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domingo, 11 de noviembre de 2007
Reportaje:

40 sin 40

Veinte hombres y veinte mujeres. Nacidos después de Mayo del 68. Hijos y nietos de aquellos revolucionarios, acreditan talento y ganas. Pero lo mejor está por llegar.

Menores de 40? ¿Decir algo de ellos? Empezaré con una advertencia: yo nunca fui joven. Cuando nací, mi padre tenía 53 años, y según me explicó un urólogo, su semen fatigado ya sólo era capaz de concebir un prejubilado. Traté de explicárselo al profesor de gimnasia de séptimo de EGB, pero me suspendió sin piedad por lograr una de las peores marcas de medio fondo que se recuerdan. No sentirte nunca joven tiene una ventaja: no sentirte nunca envejecer. También te permite no ejercer de joven, una actitud que provoca vergüenza ajena en el momento y, pasado el tiempo, una enorme vergüenza propia.

Eso sí, también tiene desventajas. Cuando la mayoría de tus amigos quiere irse a pegar botes a una discoteca, tú sientes una cierta inclinación a sentarte a jugar una partida de dominó con los ancianos de la residencia de día.

Jamás en mis 38 años de vida me he sentido identificado con ninguna de las estampas que se han compuesto de mi generación. Cada seis meses se nos propinaba un análisis general de la juventud española donde yo no casaba. Pero tampoco ninguno de mis amigos ni conocidos. Cada otoño desfilabas con la generación X o Y o Z, e-mule, youtube. Afortunadísimo fue el hallazgo de mileuristas, pero la victimización también es peligrosa.

Más que una generación, lo que se buscaba era un pack. Y era inútil refutar las vitolas. Sólo quedaba huir hacia adelante y tratar de defraudar, de una vez por todas, cualquier expectativa depositada sobre ti. El juego es tan ridículo como imaginar a don Antonio Machado y a García Lorca, en una calle del Madrid de los años treinta, saludándose así: "Dele usted recuerdos a la generación del 27", y "No se olvide de saludar a los del 98". Archivar a las personas es tarea inútil. Sólo funciona cuando están muertos, qué remedio les queda.

Rafael Azcona, una de las personas más inteligentes y jóvenes que he conocido, me explicó que ese interés por conocernos tenía poco que ver con la caridad sociológica. "Mira, antes a nadie le importaba un pimiento lo que pensaban o hacían los jóvenes, daba igual. Esto cambia a partir de que tenéis dinero. Y hay que lograr por todos los medios quitároslo". Efectivamente, los menores de 40 años hemos crecido en una explosión demográfica y en su desinfle posterior, en una apertura política y social y su vulgarización, clímax y anticlímax, ducha caliente y fría, pero lo que se ha mantenido constante es el volcán de consumo. Para sacarnos la pasta han sido capaces de dorarnos la píldora hasta llegar a afirmar aquello de que éramos Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados. ¿Qué nos querían vender entonces?

EN EL TERRENO POLÍTICO se decía que los menores de 40 estaban adormecidos. Que despreciaban a la clase política y estaban profundamente desinteresados en la vida pública. No hace falta que les cuente la que se armó cuando, de golpe y sin previo aviso, de un día para otro, encontraron una buena razón para ir a votar. Ahora cortejar a los jóvenes, ganarlos como votantes, es tarea fundamental de los partidos, que se comportan a veces como si fueran bebidas isotónicas. Pero ¿no es tratar de jóvenes a los jóvenes tratarlos de idiotas? Las razones para que vaya a votar un señor de 53 años no son demasiado diferentes a las de una chica de 27. O al menos no deberían serlo. La diferencia es que para unos la urna electoral era un lujo caro y para los otros es un objeto cotidiano.

