El artista ante la inmensidad
Primeras fotos de Barceló en la cúpula que pinta en la sede de la ONU en Ginebra
El territorio de su aventura artística -con una parte institucional y una indudable vis arquitectónica- es una inmensa tela virgen. Un paladar desnudo. "Será la pintura llevada a sus límites físicos", explica el artista de Felanitx (Palma de Mallorca) mientras afronta la gran obra a sus 50 años.
"Es un ir más allá", dice desde el gran vacío que se extiende ante él: un círculo de 1.500 metros cuadrados que tiene forma de bóveda y se asemeja a los ojos del genio a una concha y un coliseo taurino al revés. Plataformas y andamios acercan al pintor hasta tocar el ojo de buey gigante (45 metros de diámetro) a través del que observa a los diplomáticos.
Barceló, que en Ginebra usa una gorra del desierto con la visera recortada y un mono, se arma con pinceles y artefactos para alargar sus brazos y tentar el lienzo. Comenta a través del teléfono: "¿Cómo lo veo? ¿Qué se siente? Acojona bastante", y suelta una carcajada. "Es una obra apasionante aunque complicada. Me forzará a llevar al extremo mi modo de trabajar. Estoy acostumbrado", afirma Barceló. La superficie pictórica-escultórica del techo mostrará áreas barbadas, columnas, estalactitas, puntas de casi cinco metros.
"En cada elemento habrá capas y colores sobrepuestos, como en una cebolla. Pero no quiero hablar mucho de cómo es y se gesta la obra porque trae mala suerte...", y vuelve a reír. El creador imagina que alzará un mar encrespado hasta el techo y que, según sea la perspectiva del observador, podrá creer que la pintura crece y cambia, que la cubierta avanza y gira, con muchos ángulos y planos. La decoración estará vitalmente inacabada, igual que sucede con la ONU, según sugiere.
Para digerir esta enorme "sopa", Barceló utiliza 30 toneladas de pintura y pigmentos, que penderán sobrevolando la sala del Siglo XX de las Naciones Unidas, que a partir de ahora pasará a llamarse de los Derechos Humanos y de la Alianza de las Civilizaciones. El Gobierno español impulsa un proyecto que patrocinan la fundación de empresas Onuart y el Ejecutivo balear.
"Aún estamos experimentando con materiales. Hacemos pruebas y observamos muchos detalles. Casi todo está en ciernes", explica. "La obra crece entre máquinas, recipientes, mascarillas". Tiene una quincena de colaboradores y especialistas franceses, suizos y españoles. La tutela es de Eudald Guillamet, experto restaurador andorrano, que ha trabajado en la tumba de Ramsés VI y en la recuperación de pinturas rupestres.
No parece una coincidencia. Barceló se considera heredero de los autores de las cuevas de Altamira y de Chaveut y Lascaux, en Francia, que definió en una ocasión como la más importante pintura de la historia. Ahora es su turno de definir la caverna posmoderna. Para documentarse, Barceló ha visitado esas grutas, y ha subido varias veces "hasta los frescos de Goya en San Antonio de la Florida, en Madrid; la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, en Roma; Tiépolo... La de Ginebra no será una pintura mural ni un fresco. Es otra cosa".
En sus estudios pinta con telas en el suelo, arrodillado y pisando la obra. En 2000 comenzó a trabajar al revés, con el lienzo sobre su cabeza, para hacer crecer raíces y puntas a la obra. Fueron paisajes submarinos y de temporales marinos, con relieves formados por "pintura que tiene puntas y pincha". Olas rompientes, marinas primigenias. Y cuevas con estalactitas y estalagmitas, escenarios que emparentó con el infierno. Del cuadro aéreo de Ginebra penderán cientos de estalactitas, una geología abigarrada de raíces multicolores. "Será preciso esperar a la mirada final, será muy diferente a todo. Como ves, vamos de problema en problema".
Un viaje del altar a la bóveda
"Tengo el privilegio", explica Miquel Barceló, "de poder pintar sin prisas, directamente, y tendré el tiempo que necesite [para el proyecto de la ONU]. Irá bien. Me preguntaron: '¿Cuándo terminarás?'. Respondí: 'Si para los 300 metros de la catedral [de Palma de Mallorca] estuve entre 2000 y 2007, multipliquen por cinco los 1.500 de la ONU'. No les hizo demasiada gracia".
Seguidor de la tradición, de Goya a Picasso, de Miró a Tàpies -"cuando los veo, sé que pertenezco a esa familia"-, en febrero de 2007 estrenó la cerámica del milagro de los panes y los peces en una capilla de culto de la catedral de Mallorca y hoy crea en el templo de una institución internacional. En Ginebra cuenta con cuatro espacios para pintar, un taller, un despacho bajo la cúpula y con la casa que habita junto al lago. No es su ciudad preferida, por su bruma pronta y fría. Se confiesa un pintor más físico que cerebral.
"Ahora releo a Albert Cohen, el autor de Bella del señor, que vivió en Ginebra. También biografías de pintores del XVIII". Usuario exigente de las tecnologías, con su ordenador se conecta a los diarios y radios de España, Francia y EE UU, y descarga música. Pinta con los auriculares de su MP3 puestos.