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sábado, 27 de octubre de 2007
Editorial:

Galopada ecologista

El plan medioambiental de Sarkozy es muy ambicioso. Lo difícil es aplicarlo de verdad

Nicolas Sarkozy ha aprovechado la presencia del ex vicepresidente norteamericano Al Gore en el Elíseo para presentar el ambicioso plan medioambiental que piensa aprobar en su país, pero que podría tener una proyección más amplia si, como pretende el presidente francés, se llegara a establecer un "Plan Marshall para el planeta". Las medidas anunciadas por Sarkozy son resultado de cuatro meses de trabajo por parte de una comisión dirigida por el ministro de Ecología, Jean-Louis Borloo, e integrada por las asociaciones ecologistas, patronal, sindicatos y organizaciones agrarias.

La implicación de los sectores que más pueden influir en la corrección de las malas prácticas ecológicas constituye, sin duda, un signo inequívoco de que el Ejecutivo francés se toma en serio el combate contra los efectos del cambio climático. Pero la calculada, y ostentosa, puesta en escena del anuncio del plan despierta inevitablemente el recelo de que acabe convirtiéndose en otra más de las múltiples iniciativas con las que Sarkozy trata de inundar el debate político dentro y fuera de Francia, por lo general condenadas a marchitarse en cuanto dejan de surtir efectos mediáticos. El plan del Elíseo establece tantas medidas, además de una inversión de 1.000 millones de euros en cuatro años para el estudio de energías alternativas, que el derroche de voluntad política, semejante a la que Sarkozy ha exhibido en otras materias, acaba volviéndose contra su credibilidad. Sobre todo cuando la medida más esperada, la tasa sobre los combustibles fósiles, ha quedado en suspenso, pese a que los expertos consideran que es uno de los más eficaces instrumentos en la prevención del efecto invernadero.

Pero la galopada ecologista de Sarkozy, sea cual sea su desarrollo posterior, tiene una importante consecuencia en la lucha contra el cambio climático: obligará a que otros Gobiernos tengan que pronunciarse y poner sus cartas políticas sobre la mesa, en especial después de que Naciones Unidas acaba de hacer público un informe en el que han colaborado más de un millar de expertos. Lo importante a partir de ahora será impedir que el impulso político procedente del Elíseo decaiga, en lugar de contribuir a que la comunidad internacional adopte nuevos instrumentos para paliar algunos de los efectos perversos del crecimiento y del desarrollo económico. No se trata sólo de conjurar pronósticos más o menos lejanos en el tiempo, sino también de mejorar la actual calidad de vida, una de cuyas principales amenazas procede del deterioro del medioambiente.

El Gobierno español, por su parte, ya ha dado el primer paso al aprobar la Estrategia de Cambio Climático y Energías Limpias, una iniciativa importante que coloca a España en una destacada situación internacional. Menos estridente que el del Elíseo, ofrece una imagen de solvencia en su elaboración que ahora debería continuar en su desarrollo.

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