Los menores de 40 años en España han visto morir a sus abuelos sin que llegaran a entender cómo narices funcionaba un fax. Ahora no son capaces de explicarles a sus hijos que en una época reciente no existía el Disney Channel. Menores de 40 son ya deportistas jubilados con categoría de mito, escritores de culto, directores de cine de éxito internacional, campeones de fórmula 1, investigadores, científicos, técnicos de altísima capacidad, triunfadores en los negocios, músicos consagrados, modelos, profesores, sí, pero también tenemos un montón de cocainómanos, terroristas, delincuentes, traficantes de drogas; hay algunos que han matado a sus padres y hermanos, a sus compañeros de clase, a un desconocido que esperaba el autobús; han quemado a un mendigo en un cajero o pateado a un emigrante. De estos últimos creo que casi ninguno sale retratado en las fotos que acompañan el reportaje. Y sinceramente son tan representativos de los menores de 40 años como los demás. Pero es domingo y no es cuestión de amargarles el paseo por el parque o la comida en familia.

¿Triunfadores? Relativamente. La selección de personas que este suplemento ha elegido para retratar a esa media España tiene una cosa en común. Le han puesto mucha pasión a lo que hacen y han logrado resultados espectaculares. Y sin embargo, salvo los que se dedican al deporte o al entretenimiento, los demás son unos perfectos desconocidos. He aquí un dato de interés. La razón es muy sencilla. Todos ellos en países civilizados habrían aparecido en distintos programas de televisión. Aquí, no. La televisión ha elegido fomentar otro tipo de relevancia. La que es negocio para ellos. Jamás la dignificación de los que hacen bien su oficio o logran algún reto. Sería imposible entender algo de los menores de 40 años sin ignorar que la vida pública es la vida televisiva.

EN LOS ÚLTIMOS AÑOS, el desprestigio del medio sólo es comparable al desprestigio que el medio hace de la sociedad que presenta. Si nos fiáramos de la televisión, Julián Muñoz sería más decisivo en el devenir mundial que Nelson Mandela, y Pocholo Martínez Bordiú, alguien más ejemplar que Aung San Suu Kyi. Fama o dinero, son los únicos certificados de triunfo. El único símbolo de prestigio unánime en nuestra sociedad consiste en no salir en televisión, y el único certificado de éxito, salir en ella. Los menores de 40 aprenden a la fuerza a sobrevivir en esa esquizofrenia. Y miran la televisión de otra manera. Entre Los Chiripitifláuticos y Muchachada Nui lo que hay es la pérdida de la virginidad del espectador, convertido en rumiante audiovisual. Ahora sabemos que con esta chatarra que nos han dado hemos de hacer girar el mundo.

Los que están a punto de cumplir la media vida han crecido asomados a una ventana donde la muerte de Franco, el 23-F, los triunfos de Induráin en el Tour, los fracasos de la selección de fútbol, el juicio a Ruiz Mateos, la detención de Luis Roldán o el asesinato de Miguel Ángel Blanco son imágenes televisadas, pausas en el entretenimiento sin final. Son jóvenes que nunca olvidarán dónde estaban la mañana del 11 de marzo de 2004, como sus padres no han olvidado dónde andaban cuando el hombre puso un pie en la Luna. Supongo que tienen miedo y esperanza. Han superado traumas como la muerte de Chanquete o la ascensión de Gil y Gil; han visto cómo se fabrican estrellas, pero también cómo son pisoteadas. Son gente que ha crecido con Lady Di y Michael Jackson y con la sombra de John Lennon muerto a balazos por un fan autoerigido en guardián entre el centeno. Hijos del pelotazo financiero y la extremada valoración del éxito económico, que se iban a la cama después de tomarse un buen vaso de leche exprimido a costa de las niñas de Alcasser o Madeleine. Se asoman a la realidad con el filtro de la imagen transmitida; eso a veces les lleva a la indolencia, también a la ansiedad. Bajo la lluvia es difícil disfrutar de una gota de agua. No les pidas que se comporten con la misma fe en la humanidad que un señor para el que su único contacto con el mundo del espectáculo era la misa de los domingos.

SÍ VIENEN DE FAMILIAS acomodadas, con abuelos pensionistas; pero conviven con gente llegada en patera, con familias rotas por la emigración y con una legión de pobres nada despreciable. Alguna tarde, cuando salen camino del reclamo de las copas y los amigos, ven la fila de indigentes a la entrada de un comedor de caridad. Otra cosa es que aquello les importe un comino. Unos terminan de cooperantes en la esquina más maltratada del planeta y otros tienen bastante con robar a empujones en la panadería donde compran el bollo del recreo.

