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sábado, 22 de septiembre de 2007
COLUMNA

Puedo prometer y prometo

Ya se sabe que la historia es tierna con sus protagonistas, y que aquello que, en el fragor de la batalla, parecía muy criticable, con el paso del tiempo adquiere la suave textura de lo nostálgico. Adolfo Suárez, por ejemplo, fue un político atizado duramente en la trinchera, pero los barros de las viejas guerras políticas, no traen lodos a su memoria, hoy respetada y engrandecida. Incluso algunos de sus famosos latiguillos, que adornaron los chistes de la época, ya forman parte del bagaje del personaje. Notable y pura historia. De ese bagaje extraigo una de las frases que marcaron época y que, en la época, marcaron los dardos que lanzó la oposición a su digna figura. "Puedo prometer y prometo", entonaba Suárez cual paradigma de la melodía electoral, y la canción aún nos remete, en la actualidad, al concepto vacuo de la promesa electoral. Si algo sabe el mundanal ruido es que lo prometido en campaña se lo lleva el viento, y que los tiempos de elecciones son tiempos de hipérboles, retóricas y pesados maquillajes. Y, sin embargo, como si fuera la primavera, nuestros representantes públicos padecen una sobredosis hormonal cada vez que la estación política suena a urnas.

Escuché a mi admirada colega Milagros Pérez Oliva decir que ella no sentía ninguna incomodidad por la tendencia de muchos políticos a prometer lo prometible en su final de mandato. Que le parecía legítimo. Y sin duda lo es, pero, a diferencia de Milagros, personalmente me resulta bastante antipático el método, no en vano respira una notable sensación de abuso. Las promesas políticas deben formar parte de los programas electorales, de los contratos entre el ciudadano y el líder escogido, de las declaraciones en campaña, sin duda, de toda la parafernalia de un choque electoral. Pero no pueden salpicar la agenda política de un cargo público, al final de su mandato. Ni es estético, ni es lícito, aunque sea legítimo.

De ahí que mi primera incomodidad, con esta alegría talonera que adorna los últimos tiempos del presidente Zapatero, es de método. ¿Es necesario sacar la chistera y repartir conejos, cual rutilante ilusionista, para conseguir credibilidad política? Una, en su ingenuidad, quisiera pensar que la buena gestión de un gabinete avala una sólida campaña electoral, y que las mieles están en lo hecho y demostrado, y no en la especulación de lo que podría hacerse. ¿Cree tan poco en sí mismo, el Gobierno de Zapatero, como para necesitar exhibir cheques al contado, repartir ayudas improvisadas y dar una imagen de vulgar rey mago? Esta batería de promesas económicas, a tanto la pieza, ¿dan crédito a una gestión solvente?

Sé que no es simpático, pero resulta obligado recordar que el presidente Montilla ya criticó severamente -y con razón- ese estilo electoral, cuando Artur Mas sacó la repartidora y prometió pagarlo todo. Si la crítica era buena entonces, y lo era, me temo que también lo es ahora. ZP está repitiendo el mismo esquema que dibujó el bueno de Madí para que Artur Mas impactara electoralmente, y que le salió por la culata. Quizá, sólo quizá, la gente está harta del abuso del verbo prometer, sobre todo cuando se ha levantado la veda electoral y los políticos están de caza. Quizá, sólo quizá, nos hemos vuelto un poco descreídos y algo más listos.

Pero no es sólo el método. Lo más grave es la filosofía que late detrás de tanta promesa de talonario, una filosofía que, decorada con toda la retórica progresista, me resulta muy reaccionaria. Pagar por tener hijos, por ejemplo, es una de las propuestas más antimodernas que he oído desde hace tiempo, no solo porque va en contra de lo que fue una conquista histórica del feminismo, la planificación familiar -tan necesaria, por otro lado, en algunos sectores sensibles como el de la emigración, en el que abundan los embarazos adolescentes-, sino porque no ataca el problema de raíz: falta de guarderías públicas, nula capacidad de conciliar horarios laborales con familiares, dificultad económica de los sectores sensibles, etcétera. Y encima, incentivando la natalidad sin ton ni son se complica el problema.

Lo mismo podríamos comentar de las ayudas para alquileres o compras de pisos, que necesariamente amplifican el problema sin resolverlo, o cualquier otra de las medidas del rey Midas que estos días inundan los periódicos y juegan con las esperanzas de la gente. Estamos creando una concepción subsidiada de la democracia, y ello nada tiene que ver con los conceptos sociales que inspiraron la socialdemocracia histórica. Desde luego, esto no es filosofía Olof Palme. Más bien recuerda la retórica Chávez. Todo ello, además, agravado por una profunda sensación de improvisación política, que tan bien detectó el propio diario EL PAÍS cuando recordó a Chacón, que antes de ella, había vida y se llamaba ministra Trujillo...

Mi última pregunta, ¿tan nerviosos están? Porque esto, queridos míos, no es nada serio. Lo serio es preocuparse por la crisis inmobiliaria, y plantear soluciones estructurales. Lo serio es luchar, integralmente, por la conciliación entre la vida laboral y la familiar, y conseguir que seamos madres, y no muramos en el intento. Lo serio es hacer pedagogía sobre la maternidad responsable, y no pagar simplemente por parir. Lo serio es no jugar con el verbo prometer, sobre todo cuando las trompetas electorales ensordecen las razones. Lo serio es vender buena gestión, para repetir en el Gobierno, y no humo con dinerito público de por medio. Seriedad. Eso es lo que se ha perdido estos días de alegría de talonario. Seriedad, rigor y sentido del ridículo.

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