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jueves, 30 de agosto de 2007
Reportaje:

La orquesta de los pobres

Es un milagro. 270.000 niños de las clases más humildes de Venezuela forman parte de un experimento musical que da sentido, futuro y educación a sus vidas. Los grandes directores del mundo, como Simon Rattle o Claudio Abbado, se han involucrado en un proyecto revolucionario que comenzó hace ya 32 años.

A veces, esa en apariencia insuperable distancia que existe entre la miseria y la salvación es cuestión de 50 centímetros. Los que mide un violín. Todos y cada uno de los 270.000 niños que integran el sistema de orquestas de Venezuela lo saben. Lo han visto, lo han oído, lo han vivido... El 85% de ellos pertenece a las clases más oprimidas de un país en el que la pobreza es una escena cotidiana con un 31,3% de la población debajo de su umbral, según datos del Banco Mundial y la ONU. Pero cada día la mayoría de estos muchachos agarran su instrumento y su entusiasmo y se dirigen a cualquiera de los 120 núcleos, de las escuelas desperdigadas en los barrios, en los pueblos, en la selva, donde aprenden a superarlo todo. Es allí donde su vida, dicen ellos mismos, cobra sentido.

"Para los niños es el día más importante, el mejor director del mundo ha venidoa escucharles"

"Cuando empezamos, muchos pensaban que éramos unos blasfemos para la educación musical"

"Si a un niño rodeado de miseria le entregas un instrumento, le estás dando un arma"

A Paola le costaba aguantar la trompeta: "Me obligaron a levantar cada día dos sacos de harina"

Los niños sordos del coro mueven las manos y traducen a su lenguaje lo que suena

Que la música tiene la llave del progreso y de la vida, puede sonar a palabrería tan hueca como bienintencionada en ciertos ambientes. Pero cuando lo dice José Antonio Abreu, ese hombre visionario y revolucionario que decidió hace 32 años regenerar un continente por medio del trabajo cómplice y en equipo de las orquestas, es, sencilla y contundentemente, verdad. Él lo ha demostrado y hoy es el día en que sigue un tanto asombrado de su hazaña. Del milagro.

Empezó en un garaje con 25 atriles en febrero de 1975. Demasiados. Entonces le sobraron 14. Sólo 11 apóstoles estaban dispuestos a confiar en su sueño, 11 muchachos que hoy, ya más entrados en años, siguen a su lado en el alucinante sistema de enseñanza que han montado desde entonces y que no sólo se ha implantado en Venezuela, cuyo Gobierno lo apoyó al año siguiente de su creación, sino que se ha adoptado como método en 23 países más.

Hoy son batallones en todo el mundo los que saben que este hombre menudo, amable, austero y con la voluntad de los generales heroicos, tiene la clave, la llave, el enigma resuelto del futuro de la música. Lo saben sus seguidores y quienes integran el sistema. Lo saben los niños, los jóvenes y los ya profesionales que han salido de él y hoy integran las orquestas más prestigiosas del mundo. Y también lo han descubierto los grandes gurús vivos de la música occidental, desde Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín, hasta Claudio Abbado, un mito en activo de la dirección de orquestas que pasa ahora cuatro meses al año junto a los chicos de Abreu traspasándoles su experiencia, su visión de la música, su sabiduría.

La última semana de julio ha sido ajetreada para todo el mundo. Hacía años que no se realizaba una selección nacional de niños y jóvenes para tocar en Caracas. Además, Rattle ha llegado al país con su esposa, la cantante Magdalena Kozená -que actuará con ellos-, para dirigir a la Sinfónica Simón Bolívar, el máximo escalafón artístico del sistema. Poco después de llegar acude a una demostración de la orquesta más virtuosa de uno de los núcleos punteros, el de Montalbán, en Caracas, que cuenta con tres formaciones. Le interpretan en su honor el cuarto movimiento de la Primera sinfonía de Mahler, la Titán, que ha dirigido Ulyses Ascanio, uno de los 11 pioneros del sistema. El maestro Abreu acompaña a Rattle, que aplaude entusiasmado y besa, abraza y felicita a los muchachos. "¡Viva la música!", les dice en español al final. "¡Seguid así!". Ellos le han recibido en pie. Saben perfectamente quién es, lo veneran. Por si fuera poco, Abreu se lo recuerda: "Para estos niños, hoy es uno de los días más importantes en sus vidas", asegura ante los asistentes, "el mejor director del mundo ha venido a escucharles".