Influidos por "la aventura" de Los payasos de la tele, donde al final siempre se destrozaba el decorado, los nuevos directores de escena tienen la imperiosa necesidad de romperlo todo en el tercer acto. Transmiten la tentación de quemar el rancho y salir huyendo que tienen muchos en la vida real. Una película, una manifestación o la celebración de la Copa ya no se entiende sin ese tercer acto rebosante de estragos a la propiedad. El botellón y los que ahora se ponen hasta las cejas de pastillas y música repetitiva pasarán por el aro de la hipoteca a 40 años y el empleo precario; si no, ya se encargarían los bancos y las constructoras de cerrar todos los after y dedicar una partida de sus fondos a enchironar camellos. La sociedad es sabia y ofrece un ratito de juerga a cambio de unos cuantos años de arrimar el hombro. El problema de las sociedades ricas es que hay dinero para costearse juergas más largas. Pero también vejeces más cómodas.

PERO ESA IMAGENde los jóvenes beodos, evadidos, es bien facilona para presentarnos un futuro apocalíptico. Son los cachorritos juguetones; los que parecen más insumisos, luego son los más adocenados. Al fin y al cabo, el día en que un adolescente se divierta con sus amigos haciendo algo que dé placer a sus padres y familiares habrá cambiado el mundo. La muchachada no ha tenido una guerra por detrás ni una transición por delante, no ha tenido a un dictador ni a un cura encima. Pero, eso sí, ha tenido la persistente lección de sus mayores sobre lo fácil que es la vida hoy. Puede que sea fácil comer y circular por túneles subterráneos. Pero vivir nunca es fácil. No han oído hablar del hambre de la posguerra ni de los sabañones, pero conocen la plaga de la anorexia y la depresión, la duda y el desánimo. No se empeñen en querer conocer el cerebro de alguien por su forma de vestir. Puede que enseñen el ombligo, y el tanga, y los calzoncillos, pero ocultan todo lo demás.

Los menores de 40 años han visto cómo la heroína perdía su atractivo glamouroso de los setenta y ochenta dando pie a la institución del yonqui; en cambio, la cocaína y las pastillas aún esconden su cara más fea. De tanto en tanto se monta una buena campaña de promoción gratuita donde se recuerda que Kate Moss la toma, y vaya morbazo, y qué buena figura, y qué mirada tan sugerente. Los menores de 40 años viven en un mundo fotogénico donde lo feo se aparta de la vista, las fotos están todas retocadas y la gente ya no tiene miedo a quitarse la ropa, sino a que le quiten el photoshop. El plástico parece haberle ganado la partida a la piel y la carne. ¿Qué piensan ellos de todo esto? Pues los hay que piden de regalo de cumpleaños unas tetas de silicona y hay otros que pelean porque el estándar de belleza no lo impongan los cuatro perturbados con mando en plaza.

En estos casi cuarenta años, la figura mítica del afrancesado, que iba desde la Ilustración hasta el modelo pelmazo Mayo del 68, ha desaparecido. Nadie sabe si porque el existencialismo ha sido adoptado como la senda mayoritaria, y ahora son existencialistas hasta los delanteros centro, o precisamente por lo contrario: no te comas el coco demasiado. Sería imposible encontrar hoy réplicas tan influyentes de origen francés como pudieron ser el cine de la nouvelle vague, Marguerite Duras, Sartre, Camus o los míticos Léo Ferré y George Brassens. Alguno dirá que es un problema de Francia, no de España, pero algo tiene que ver con la apabullante entrega del mercado español al negocio norteamericano, donde los bosques de propaganda apenas dejan ver el árbol del talento, y nosotros sólo estamos invitados a ser palmeros. Por las costuras se filtra un montón de gustos minoritarios, de personas que rebuscan en los fondos de los contenedores culturales para encontrar aquello que no se lleva, que pasó de moda, que se fue sin pena ni gloria, pero que, sin embargo, puede disfrutarse de nuevo. Cuando los agoreros, que son legión, gritan aquello de que nunca estuvimos tan mal como ahora, uno siempre termina pensando que son ellos los que nunca estuvieron tan mal como ahora.

