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sábado, 10 de noviembre de 2007
'La Venus del espejo' visita España

Pintarse a sí mismo

En 1632, se publicó en Madrid, a instancias de "una persona ilustrísima en sangre, dignidad y muy deseoso de la salvación de las almas (clarísimo lusitano)" -todo lo cual nos induce a identificar el anónimo como don Francisco de Braganza- un libro titulado Copia de los pareceres y censuras de los reverendísimos padres maestros y señores catedráticos de las insignes universidades de Salamanca y Alcalá... sobre el abuso de las figuras y pinturas lascivas y deshonestas...

Este título, que es una parrafada, nos sirve para comprender por qué no ha habido casi desnudos en la pintura española antes de la época contemporánea y, asimismo, por qué don Diego de Silva Velázquez pintó el suyo, bien con motivo de su segundo viaje a Italia, y, por tanto, lejos de cualquier mirada censora, bien un poco antes para el gabinete secreto de don Gaspar Méndez de Haro y Guzmán, séptimo marqués del Carpio y de Eliche, famoso por su libertinaje.

En cualquier caso, el panfleto moralista antes citado nos avisa sobre cómo la Contrarreforma cambió el concepto clásico de desnudo, que era símbolo de la verdad, por nuestro concepto erótico concupiscente, por el cual sólo nos atrae sexualmente lo prohibido. Así las cosas, y en cualquier edad y circunstancia, cuando un pintor pinta un desnudo se pinta a sí mismo desnudo, porque pinta sus deseos que es, poco más o menos, su ser íntimo.

Todo lo anterior viene dictado para intentar explicar cómo el morigerado Velázquez pinta, entre 1646 y 1649, o sea: cuando contaba entre 47 y 50 años, edad muy peligrosa, el hoy famosísimo cuadro de La Venus del espejo, que es, al margen de cualquier otra circunstancia biográfica, una de las manifestaciones más deslumbrantes de la madurez del genial pintor sevillano. Antes de nada, es imposible obviar la dimensión legendaria que acompaña a este cuadro, sobre todo, cuando sabemos que, con motivo de su segundo viaje a Italia, Velázquez concibió un hijo adulterino, llamado Antonio, al que procuró cuidar paternalmente a distancia, pero que, como ocurría frecuentemente en aquella época, no logró sobrevivir.

Ante este hecho extraordinario se explica nuestra especulación acerca de que quizá la joven del desnudo pintado pudiera haber sido la madre de la criatura. Sea como sea, la obra es, sin duda, uno de los desnudos femeninos más extraordinariamente pintados en la historia del arte occidental. Se inscribe en una tradición que tiene antecedentes venecianos muy claros, cuando se piensa en las venus desnudas de Giorgione y de Tiziano, pero también, si se levanta la mirada a tiempos más remotos, cuando se piensa, al verla de espaldas, en el precedente clásico del Hermafrodita.

De todas formas, el privilegio de los genios consiste en actualizar cualquier antecedente y transformarlo en una innovación, como ocurre en este caso con la Venus de Velázquez, que, con su formato apaisado y su proximidad inmediata, casi claustrofóbica, nos recuerda a un modelo que Velázquez jamás abandonó: Caravaggio. Nos recuerda, en efecto, a Caravaggio por la inmediatez física, carnal, de la mujer desnuda, ante cuya fascinación no nos podemos sustraer, pero también la complejidad intelectual que hay detrás de la idea de una incitación carnal atravesada por un espejo que nos indica cómo en un cuerpo siempre habita un alma: el rostro, por muy desvaído que sean en este caso sus reflejos.

En este sentido, Velázquez logró, como siempre, ofrecernos la visión de la realidad en toda su complejidad, pintando el cuerpo y el alma.

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