Luego, en su más que austera oficina del teatro Teresa Carreño de Caracas, ante un vaso generoso de Coca-Cola light, lo comenta y da la clave de su proyecto. "Éste no es un programa musical, es un programa social". Lo bueno es que a través de esa revolución silenciosa pero tremendamente armónica, de esa transformación y vuelco de las verdades sacrosantas establecidas en lo que se refiere a la música, de esa bofetada que Abreu le ha propinado a las mentes más resignadas, escépticas y pesimistas, "el maestro", como le llama todo el mundo, ha demostrado que con su sistema explota el talento de manera natural.

"Cuando a un niño que vive en un barrio rodeado de miseria le entregas un instrumento, le estás dando un arma", asegura Abreu. "Es lo único que tiene, lo que le va a permitir abrirse paso, y se aferra a él como un náufrago. Es su tabla de salvación". Por eso ensayan tres, cuatro horas diarias. Por eso y porque sus vidas adquieren repentinamente un sentido profundo. "Un sentido que se contagia a sus familias y también a la comunidad. Con lo que hace, el niño adquiere su propia identidad. Lo peor de la pobreza no es carecer de nada: es no ser nadie. En la orquesta son alguien. ¿Tú sabes lo que para un niño de éstos representa que Rattle lo abrace, le felicite? Es lo máximo".

Todo surgió por rebeldía. Rebeldía contra la pobreza, contra la educación musical elitista y caduca que busca solistas perfectos y crea, en su mayoría, fracasos y frustraciones. Otra de las claves, según Rattle, es precisamente la desinhibición: "Cuando algo les sale mal, no pasa nada. Lo repiten y saben que lo mejorarán. No tienen sentido de culpa", asegura el director británico en el documental Tocar y luchar, el lema de Abreu y el sistema.

Eso y muchas otras cosas son lo asombroso de un método que quieren aprender profesores italianos, alemanes, japoneses, españoles, canadienses o estadounidenses que acuden a Venezuela como a la llamada del profeta para copiar lo que allí se hace. Una fórmula en la que impera el sentido común, el contagio. Tanto como lo demuestra Abbado en el mismo documental cuando sencillamente proclama: "No sé cómo esto no se nos había ocurrido antes". El director italiano descubrió la capacidad de las orquestas de Venezuela por casualidad: "Vino a dar un concierto y cuando se dirigía a una rueda de prensa entró en un ensayo. Estuvo llorando todo el tiempo y al salir dijo: 'Yo he venido a hablar de mi orquesta, pero de lo que se debe enterar el mundo es de lo que tienen ustedes aquí", relata Abreu.

A partir de entonces, Abbado, como anteriormente había hecho Giuseppe Sinopoli, se enroló en sus filas. Encontraba en el proyecto una auténtica vocación de educación insólita. "Lo novedoso de este proyecto es la inclusión de todos". Sólo se pide la partida de nacimiento. "Todo el que quiere entrar tiene un hueco. Con sólo pedirlo, vale". Eso fue fundamental para toda la gente sin recursos. "Se les había negado el acceso a la educación cultural, a la formación artística y a la sensibilidad, que no tiene nada que ver con la intelectual y que es tan importante como ésta". Abreu se propuso abrir esa puerta y sabía que así podría lograr su sueño inicial: "Por lo menos una orquesta en cada ciudad, en cada localidad. ¿Se imagina lo que es eso? La armonía de todo un pueblo", dice.

Pero esa profunda revolución no era cosa de individuos. Sobre todo debía ser objetivo de grupos. He ahí otra clave del sistema. En vez de fomentarse el esfuerzo en solitario se apuesta por lo colectivo. Justo lo contrario a lo que ocurre en el resto del mundo y sobre todo en los conservatorios europeos, la cuna de la música occidental. "Al poco tiempo de ingresar en el sistema, el niño ya está tocando en una orquesta", asegura Abreu.