SON NOSTÁLGICOS PRECOCESEn la adolescencia ya añoraban las canciones de su infancia. Abarrotan estadios para ver vueltos a reunir los grupos de su juventud, y en las fiestas alguien canta un éxito de hace veinte años y a partir de ahí se monta el karaoke entre melancólico y paródico. Rebuscan en la basura porque, con cierta frecuencia, aquello que despreciaron es lo que mejor recuerdan. Cada vez se creen menos los iconos, los iluminados y los líderes espirituales; son alérgicos al exceso de autoridad, en eso han mejorado la raza. Muchos siguen empeñados en no dejarse vencer por el cinismo y sueñan con que otro mundo es posible, aunque a veces todo se limite a un "otra camiseta es posible". No pueden los que ya no creen en nada exigirles a los demás las mismas seguridades, como esos ex fumadores que apabullan al que se enciende un pitillo.

Las respuestas de la tecnología tampoco ayudan. Se trata de acumular el mayor número de canciones en el menor espacio, de llegar lo más lejos lo más rápido posible. Los que entienden el negocio han sabido crear en la gente la necesidad de acumular; de reventar los discos duros con música, películas, juegos. Puede que la tendencia cambie, cuando ya se haya vendido hasta la última consola, y entonces vuelva a prestigiarse la calidad del sonido, el entorno de disfrute, la escucha pausada. O puede que no. El mundo se ha acelerado, de eso nadie tiene duda. Antes un Gobierno podía congelar una noticia e incluso un estado de ánimo social durante meses y, sin embargo, ahora, por más control que se quiera aplicar, en dos horas la calle vibra porque lo sabe todo. Así, la generación del "paso de todo" se convirtió en la del "pásalo". Aquí y en Birmania.

libertad y democraciano pueden significar lo mismo para los españoles menores de 40 años que para los mayores. Hay conceptos que de puro abusar de ellos se han convertido en caricaturas. Ahora, libertad sirve para pedir que te cambies de compañía telefónica y venderte unos vaqueros, y poco más. Y democracia es una cosa muy práctica para elegir al mejor cantante por televisión y que parezca una elección justa.

Cada vez los pisos son más pequeños y con menos ventanas. Por eso Internet, que nació como una ventana, es ya un balcón, una pradera. Lo más cercano a poder volar, lo que por desgracia aún sigue muy lejos. La gente rastrea entre un cúmulo de rencores desbocados y una legión de opinadores vocacionales para encontrar aquello que busca: una imagen sorprendente, una denuncia callada, una información esquiva, un dato, un viejo libro, una película imposible de ver, pornografía, apuestas, una pareja, una estafa, un consejo, una cura para su mal. Las tertulias de café se han desplazado a espacios globalizados donde uno ya no le tiene que ver la cara a su interlocutor y se puede marchar sin invitar a una ronda. La calle es de los pobres, y ellos escribirán otra historia y otro país al margen de la vida virtual.

Hay una generación nueva que quiere recuperar los sabores perdidos, que lucha por conocer cómo era un tomate que sabía a tomate, una barra de pan que contuviera pan, un vaso de leche que fuera de leche. Pero no se ha llegado al límite en la degradación alimentaria, y si de niños vivieron el drama de la colza, ya más talluditos se enfrentaron a las crisis de las vacas locas, la gripe aviar y el miedo a lo que te estás comiendo. Se puede comer mejor que nunca y peor que nunca. Es una muestra más de una civilización hecha de paradojas. Frío y caliente. A este lado de la valla, al otro lado de la valla.

EN ESTOS 40 AÑOS hemos visto políticos incapaces de frenar la especulación, el expolio de la riqueza natural del país, la destrucción de los ecosistemas, de las zonas de playa, de la dignidad de los centros de las ciudades, muchos de ellos regocijados con la fealdad de las nuevas construcciones, de las ciudades dormitorio, de los lugares contenedor donde lo único que importa es que el habitante se deje el dinero. Todos encargan un teatro, un museo, una sala de conciertos a un arquitecto con firma, pero luego no tienen nada vivo que ofrecer dentro. Es normal que los más jóvenes, aquellos que presumen de tener el futuro por delante, se estremezcan al mirar lo que sus mayores les han dejado, la corrupción intolerable del sistema, la dependencia del cemento. Tienen que llegar a la política los que conocen de primera mano las razones por las que un menor de 40 años oye hablar de política y echa a correr.

