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domingo, 18 de noviembre de 2007
Crónica:UN ASUNTO MARGINAL | OPINIÓN

Héroes de la patria

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Los políticos, los estadistas, los hombres de poder, suelen verse obligados a reprimir sus pulsiones más básicas. El 11 de julio de 1804, Alexander Hamilton y Aaron Burr vivieron un instante liberatorio.

Aaron Burr, héroe de la guerra de independencia y abogado prestigioso, era vicepresidente de Estados Unidos. Alexander Hamilton, también héroe militar y abogado, había sido ayudante de George Washington, primer secretario del Tesoro y fundador del Partido Federalista, la fuerza de oposición a los republicanos-demócratas de Burr y del presidente Thomas Jefferson. Talleyrand, el gran diplomático de la época, dijo que sólo Hamilton podía rivalizar con Napoleón.

Burr rebosaba amargura. En las elecciones presidenciales de 1800 obtuvo tantos compromisarios como Jefferson, pero la Cámara de Representantes, después de 36 votaciones y bajo la presión de Hamilton, decidió finalmente en su contra. Burr, condenado a una vicepresidencia inefectiva (Jefferson, por razones obvias, no quería ni verle), intentó ser elegido gobernador de Nueva York. Hamilton volvió a utilizar su poderosa influencia y Burr volvió a ser derrotado.

Jackson fue el Napoleón americano y modelo de gente tan distinta como John F. Kennedy y George W. Bush

Ambos héroes de la patria se odiaban profundamente. Ambos héroes odiaban a Jefferson. Ambos héroes coqueteaban con la idea de romper la Unión, desgajando el noreste y Nueva York, mercantiles y anglófilos, y creando un nuevo país aliado con la antigua potencia colonial. Ambos se sentían marcados por el destino.

El 11 de julio de 1804, al amanecer, Hamilton y Burr se encontraron cara a cara en la orilla occidental del Hudson, frente a la costa sur de Manhattan. Cargaron las armas, apuntaron y dispararon casi al mismo tiempo. La bala de Hamilton pasó unos centímetros por encima de la cabeza de Burr. La bala de Burr se alojó en la columna vertebral de Hamilton, después de romperle el hígado. Fue una herida mortal. Política pura, libre de tabúes.

Burr tuvo que huir, por poco tiempo, a Filadelfia, donde recibió otra inspiración: su destino no era la presidencia del noreste, sino el imperio. Decidió crear una milicia personal, invadir México y Florida (colonia española), y absorber los territorios del sur y el oeste norteamericanos. Ése fue el plan que propuso al Gobierno británico y a su principal aliado, el gobernador de Luisiana, James Wilkinson.

Mientras se ajustaban algunos detalles, volvió a la recién fundada ciudad de Washington para concluir su vicepresidencia y presidir con impecable corrección el impeachment de Samuel Chase, miembro del Tribunal Supremo. En 1806 emprendió viaje hacia el sur con 60 soldados de fortuna para construir su imperio. El gobernador Wilkinson, sin embargo, le denunció. No por fidelidad a su país o a su presidente, sino por fidelidad a su sueldo: Wilkinson estaba en la nómina secreta del imperio español bajo el nombre de Agente 13.

Burr fue acusado de alta traición, juzgado y absuelto por razones técnicas: el testimonio de Wilkinson fue considerado insuficiente. Quizá el juez John Marshall tenía conocimiento del pluriempleo del gobernador.

Aaron Burr se trasladó a Europa, donde asistió al vendaval napoleónico. En 1812 regresó a Nueva York y volvió a dedicarse a la abogacía con moderado éxito. En los últimos años de su vida vio pasar su destino del brazo de otro hombre: el general y presidente Andrew Jackson, fundador del Partido Demócrata, semianalfabeto, inflexible, genocida, con dos balas alojadas en el cuerpo en recuerdo de dos antiguos duelos. Jackson fue el Napoleón americano. Y un presidente extraordinario, adoptado como modelo por gente tan distinta como John F. Kennedy y George W. Bush.

Aaron Burr murió el 14 de septiembre de 1836 en un hotel de Staten Island. Vivió una época de grandes transformaciones, grandes incertidumbres y grandes maniobras secretas. Dejó para la historia un solo momento, un solo gesto liberatorio: el disparo, en el campo del honor, contra su rival político.

Seguimos viendo sólo gestos. O fugaces intercambios verbales, de escasa potencia liberatoria, como el de una reciente cumbre americana. Los sueños napoleónicos, la talla de los héroes de la patria y los Wilkinson de turno se descubren con el tiempo, cuando ya no importan. -

Duel. Thomas Fleming. Basic Books, 1999. 446 páginas.

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