La prueba es la concentración de niños y jóvenes que forman la orquesta infantil y juvenil este año. Nada menos que 339 han sido seleccionados por todo el país para tocar juntos en Caracas. Rubén Darío Cova se ha encargado de las pruebas y los dirige en sus ensayos diarios, que comienzan a la ocho de la mañana y pueden terminar más allá de las doce de la noche. Acaban sin aliento, con apenas fuerzas para subir a las habitaciones y meterse en la cama después de perfeccionar Los planetas, de Holst, o El cascanueces y la Cuarta sinfonía, de Chaikovski.

Darío Cova ha elegido a quienes han demostrado estar más preparados en 4.810 audiciones a lo largo y ancho de todo el país. Luego es el encargado de dirigir el trabajo en la concentración de este verano junto a 30 profesores más. Sabe dominarlos, buscarles las cosquillas para que den lo mejor de sí. Es sorprendente observar cómo responden. "Son chicos acostumbrados a la disciplina. Tienen pasión, deseo de superación, compromiso, orgullo", proclama. Con esas características es más fácil controlar un grupo de 339 personas entre los siete y los 16 años, templar toda la energía que despiden y encauzarla en la música. Pero lo logran, y observarlos resulta fascinante, se mueven entre las banquetas y los atriles con un ritmo contagioso.

Algunos buscan respiro, como María Victoria Chirinos Varela, de siete años, la más pequeña del grupo. Se abraza al violín en el asiento y se sorprende cuando le preguntan si es aconsejable para dominar su instrumento no llegar a tocar el suelo con los pies, como ella. "No", responde, "cuando se alcanza el piso, también puedes tocar". No sabe quién es Chaikovski, pero sí conoce su música. En cambio ha oído hablar de Mozart: "Era un señor muy alocado, de pura risa, que murió con 36 años", cuenta.

María Victoria quiere ser violinista, de hecho mira sorprendida a su interlocutor cuando le pregunta qué desea ser de mayor. Les pasa a las decenas de chavales a quienes se demanda lo mismo. Si no músicos, aspiran siempre a algo de enjundia: jueces, profesores, médicos. En una palabra, saben que les espera un futuro. Como María Verónica Betancourt, de 10 años, la arpista de la selección de este año. "De mayor tocaré el arpa o estudiaré idiomas. Me encantaría aprender inglés, italiano, argentino y mexicano", asegura con inocencia.

A Paola Chistori, con 10 años, de padre carpintero, le costaba aguantar la trompeta. Aún hoy sorprende que lo consiga con esos brazos que tiene, como fideos. Pero el entrenamiento al que le sometió su maestro, Rafael Elster, responsable del núcleo de Sarría, uno de los barrios más conflictivos de Caracas, dio resultado: "Me obligó a levantar cada día durante un tiempo dos sacos llenos de harina", cuenta Paola. Ella chorreaba talento, y Elster, que es trompetista, enseguida se dio cuenta. Dos años después, Paola está en la selección infantil y juvenil.

Ha llegado allí desde un barrio donde los callejones no tienen nombre y los ranchos -las viviendas marginales- se ganan cada metro entre ladrillo, tejavana, cemento, piedras y un hueco para las antenas parabólicas en una de las laderas plagadas de chabolas rojizas que rodean la capital. En una ciudad asolada por la inseguridad, donde se producen más de 100 asesinatos a la semana -que el Gobierno de Chávez niega con la cerrazón del populista charlatán que engaña a sabiendas-, el sonido de la música de estos niños es un principio de esperanza que no ha cesado.

La seguridad es uno de los alicientes para los padres. Los niños están superprotegidos en los núcleos. A muchos se les lleva directamente a sus casas cuando terminan el trabajo, como comentan John Yánez o Jegriker Anato, de 16 y 17 años, integrantes de los coros cuyo lema cambia: "El nuestro es 'cantar y luchar", apuntan. Seguridad y comida: "Cantar, luchar y comer", agrega Gregory Cedeño, que de no conseguir una carrera como cantante, se hará cocinero. "Nos dan cosas muy ricas. Entré en el sistema con 69 kilos, ahora peso 81".