Amparados bajo ese anquilosamiento del discurso político, muchas veces reducido a una mera gerencia impersonal de los recursos, muchos se encuentran cómodos. Ya tenemos alguien de quien hablar mal: de los políticos. Perfecto para vivir de la queja. Nadie asume su responsabilidad, la culpa siempre es de otro. Quitarse el peso de encima es un deporte de gran éxito. Tire unos pelotazos al payaso de la feria y váyase a casa descansado. Es cierto que los menores de 40 se han encontrado con un tapón, en el baile de las sillas ya todas estaban cogidas. Pero también es cierto que comer a mesa puesta es un lujazo. A veces parecen manzanas maduras que se empeñan en sujetarse a la rama, que no quieren caer, que tienen pánico a dar la cara, que se conforman con que los cortejen.

En estos 40 años se ha vivido la explosión universitaria. Se pasa por allí y luego se pelea por un trabajo. Hace tiempo me escribió una chica: había tenido que ocultar que tenía dos carreras para conseguir un puesto en una tienda de chuches. Fue lista, a un amigo mío le negaron una plaza de bedel porque era licenciado en biológicas. Igual que el masivo desinterés de los jóvenes por el servicio militar desencadenó el fin de su obligatoriedad, también el sistema universitario parece resentirse de que fuera, en la calle, nadie le dé valor. Las universidades, como el ejército, han recurrido a anuncios bien rodados, caramelos fotogénicos para atraer clientela. Pero todos sabemos que lo que necesita anunciarse demasiado es que pasa por problemas. ¿Crisis de vocación? Y sin embargo, hay nuevos oficios, conocimientos, retos más difíciles todavía. El circo tiene pistas para aburrir, y el payaso triste cada vez es más lamentable. Entre el Informe Pisa, las embarulladas reformas educativas y la manaza ideológica y religiosa interesada en la degradación de la escuela pública, algunos tipos heroicos se presentan muy bien preparados.

A LOS MENORES DE 40 les va a tocar bien pronto decidir el país en el que quieren vivir, dibujarlo, y pasar de quemar una foto o hacer una pintada, de ponerle un toro bravo a la bandera nacional o una pegatina al parachoques, a mandar. Les han enseñado a ser jóvenes, hijos, espectadores, consumidores, reyes de su cuarto, príncipes de la queja. ¿Y ahora? La foto sale movida, lo sé. No pretendan conocerlos. Mírenlos, pongan la oreja, deprímanse o alégrense según lo que caiga bajo su antena, los hay para todos los gustos. El mes de abril no puede juzgar al mes de mayo. Lo terrible es pensar que, en ocasiones, en esta media vida se le ha puesto más fácil a los peores que a los mejores, a los jetas que a los que tienen algo que dar, y todos se paran a escuchar a los que gritan y casi nunca a los que tienen algo que decir. Eso sí es grave y se puede cambiar entre todos.

Músico de su tiempo

Xoel López, 30 años. Cantante, guitarra y alma de Deluxe

"Si tuviera que elegir una palabra, sería pop. Define mi idea y mi estilo. Soy un músico de mi generación, alguien a quien la gente entiende". Con cinco álbumes y demasiados conciertos a sus espaldas, aún le sobra tiempo para componer casi todos los días. "Cada semana puedo tener un tema nuevo". En su web cuelga una grabación inédita al mes, para que la descargue quien quiera. "Mi próximo disco lo haré con esas canciones. Es un signo de los tiempos. Hay que evolucionar".

Una perla joven

Carmen Mazarrasa, 27 años. Diseña joyas.

Tras paladear las mieles del éxito con prestigiosas firmas de moda en España, ha decidido seguir por su cuenta con una tienda de bisutería exclusiva hecha a medida de inminente apertura ?previa cita? en Madrid. A Carmen la descubrieron al poco de empezar a estudiar joyería. Colaboró con Jocomomola, Juan Duyos, Sybilla y la joyería Grassy. "Lo que más me gusta es trabajar con las perlas. Son una materia prima apasionante, mágica: si no te las pones, se mueren. A mi me encanta que las clientas me traigan el collar de la abuela y convertirlo en otra cosa; la perla no es sólo cosa de señoras y niñas pijas".

