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Reportaje:

El sueño gallego de una aldea inca

Alumnos y profesores de O Bolo y Bolivia levantarán un centro de FP en los Andes

El instituto de enseñanza secundaria de Bermejo, en la selva de Bolivia, es un cuchitril de cuatro metros cuadrados y sin luz eléctrica en el que todo niño de la aldea sueña con estudiar. Como en esa superficie sólo caben los matriculados en el primer curso, el resto de los 42 estudiantes reciben clase por la tarde sentados en los diminutos bancos del colegio de primaria. Entre ellos hay una muchacha embarazada y madre de dos niños. Mientras hacen equilibrios en sus asientos, imaginan cómo sería su futuro en un nuevo edificio. "La mayoría quieren ser profesores y siempre dicen. 'Yo disfrutaré el nuevo colegio dando clase", relataba ayer en Santiago Fernando Medina, uno de los chicos.

Los chavales de Bermejo estudian en un cuchitril y sin luz

La aldea pondrá la mano de obra. La instalación eléctrica llegará de Ourense

Ese centro tan soñado es hoy un poco más real. La Consellería de Educación y la Dirección Xeral de Cooperación Exterior se comprometieron ayer a aportar parte de los 120.000 euros que cuesta construir el inmueble, en el que se impartirán también estudios de formación profesional para que los vecinos de Bermejo puedan aprender un oficio sin tener que salir de este enclave de los Andes. La promesa se la hizo la conselleira a una delegación enviada por la aldea a San Caetano. "Os ayudaremos en lo que podamos. También en materiales, libros... y hasta algún ordenador", les comunicó Laura Sánchez Piñón. La autora del proyecto y del asequible presupuesto, la arquitecta andina Katherina Rojas, reventó la frialdad administrativa y rompió a llorar. No aspiraban a una computadora, pero no estará de más. En abril la electricidad llegará por vez primera a Bermejo.

La idea de levantar un instituto en la selva de Bolivia contó con el apoyo del IES Carlos Casares de Viana do Bolo (Ourense), que hace unos meses recibió un premio nacional por su plan para resolver conflictos en el aula. El director del centro, Luis Fernández, se quedó impresionado cuando conoció en un viaje a los Andes los planes de este pueblo para progresar. "Esta experiencia nos viene bien para educar en valores a los chavales de Viana. Es como se aprende a ser cooperante", explica. Hace unos meses, los 650 habitantes de la aldea celebraron un festival para recaudar fondos y mandar una comisión a Galicia. El gobierno de este lejano país había aceptado recibirles.

El ajustado presupuesto para ejecutar la obra tiene una explicación. Todo el pueblo de Bermejo se ha volcado en el proyecto. Colaborarán como mano de obra y acopiarán arcilla. El padre de un estudiante de Viana se ha ofrecido para montarles la instalación eléctrica. "Es un trabajo de la comunidad entera, no es un sueño de nadie en exclusivo", explica Katherina Rojas.

El instituto de Bermejo ha nacido de la nada. O quizás del todo. Arcil Arroyo se pasó todo el año 2005 recorriendo 40 kilómetros dos días a la semana para impartir clases gratuitas a los muchachos de la aldea, ávidos de saber. Estrenó aquel cuchitril de cuatro metros cuadrados, que él y sus pupilos decoraron con los cuadros y manteles que trajeron de sus casas.

El centro es la llave para que los jóvenes de la montaña boliviana puedan labrarse un futuro sin tener que emigrar. Formará a los muchachos en turismo, una de las salidas en las que confía la comunidad de la aldea. Bermejo está enclavado entre 250 especies distintas de orquídeas, un paraje natural salpicado de retos arqueológicos de los incas. "Tenemos un patrimonio natural espectacular", subraya Fernando Medina, uno de los estudiantes de secundaria.

Este boliviano de 23 años tuvo que dejar de estudiar con 14 porque en su aldea no había instituto. Trabajó un par de años y luego hizo la mili. Con 20 años, unos profesores de su pueblo le preguntaron si estaba dispuesto a retomar los estudios en un "cuartito de dos por dos". "Era mi oportunidad", afirma ahora que ve más cerca su objetivo de convertirse en sociólogo. Como miembro de la delegación enviada por su aldea a recabar fondos a Galicia, Fernando ha cumplido dos sueños. La Xunta les ha prometido ayuda. Y hace sólo unos días vio por primera vez el mar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de noviembre de 2007