En Sarría, los chavales cargan con su instrumento y un pack con sándwich, fruta y chocolatinas. Rafael Elster, su responsable, es todo un personaje entregado al sistema. Él iba para trompetista de élite. De hecho estudió en la prestigiosa Juillard School, de Nueva York, y formó parte de alguna renombrada orquesta. "Al poco tiempo de estar allí, casi sin hablarme con nadie, en un clima de competencia feroz, me pregunté: '¿Qué hago yo aquí?'. Estoy malgastando mi vida. Y me vine a enseñar", asegura. "En una orquesta sabes lo que puedes aportar, pero yo aquí he aportado 10 veces más. He sacado muchísimo más partido a mi vida que como músico profesional", confiesa. Aquella manía por la perfección, por el sello, por el sonido único... "¿A quién le importa eso? A los pocos que van a verte, te aplauden y se marchan a sus casas. ¿Qué sentido tiene?". Elster ha encontrado en este modo de vida, integrado hasta los huesos en un barrio marginal, con niños a los que ha tenido que comprar zapatos para que fueran a la escuela, su sentido, su vida, porque no tiene otra. "Estoy casado, mi mujer es cantante, pero vive en Estados Unidos. No tenemos tiempo para la vida familiar", afirma.

La solución de muchos es casarse entre ellos. Ocurre con frecuencia, así que el sistema es tremendamente endogámico. Está muy inspirado en otras experiencias educativas que Abreu admira, como la Institución Libre de Enseñanza, una organización que en Venezuela tuvo su predicamento después del exilio español, porque fue donde llegaron familias republicanas como los Azcárate.

Lo que ocurre es que dentro del país se ha convertido en algo intocable. Todos los Gobiernos lo han apoyado sin fisuras. Proporcionan instrumentos, locales, infraestructura. Para Hugo Chávez, el sistema de orquestas ha sido un auténtico caramelo que no se ha atrevido a tocar. Y en la sociedad civil, Abreu, ministro de Cultura con Carlos Andrés Pérez, es un símbolo. Su influencia es casi incuestionable. Lo que pide se le da. Cada niño enfermo es atendido sin problemas en los mejores hospitales, por ejemplo. Sus colaboradores hablan de Abreu como una especie de santo. Le colocan en la escala de un Gandhi o un Mandela. Le veneran y le obedecen ciegamente.

Como Susan Simán, directora del centro de Montalbán, que actualmente cuenta con 1.100 niños. Es una de las escuelas punteras del sistema. Allí trabaja el padre de Gustavo Dudamel, una de las joyas de la Venezuela musical: director de orquesta superdotado, según Rattle y Abbado, recién nombrado titular de la Sinfónica de Los Ángeles con 26 años. "Admitimos a niños desde los dos años", asegura Susan Simán. "Nuestro cometido es enseñarles desde que entran a llegar a tocar la Quinta de Beethoven", dice. En los primeros ensayos hay que concentrarse en cosas extramusicales: "Se nos oye más pedirles que no se chupen el dedo o no se rasquen el pañal que otras indicaciones", afirma Simán. Los primeros instrumentos son maquetas. "Formas modeladas de madera que ellos pintan y ponen nombre. Cuando les llega el instrumento real, es muy emocionante". Así hasta formar músicos de raza. Tanto que Montalbán, según Susan Simán, "se ha convertido en algo así como una sala de partos para orquestas".

Otro de los lugares emblemáticos del sistema se encuentra en Barquisimeto, en el Estado de Lara, donde nació el tenor Aquiles Machado. Su escuela es todo un símbolo porque allí se logró romper una barrera más que ha mostrado a sus responsables que la música no conoce límites. Que son las personas quienes los imponen hasta que algunos visionarios los hacen desaparecer. Es el caso de Naybeth García y Johnny Gómez, un matrimonio del sistema, fundadores del coro Manos Blancas, formado por un grupo de niños sordos que logran interpretar música. Sí, interpretar música, ha leído usted bien.

A nadie se le había ocurrido de no ser porque un día apareció por allí una niña que iba a colocarles en un brete. "Se llama Estefanía Colmenares y es sorda", asegura Naybeth García. Un buen día entró en la escuela y por señas dijo que quería aprender. La primera reacción fue contundente: "No puedes, mi amor, pero quédate en la escuela si lo deseas". Estefanía se decidió a intentarlo porque quería pasarlo tan bien como su prima, que estaba en la orquesta. Al poco tiempo, los profesores se dieron cuenta de que Estefanía respondía a impulsos singulares y sobre todo que esas señales, cualesquiera que fueran, le hacían disfrutar.

