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sábado, 25 de agosto de 2007
Reportaje:La ofensiva terrorista

"Sientes el horror de despertar pegado al techo"

El estruendo de la explosión sacó a la calle de madrugada a los vecinos del barrio de San Fausto, de origen obrero e inmigrante, conscientes del riesgo de vivir junto a una casa cuartel

Los vecinos del barrio durangués de San Fausto hace tiempo que asumieron "el riesgo" de vivir cerca de una casa cuartel. La madrugada del jueves tras la explosión, su estado de ánimo evolucionó por etapas. "Primero sientes el horror de despertar pegado al techo; luego llega el mosqueo de ver tu casa hecha polvo y por último asumes con calma que tú y los tuyos estáis bien", explicaba uno de ellos.

Quizá por eso, cuando el estruendo de la explosión les sorprendió de madrugada e hizo volar las persianas de sus viviendas, no tardaron en encontrar una explicación. "Ha sido un atentado contra la Guardia Civil. La verdad es que hacía tiempo que me esperaba algo así", resumió Manuel, un hombre de mediana edad residente en la calle UrkiagaTorre, perpendicular con la cuesta de Montorreta, en la que se ubica la instalación atacada y a sólo 20 metros de ésta. Tras revisar las viviendas afectadas, 20 personas que vivían en la Casa Cuartel tuvieron que ser realojadas en hoteles.

La onda expansiva rompió las ventanas de dos bloques situados a más de 100 metros

"La cama ha pegado un salto y toda la casa ha temblado", explicó una vecina

Otro de los vecinos, Mikel, de 25 años, tardó en superar el pánico. "Me desperté con la persiana en mi cara", relató. Un inquilino más maduro que iba todavía en pijama, recordaba con otros vecinos experiencias similares. "Yo ya he visto aquí salir gente pegando tiros y también un par de explosiones más", resumía en referencia a algunos de los atentados que la misma casa cuartel ha sufrido durante las últimas décadas. La costumbre, sin embargo, no evita la angustia en estas situaciones. "Mi hijo ha sufrido un ataque de ansiedad", añadió el mismo testigo señalando a un joven veinteañero aún pálido por la impresión.

El barrio de la casa cuartel nació a comienzos de la década de los 60 para acoger a los muchos emigrantes que por entonces llegaron a la localidad en busca de trabajo en la pujante industria local. Todavía hoy, la mayoría de sus habitantes siguen siendo de extracción social obrera.

Alrededor de las cuatro de la madrugada, los vecinos del inmueble más afectado empezaron a salir de sus viviendas a pesar de la fuerte lluvia. "La cama ha dado como un salto y toda la casa ha temblado", explicaba otra mujer que, al igual que muchos de los testigos, prefirió no ser identificada. Un vistazo al exterior del edificio era suficiente para comprobar los daños: gran parte de los cristales de las ventanas estaban rotos por la onda expansiva hasta una distancia de unos 100 metros; en algunos casos, las persianas también habían quedado arrancadas. Sin embargo, ninguno de los ocupantes del inmueble resultó herido.

Los daños eran aún más evidentes en el bloque que mira a la calle Montorreta, a 35 metros del lugar de la explosión. Junto al portal situado en esa fachada aterrizaron los restos del parachoques del coche bomba. "Al oír el ruido, sólo he pensado en mi hija, que a esa hora llega de trabajar", comentaba otra vecina del inmueble. El sobresalto debió de ser aún mayor para el operario de un camión de basuras que estaba vaciando uno de los contenedores a pocos metros del lugar de la explosión, según relató otro joven. "He salido como he podido del portal, porque estaba lleno de cristales, y le he visto. No le ha pillado por pocos metros", señaló este testigo.

La violencia de la onda expansiva rompió también ventanas de otros dos bloques de viviendas situados a 115 y 170 metros respectivamente de la casa cuartel, en las calles UndaTorre y Zeharmendieta respectivamente. En esta última vía, los escaparates de tres locales comerciales quedaron destrozados. Una vivienda unifamiliar situada entre esos bloques y el cuartel también sufrió desperfectos.

