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Reportaje:

Freno al paraíso de los patines

Los 'skaters' dicen que sufren acoso policial por la ordenanza de civismo

"No voy a dejar de patinar porque digan que soy incívico, ni porque me metan en el mismo saco que a las prostitutas, ladrones y grafiteros. Patino desde niño. Es una forma de vida". Juan La Torre, de 32 años, hace tiempo que ya no patina en la plaza del Macba, el paraíso mundial de los skaters. "Paso de ir y que la Guardia Urbana me quite el patín y me multe con 300 euros", dice este hombre, encargado de una tienda de skaters y que expresa el sentir de un colectivo que integra a cientos de personas que no tiene tan fácil desplazarse sobre una tabla con ruedas desde que la ordenanza del civismo entró en vigor, en 2006.

El Ayuntamiento no ofrece datos de 2005, pero niega el acoso: dice que en 2006 impuso a los skaters 188 denuncias y hasta septiembre de este año, 186. Los agentes primero avisan de que no deben poner en peligro a otras personas ni dañar el mobiliario urbano y el segundo paso es multar. Si la infracción es leve, la sanción puede ascender a 750 euros y si es grave, a 1.500. Si no se paga de forma inmediata, el patín se suele requisar. Y como el importe acostumbra ser más alto que el precio de una plancha, el resultado es que el almacén de la Guardia Urbana, junto a latas de cervezas o ropa requisada, debe de estar lleno de patines que acaban destruidos.

"Aún deberíamos ser más inflexibles", dice la concejal de la Vía Pública

La Torre advierte que jamás se le ha ocurrido patinar de noche porque sabe que el ruido molesta, y Adrián Villar, de 21 años, un rasta que dejó Betanzos atraído por la fama de Barcelona, asegura que nunca ha lesionado a nadie. "Tenemos siete veces más reflejos que los conductores", dice. Pero no todo el mundo se siente tan a disgusto con la ordenanza. Antes era arriesgado cruzar la plaza del Macba, y a veces aún ahora, sin ser alcanzado por un patín despedido desde el banco del museo a toda velocidad, a una altura ideal para proyectarse sobre la cabeza de un niño. O de cualquier tobillo. "Yo ya no paso por allí con mi hijo", dice, harta, Mónica, de 41 años, vecina del barrio. Los trucos, las cabriolas con patines en el léxico skater, no gozan precisamente de buena fama entre los vecinos, hartos de sortear peligrosas carreras de obstáculos. Son mundos irreconciliables. "En cualquier colectivo hay de todo, pero las lesiones son casos aislados", insiste La Torre, coeditor de la Revista Uno, dedicada a los skaters. Subraya que el Macba no es un caso único: dice que también en Praga se puede patinar en el centro y en París hasta en los pies de la Torre Eiffel. Portavoces del Macba aclaran que no han pedido firmeza en la aplicación de la ordenanza y se remiten a un pacto no escrito con los skaters, que acuden a ella cuando el museo cierra (a partir de las 19.00 horas) o cuando no abre (martes y domingo). Una patrulla vigila su cumplimiento.

"El problema es que hay abusos. Julián Furones, patinador profesional, salió de un urinario público de la plaza y cruzó la calle dels Àngels patinando. Fue el día 11. Le multaron con 90 euros. Se llevaron el patín. "Barcelona pierde fama", explica Julián, que abandonó Bélgica y el periodismo para afincarse en Barcelona. Las anécdotas son infinitas: los 1.200 euros de multa a un portugués en el Portal de l'Àngel o la sanción a dos brasileñas en el Paralelo, junto a las Tres Chimeneas, en una zona sin vecinos. "¿Te quitan el coche por una infracción de tráfico?", se pregunta un joven que dice que va con patines hasta para comprar el pan. Y Fran añade que en cualquier plaza de Holanda y Francia se patina ahora mejor que en Barcelona. La Guardia Urbana niega los abusos, alude a la peligrosidad y se remite al sentido común: "Un patinador vale, pero ¿qué hacemos si hay 100?". Assumpta Escarp, concejal de Vía Pública y del Eixample, es contundente: "A veces me enfado con los guardias por no ser más inflexibles. Recibo muchas quejas de vecinos de la plaza de la Universitat. No son los skaters el colectivo más perjudicado por la ordenanza".

Los Ángeles fue la cuna de este tipo de patín y el testigo lo recogió Barcelona gracias a su clima y sus plazas duras. Esta ciudad es para los turistas Gaudí y el Gòtic, pero también sinónimo de skater, definido por sus practicantes como un arte, una filosofía de vida y un deporte al que comparan con el alpinismo porque pone a prueba sus límites. Barcelona aparece en el 50% de los vídeos de la Red y, como dice Joan Ignasi, de 31 años, un albañil, está muriendo de éxito como le pasó a Los Ángeles. "Ha venido demasiada gente", lamenta. La Torre quiere alternativas: "Puedo aceptar no ir al Macba, pero he intentado 20 veces hablar con el Ayuntamiento y ni caso. No podemos circular si no es a un metro y medio de un peatón ni patinar en el Macba, en la plaza dels Països Catalans, en el Paralelo o en Torres i Bages. Deben buscarnos un sitio. La fiebre bajará, pero se seguirá patinando".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de diciembre de 2007