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domingo, 23 de septiembre de 2007
Tribuna:

Y rara vez tenemos razón

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(Continuación del pasado domingo)

Si, como comentaba aquí hace una semana, los políticos elegidos en las urnas no son necesariamente buenos por haber sido así votados, sino sólo aceptados por todos ?en eso consiste la democracia, en el acatamiento pacífico de lo que la mayoría quiere para nuestra gobernación?, lo que no tiene ningún sentido es la traslación de la opinión "popular" a otros ámbitos. Si lo que se llama "la gente" acierta poco en lo que le es más vital (véanse los ejemplos de gobernantes nefastos del domingo anterior, y podrían añadirse muchos más), ¿por qué habría de acertar en ninguna otra cosa? Hoy en día, sin embargo, las votaciones "populares" se multiplican, en buena medida porque, a través de Internet y de los SMS, cada día resulta más fácil llevar a cabo simulacros de ellas. Continuamente leemos u oímos que tal periódico u organismo o emisora de radio o televisión han propiciado una encuesta para saber, qué sé yo, quién es el personaje más importante de la historia de España o del Reino Unido. En nuestro país sale ganador el Rey Juan Carlos (que cuenta con mis simpatías, pero francamente), seguido acaso por Lola Flores o alguien así; en el otro, no es raro que la más mencionada sea la dengosa Lady Di, muy por encima de Shakespeare o Churchill, los cuales, tal vez, disputan reñidamente su secundario puesto con Elton John. No hablemos ya de las que se organizan para determinar las mejores canciones, películas o novelas de todos los tiempos: como gran parte de quienes participan en estas tontadas son jóvenes, como tales tienden a creer que el mundo empezó con su nacimiento y se ufanan de ignorar lo que produjeron los siglos, por lo que los resultados dependen mucho de lo reciente, cuando no de la actualidad. La mejor canción puede ser una de Take That o Coldplay, la mejor película Pulp Fiction (estupenda, sí, pero, en contra de lo que muchos jóvenes creen, el cine no se inició con Tarantino), la mejor novela Cien años de soledad (buena en mi recuerdo, pero antes estuvieron Cervantes, Sterne, Dickens, Flaubert, Proust, Faulkner, Nabokov y tantos otros).

El colmo de esta papanatería con la opinión de los más se ha dado hace unos meses. Un multimillonario sin más credenciales que sus millones montó una ridícula votación "popular" para designar las "nuevas siete maravillas del mundo" artísticas. Algo en principio inocuo, que no obstante dejó de serlo cuando hasta los diarios más serios (este incluido: una vergüenza) dedicaron a la iniciativa páginas enteras, como si semejante elección pudiera tener autoridad o valor. ¿Cómo sabe "la gente", sin una formación artística específica, lo que es maravilloso y lo que no? ¿Y acaso todo el mundo ha ido a todas partes para comparar? La cosa desencadenó a su vez iniciativas que causan rubor. En España se organizó una campaña ?hasta la televisión pública participó? para que "la gente" votara por la Alhambra, la conociera o no, y un día hubo nada menos que ocho mil personas ?ocho mil? que enlazaron sus manos con el sonrojante propósito de "abrazarla" ?sí, abrazar la Alhambra, semejante cursilada? como parte de su promoción. Políticos y famosos de toda índole, incluidos escritores a los que se supondría dedo y medio de frente, si no dos, se apresuraron a votarla por Internet, no se los fuera a tildar de antipatriotas o algo así. Confieso que, tras tanta tontuna, me alegró que la maravilla granadina no saliera entre las siete estupideces del mundo. La prueba de que todo era una estupidez la dio la inclusión final de la espantosa estatua del Cristo Redentor, o como se llame, que se yergue ominosa sobre Río de Janeiro. Por lo visto, gusta.

Lo malo de toda esta tendencia es que los políticos del mundo se amparan en ella para cometer sus tropelías. Por poner un ejemplo modestísimo: este verano pasé unas semanas en Soria, y descubrí que allí acababan de cargarse una de sus mejores vistas, la de los Cuatro Vientos, colocando un mamotreto que obstaculiza la visión. Al poeta Machado y a su mujer Leonor les gustaba ir allí y contemplar el Duero desde lo alto, así que el Ayuntamiento, "en homenaje" al propio Machado, ha logrado que ya nadie pueda contemplar lo que sus ojos veían. No pude por menos de escribir un artículo en el Heraldo local condenando el despropósito, lo cual provocó más reacciones de condena. Pero al cabo de unos días el Ayuntamiento se reafirmó en la colocación del armatoste con el argumento ?poco creíble e indemostrable, eso además? de que "a la gente le gusta y se hace fotos". ¿Y? A la gente le gusta El código Da Vinci, pero eso no lo convierte en un libro bueno; y Torrente, como le gustaba hace décadas No desearás al vecino del quinto y otras españoladas que ya nadie recuerda; y Bisbal o Bebe, pero eso no hace de ellos los equivalentes de Elvis Presley o Bob Dylan. A "la gente" le gustan con frecuencia adefesios o disparates de gran brevedad. "Cien mil musulmanes", leo en el diario, "piden en Indonesia un macroestado panislámico regido por la sharía y que unifique sus territorios, España incluida". Seguro que son millones, de hecho, los que exigen eso, luego "la gente" musulmana lo quiere. ¿Y acaso ser muchos les da la razón? No, lamentablemente, "la gente" rara vez tenemos razón.

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