A primera hora de la mañana, algunos de los propietarios afectados se acercaron para comprobar los daños. De allí, acudieron a la cercana comisaría de la Ertzaintza para denunciar los daños por indicación del alcalde de la localidad, Juan José Ziarrusta (PNV), que visitó la zona. El Ayuntamiento habilitó también una ventanilla de atención a los damnificados en la oficina del Registro Municipal, situada en los bajos del edificio consistorial. "Al menos no nos ha pasado nada a nosotros", se consolaba uno de ellos.

A media mañana, el olor a gasolina quemada era tan intenso como la rigidez de los agentes de la Guardia Civil que vigilaban el acceso de los periodistas al lugar de la explosión. Estos se esmeraron en evitar que los fotógrafos y las cámaras de televisión se cebaran con la escena del atentado; el límite lo marcaba la línea discontinúa que recorre la carretera que une Durango con Elorrio. La furgoneta donde se colocó el explosivo quedó totalmente desintegrada; la travesía de asfalto y los arcenes de hierbajo situados frente a la casa cuartel eran un mosaico de metralla, cristales y piezas de automóvil descuartizadas. La fachada principal del cuartel estaba llena de huecos, pocas ventanas, marcos o persianas soportaron la intensidad de la deflagración.

El hotel Kurutziaga está situado a unos 200 metros del lugar del atentado. Tiene tres estrellas y un gran sistema de insonorización. La noche del jueves pernoctaban allí 16 clientes. De ellos, sólo uno se despertó atemorizado y de forma precipitada tras la explosión. Se asomó a la ventana y entendió que se trataba de un atentado; así se lo relató al recepcionista de guardia. Hizo sus maletas, pagó y pidió al portero que le acompañara a su vehículo. Tenía miedo. Sin dar muchas más explicaciones huyó. Medía hora más tarde otro cliente finalizaba sus gestiones para abandonar el hotel. "Tuve que llamarle hasta cinco veces a la habitación para despertarlo", comentaba con sorna el recepcionista. El resto de los clientes siguieron durmiendo placidamente sin saber que ETA acababa de romper la tregua calle arriba.

Enfrente del hotel está la fábrica de forja de tornillos Jesús Oñate y Hermanos. A las seis de la mañana en la factoría se trabajaba con normalidad pese a la peculiaridad de las circunstancias. En el interior de la empresa los daños eran evidentes: ventanas arrancadas, techos dañados y la puerta principal bloqueada por los efectos de los inhibidores de frecuencia.

Feli y Juan Antonio están casados, trabajan en la fábrica y viven en una de las viviendas más dañadas por la explosión. "En los instantes posteriores al atentado, mi marido corrió hacia casa para comprobar que estábamos bien", explica Feli. Éste encontró allí a su mujer y a su hijo aturdidos y asustados por los daños que la onda expansiva había causado en su domicilio. Dos horas más tarde, Juan Antonio y su hijo se preparaban para ir a la Ertzaintza a denunciar el suceso. Mientras, Feli llevaba ya un rato trabajando en el almacén, "que voy a hacer", suspiró.

La metralla viajó muy lejos. Tanto, que a unos 300 metros de la explosión, varios curiosos jugueteaban con las tuercas y con los trozos de acera mutilados. "Esto pasa tres horas antes y no lo comentamos, parecía que se caía la casa". José y Conchi, una pareja de jubilados narraban el mal trago mientras se afanaban en limpiar los destrozos que la bomba causó en la panadería que regenta su hija. "Hasta cuándo va a durar esto", se preguntaban.

El delegado del Gobierno en el País Vasco, Paulino Luesma, y el director de la Guardia Civil, Joan Mesquida, en el lugar del atentado. / LUIS ALBERTO GARCÍA

Estado en el que quedaron algunos de los vehículos de la casa cuartel. / EFE

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