Era feliz. Así que se propusieron ver hasta dónde era capaz de llegar. Hoy esa niña es la pionera de un coro que actúa regularmente por toda Venezuela demostrando que hay pocas cosas imposibles. Su actuación es tan sencilla como emocionante: a su lado, niños con voz cantan. Ellos mueven las manos y traducen a su lenguaje lo que suena al tiempo, en una comunión de ritmo y expresión increíble.

Poco a poco, Barquisimeto se convirtió en un centro puntero de educación especial, y el conservatorio de la ciudad, en el que Johnny Gómez no fue admitido como alumno en su día, es hoy liderado por él. Allí aprenden niños sordos, ciegos, con deficiencias físicas, mentales. Es alucinante, por ejemplo, escuchar sus ensambles de percusión con sordos. O contemplar al grupo Lara Somos, con algunos componentes ciegos y con principios de autismo.

Los invidentes aprenden muy rápido, poseen una ultrasensibilidad sonora. Tanto que los niños normales, más atrasados que ellos en la música, quieren saber su secreto. "Creen que la clave está en esos papeles que ellos tocan y nos piden aprender Braille porque creen que avanzarán mucho más", comenta Gómez. Con todas estas experiencias, los profesores han llegado a una conclusión crucial para enseñar: "Que las discapacidades pueden ser intelectuales y sensoriales, pero nunca emocionales, que es lo principal para aprender música", explica Johnny Gómez: "El alma no tiene discapacidad".

Hay muchos niños sin discapacidad que les han pedido estar dentro del coro de Manos Blancas. Eso supone un curioso y alentador reverso de la integración. "Por supuesto, lo permitimos. Lo hacen de forma voluntaria", cuenta Naybeth García. La voluntad de integración social no se olvida en Barquisimeto. En el concierto de final de curso se palpa ese orgullo de las familias. Ha sido un éxito con bises en el que se ha mezclado como lo más natural la música tradicional popular venezolana con el barroco de Vivaldi, por ejemplo.

Toda la familia de Maybir Rosendo ha ido a escuchar a la niña, que ha cantado vestida como una princesa de cuento. Sus dos abuelas, que han llegado a verla desde el campo, donde viven, la miran con un orgullo indescriptible, como sus padres y sus tías. Una de ellas hasta llora de emoción. Maybir adora ser cantante y ya va a Caracas a estudiar un sábado cada 15 días. En Barquisimeto también toca la trompeta y ensaya con el coro. De mayor le gustaría ser juez: "Para arreglar las cosas que no me gustan".

A Alejandro y a Elías Múgica López también han ido a verles. Su padre, que se gana la vida como mariachi en bodas, bautizos y cumpleaños, les nota talento. Son de Agua Salada y en casa montan sus ensayos los tres. "Hacen su grupito, la música le da alegría a la casa", afirma su madre. Allí, Elías, el más pequeño, con siete años, tiene montado también una especie de zoo: "Quiero ser veterinario de mayor. Tengo una tortuga, un loro y a mi perro Maylo".

Tras el jolgorio y las felicitaciones, los intérpretes se han ido a sus casas y los profesores explican el milagro del coro de las Manos Blancas a profesores y músicos italianos y españoles que han acudido al evento y lo han vivido con los ojos a cuadros. Es otra de las hazañas de Abreu y sus colaboradores, una de las más rompedoras. "Cuando empezamos, muchos de nuestros amigos pensaban que estábamos locos, éramos unos blasfemos para el sistema de educación musical", dice el maestro. Ahora, 32 años después de haber empezado a prender aquella mecha inicial que ha terminado en toda una explosión musical, está a punto de lograr otro de sus sueños. "Estoy seguro de que España y Portugal se unirán a él. Es la creación de la primera Orquesta Sinfónica Iberoamericana". A fe que su lucha por hermanar y desarrollar a los pueblos a través de la música no terminará ahí. Romperá muchas más barreras.

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