. Teherán quiere ser protagonista central de cualquier perspectiva de salida de la crisis iraquí, y Washing-ton se ve obligado a admitir ese papel. Hace nada, la Casa Blanca tenía sobre el tapete la opción de un ataque estadounidense contra las instalaciones nucleares iraníes; el presidente de la República Islámica era un paria, con el que Occidente no quería tener nada que ver por su llamamiento a "borrar Israel del mapa", como recordó recientemente Nicolas Sarkozy en la cena del Consejo Representante de las Instituciones Judías de Francia. Hoy, se le recibe con todos los honores en un Irak que es un protectorado de Estados Unidos y lleva a cabo su gran regreso como superpotencia regional del golfo Pérsico.

Ahmadineyad confía negociar por un alto precio con McCain, Obama o Clinton

¿Ha ido George Bush a Canosa al dejar que se reciba en un país en el que hay 160.000 soldados estadounidenses al mascarón de proa del Eje del mal? ¿El triunfo de Ahmadineyad es tan importante como proclaman sus defensores? Al margen de la paradoja, la realidad es más compleja y se inscribe en el proceso de apertura de un sistema de negociaciones globales en Oriente Próximo, que aborde hasta el final el tema nuclear, la crisis de Líbano y Siria y el enfrentamiento palestino-israelí. Europa debería ser consciente de ello y dejar claro su papel, si es que desea tener algún peso en un futuro de paz para la gran región Europa-Mediterráneo-Golfo que será su espacio natural en el planeta globalizado del siglo XXI, entre la espada estadounidense y la pared asiática.

La visita de Ahmadineyad sella la influencia decisiva de Teherán sobre las diversas milicias iraquíes que, al pasar a la ofensiva contra los suníes y Al Qaeda en 2006, desencadenaron prácticamente una guerra civil. Las tribus y facciones suníes, excluidas del futuro político y económico iraquí, desposeídas de las rentas del petróleo -confiscadas por chiíes y kurdos en virtud de la nueva constitución-, instrumentalizaron al jefe de Al Qaeda en Mesopotamia, el jeque de los degolladores, Zarqaui, para emprender una yihad sanguinaria contra sus compatriotas chiíes, víctimas por excelencia de los atentados suicidas. Aunque se suponía que su objetivo eran solamente las tropas extranjeras infieles, lo cierto es que multiplicaron las matanzas de civiles iraquíes heréticos.

Después de dejar que se instalara el caos, que constituyó una enorme presión para el Ejército y los dirigentes estadounidenses, Teherán instó a sus protegidos chiíes en Irak a establecer una tregua: de ahí, en gran parte, el descenso de la violencia en 2007. Si Irak ha abandonado provisionalmente la primera plana de The New York Times durante este periodo electoral, lo cual ha permitido a republicanos y demócratas que discutan por las hipotecas de alto riesgo y la cobertura social, es gracias a la República Islámica, más que al refuerzo por el que Bush envió 30.000 soldados más a principios de 2007.

Ahora bien, con ese paso, Irán se ha introducido en la campaña presidencial estadounidense, tal como hizo Jomeini con la crisis de los rehenes de la Embajada norteamericana durante los años 1979-1980, cuando contribuyó a la derrota de Carter y la elección de Reagan. Ahmadineyad confía, como su mentor, en negociar por un alto precio con McCain, Obama o Hillary Clinton.

Sin embargo, el presidente iraní, que llegó ayer a Bagdad, no tiene una situación mejor dentro de sus propias fronteras que su colega George W. Bush. La política de enfrentamiento -al menos verbal- con EE UU, Israel y Occidente se ha traducido en el empobrecimiento del país debido a las sanciones económicas y financieras, a pesar del alza extraordinaria de los precios de los hidrocarburos, que no reporta ningún beneficio a los ciudadanos iraníes, a diferencia de sus vecinos árabes del Consejo de Cooperación del Golfo. La generación Pasdaran -Ejército y milicias de los Guardianes de la Revolución- a la que representa está en conflicto con un clero asustado por su carácter aventurero y con las clases medias iraníes, que viven en sintonía con Occidente gracias a las parabólicas y no entienden por qué se les impide el acceso a la prosperidad cuando los precios del crudo sobrepasan los 100 dólares por barril. Ante esta alianza que amenaza con hacerle perder las elecciones legislativas del 14 de marzo, Ahmadineyad cuenta con que esta visita le permita adquirir una categoría de jefe de Estado con reconocimiento internacional. Pero cualquier negociación y cualquier esbozo de diálogo con Occidente serán de provecho, ante todo, para los reformistas, y ése es el dilema del presidente iraní. Lo paradójico es que su fuerza procede del bloqueo que ejerce en varias situaciones: sobre las elecciones presidenciales libanesas a través de Hezbolá, sobre el reconocimiento de Israel, etcétera. Empezar a negociar puede suponer para él, ante sus adversarios interiores, el beso de la muerte.

La política del Gobierno de Bush, la guerra contra el terror que iba a reorganizar Oriente Próximo bajo la batuta de Estados Unidos, ha fracasado en el marasmo iraquí; la apoteosis islamista prometida por Bin Laden, Zawahiri y compañía, gracias a la yihad y el martirio, no ha conseguido movilizar a las masas árabes, y el Estado islámico de Irak en embrión que Al Qaeda ha instaurado en las provincias suníes va camino de ser un aborto, sin ningún elemento de realidad más que en Internet. El enemigo común de Bush y Bin Laden, el Irán chií y revolucionario, está hoy en condiciones de negociar. La presidencia estadounidense, deslegitimada por su fracaso y desfavorecida por la incertidumbre electoral, no puede recoger el guante; por consiguiente, es Europa la que debe mostrar el camino, en colaboración con los Estados árabes del Consejo de Cooperación del Golfo, un órgano creado en 1981 contra Irán pero que acogió a Ahmadineyad en su última cumbre, celebrada en Qatar. Este desafío -que es un desafío de civilización- será una de las principales tareas de la presidencia francesa de la UE: es preciso que calculemos lo que está en juego y manifestemos la voluntad política necesaria.

Gilles Kepel es profesor del Instituto de Estudios Políticos de París, cátedra de Oriente Próximo-Mediterráneo, y acaba de publicar Terreur et martyre: Relever le défi de civilisation, en la editorial Flammarion. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2008