Un ojo de miedo

Juan A. Bayona, 32 años. Director de cine

"Por fin estamos aquí. Gracias, y que paséis un mal rato". El estreno de El orfanato en Madrid parecía más el final de un viaje que el principio de una historia. Y es que la traca que precedía a la película era de campeonato. Ovación de diez minutos en Cannes. Conmoción en Toronto. Candidata española a los Oscar. La respuesta del respetable fue inmediata, y hoy es ya la cinta española más taquillera de la historia. Detrás, la audacia y la falta de complejos de este director debutante en el largometraje, que se cameló a Guillermo del Toro para producir su ópera prima. Para algo fue director de vídeos de Camela. Y, sí, viéndola se pasa un rato regular.

Un científico muy grande

Manel Esteller, 38 años. Jefe del grupo de epigenética del cáncer del CNIO

Su única atalaya es su 1,90. "Odio el esnobismo científico", dice este médico que eligió el laboratorio porque "no podía ver sufrir". Tras una estancia en la Universidad Johns Hopkins, fue fichado en 2001 por Mariano Barbacid para el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas. Allí trata de acorralar al cáncer. "Los genes son las cartas que te dan al nacer: son importantes, pero la partida depende de cómo las juegues. Aquí no hay descubrimientos del siglo, sino un gota a gota que va calando. Cada vez sabemos más".

Se ofrece actriz novata

Marina San José, 24 años. Actriz

En El cartero de Neruda, su debú teatral hace dos años, interpretaba "el cuarto papel" de una obra de cuatro actores. En Móvil, de Sergi Belbel, ha subido a "coprotagonista". No tiene prisa. Ni prejuicios. Esta "novata con ganas de aprender" se va a presentar "a todos los castings" del mundo. Ya elegirá. Iba a empezar veterinaria cuando acudió al taller de William Layton y cambió de rumbo. También estudió canto. En eso tenía trabajo asegurado haciéndole los coros a sus padres. En el cartel, Ana Belén y Víctor Manuel.

El peso de la ley

Débora Quintero, 35 años. Abogada penalista

Ha pasado el embarazo despachando en su bufete ?Martell Abogados, en Barcelona? y en los juzgados los casos de delitos económicos, urbanísticos o laborales que prefería ya en la carrera. Una profesión copada por mujeres. "No es raro que en un juicio seamos todas tías: juez, fiscal y abogadas". Otras opositan para conciliar trabajo y familia. Ella, no. "Mi profesión es gratificante y horrible a la vez, pero me compensa". Esta foto se hizo un martes y su hijo nació el domingo. Era festivo; si no, hubiera ido del despacho al paritorio.

Tengo una idea

Álvaro Cuesta, 26 años. Socio fundador de la empresa X-Novo

Dice que le viene desde pequeño. De pronto, algo le golpea la mente y le hace gritar: "¡Tengo una idea cojonuda!". En su casa se lo tomaban a broma, pero el chico insistía cada cena: "¡Tengo?!". La primera que llevó a la práctica no fue en España, sino en California, en 1998. Hubo muchas otras: Demopolis, Doc.Express? A mitad de sus estudios universitarios tuvo el chispazo definitivo: X-Novo, un despacho de abogados de nuevas tecnologías. La empresa ya está valorada en dos millones de euros.

Tender puentes

Latifa Aziar, 35 años. Mediadora social

Esta marroquí, que llegó a España hace 12 años, dirige hoy un piso de acogida para mujeres inmigrantes maltratadas y menores no acompañados de la Asociación de Trabajadores e Inmigrantes Marroquíes en España (Atime). "Cuando vienen, la mayoría de las mujeres no te dice directamente que sufre malos tratos. Las marroquíes no suelen inculpar a sus maridos, pero nosotros las animamos a que los denuncien si son maltratadores. Entre otras cosas, ellas pueden optar a un permiso de residencia".

Tomás Rojo, 18 años, estudiante / Chus Antón

8 años. Récord de España en salto con pértiga y actriz.

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