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domingo, 13 de enero de 2008
MANERAS DE VIVIR

La manía de comerse a uno mismo

Me cuentan que existe un trastorno de comportamiento que consiste en arrancarse e incluso comerse la cabellera. Se llama tricotilomanía. Todos hemos visto, en el colegio, a chicos y chicas que se chupaban golosamente un mechón de pelo, o que se distraían enrollando unos cuantos cabellos en el dedo y dando tironcitos. Parecía una cosa bastante normal, esto es, una más de esas anormalidades tan comunes, una manía tan corriente como morderse las uñas, pero ahora resulta que ese tic tiene un nombre impresionante y es una enfermedad. Por lo visto la tricotilomanía suele empezar o bien en la niñez, entre los tres y los seis años, o bien justo antes de la pubertad, entre los diez y los trece años, y se desconoce cuál puede ser la causa que lo origina: ¿influye el estrés, la alimentación, la genética? Un tercio de los tricos padece depresión, pero esto quizá sea una mera consecuencia del destrozo que pueden llegar a producirse. Las personas gravemente afectadas por este mal llenan sus cabezas de calvas y costras, y se ven tan horribles que a menudo no se atreven a salir de casa. Además, uno de cada cinco tricos se come el pelo que se arranca; este comportamiento se llama tricofagia y puede terminar siendo muy peligroso, porque el cabello forma pelotas en el estómago y hay que operar para sacarlas.

"Tenemos la sensación de que hay algo que no termina de funcionarnos por dentro"

Qué asombrosamente raros somos los seres humanos. De entrada, se diría que padecemos una incomprensible tendencia a la autofagia. No sólo podemos zamparnos la cabellera, sino también las uñas, los pellejos de los dedos, la carnecilla blanda del interior de las mejillas, los mocos, las esquirlas resecas de la piel de los labios. E incluso nos comemos nuestros propios estómagos a golpe de úlcera. Esa necesidad que parecemos sentir de devorarnos a nosotros mismos resulta muy turbadora y debe de tener algún significado. Es algo que forma parte de las grandes metáforas de la carne, un mensaje cifrado de este cuerpo nuestro, que es un poeta que duele y que mata.

Puede que, como decía Arthur Koestler, los humanos seamos animales enfermos, y que todas estas manías perniciosas surjan de ahí. Nuestro antiguo cerebro reptiliano, explica Koestler, no ha evolucionado hacia un cerebro más moderno, sino que ha quedado intacto y ha sido rodeado por el nuevo cerebro. Y lo malo es que, según este ensayista, ambos cerebros están mal encajados y mal ensamblados. Ésa sería la causa de nuestra patología esencial, de nuestra enfermedad inevitable, de una esquizofrenia orgánica penosa. Ignoro si Koestler está en lo cierto, pero sus palabras suenan sensatas: creo que todos los humanos tenemos la sensación de que hay algo que no termina de funcionarnos por ahí dentro. El sadismo y el retorcimiento de nuestra especie no tiene parangón: somos mucho más feroces que las llamadas fieras. Y también somos mucho más neuróticos. Sólo los animales cercanos al ser humano, los domesticados y los aprisionados en circos o zoos, muestran comportamientos tan chiflados. Los perros también pueden mordisquearse neuróticamente un fragmento de piel hasta hacerse una llaga. Y los tigres encerrados en pequeñas jaulas pueden restregarse el lomo contra los barrotes hasta pelarse el pellejo. Es como si les contagiáramos nuestro delirio.

Yo también pertenezco al sector caníbal, porque desde siempre me he mordisqueado con fruición los pellejos de los dedos. Me pregunto si algún día me enteraré de que ese tic tiene un nombre tan rimbombante como la tricotilomanía. En los países desarrollados hay una tendencia a nombrarlo todo y a ver síndromes por todas partes, cosa que revela una nefasta tendencia a la patologización de la sociedad, pero que en ocasiones puede ser muy consolador para los afectados. El chico o la chica que no se atreve a salir de casa porque se ha arrancado media cabellera y se considera un monstruo, sin duda se sentirá aliviado al saber que no es ni mucho menos único en lo que hace. Y tal vez poniendo palabras a nuestras rarezas acabemos sabiendo algo más sobre nuestro oscuro y atormentado interior, sobre ese desasosiego esencial que nos impulsa, entre otras cosas, a devorarnos.

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