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sábado, 11 de agosto de 2007
Reportaje:POESÍA

Carmen Conde, la primera mujer

El próximo miércoles se conmemora el centenario del nacimiento de la poeta cartagenera, que pasó a la historia en 1978 por ser la primera mujer que entró en la Real Academia Española. Paradójicamente, ese hecho ha ensombrecido el resto de su vida y de su obra. Una biografía y varias reediciones rescatan ahora la poesía existencial y amatoria de una escritora comprometida con la República que vivió a contracorriente su pasión por otra mujer.

A cien años de su nacimiento y once de su muerte, sorprende que una vida tan fecunda como la de Carmen Conde, autora de un centenar largo de libros de poesía, relatos, teatro, memorias y literatura infantil, haya quedado reducida a una anécdota: la de haber sido la primera mujer en ingresar en la Real Academia Española. Propuesta como candidata en 1978, las cortesías y visiteo habituales se acompañaban en aquella ocasión de inevitables interpretaciones políticas. Que tocaba mujer era claro: aún producía rubor el rechazo de los académicos a María Moliner en 1972, váyase a saber si por mujer o por no ser filóloga de escalafón. De la terna de candidatas, sólo dos contaban con posibilidades reales, en un dilema que Carmen Conde resumió en sus anotaciones el jueves de la elección: "Los académicos entre Rosa Chacel y yo. Exilio voluntario, y 40 años de aguante con dignidad y valor y obra". Era época de transición y de transacciones, y su caso, como el del Nobel a su vecino de Velintonia (y arrendador) Vicente Aleixandre, representaba una suerte de compromiso entre la resistencia interior al franquismo y la vinculación con la cultura de la República.

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Carmen había nacido el 15 de

agosto de 1907 en Cartagena, ciudad en que vivió sus primeros años y a la que regresó en 1920, tras un dorado paréntesis melillense. Allí se hizo un hueco en la prensa, e inició estudios de Magisterio. Pronto conectó epistolarmente con los escritores madrileños, y en especial con su admirado Juan Ramón Jiménez. En 1927 conoció a su paisano el poeta Antonio Oliver Belmás, cuya relación como novios y luego como esposos fue discontinua y destemplada. Durante ese tiempo cruzó apasionadas cartas con Ernestina de Champourcin, con la que terminaría encontrándose en el feminista Lyceum Club de Madrid. El trato con Ernestina, que alguna vez había instado a Carmen a abandonar a Antonio y fugarse juntas, hizo tambalear los pilares de su formación católica. La relación se enfrió coincidiendo con el noviazgo de Ernestina y el poeta Domenchina, secretario de Azaña. Arrinconado en Cartagena, desde donde percibía escandalizado el deslumbramiento madrileño de Carmen, Oliver le escribe: "Estoy harto de tu amiga Ernestina, de Berta [la rapsoda ruso argentina Berta Singerman], de J. R., de Miró, del Club"; y, enseguida: "Precisamente esta tarde me he enterado de los cafés que frecuentaba en Madrid Concha Méndez. Que no sepa yo que te vas con Maruja Mallo". Es una de tantas admoniciones y quejumbres de un novio celoso que se siente preterido.

Con la llegada de la República y tras su boda en 1931, el matrimonio se volcó en la Universidad Popular de Cartagena, en la estela de las Misiones Pedagógicas de Cossío. En Madrid conoció a Gabriela Mistral, a la que había enviado Brocal (1929), un primer libro de poemas en prosa que reflejaba un mundo solar y juvenil. La chilena le prologó Júbilos, ilustrado por Norah Borges y editado en 1934 en la murciana colección Sudeste, donde su amigo Miguel Hernández había sacado Perito en lunas. Para entonces la escritora, que acababa de alumbrar a una hija muerta, había hallado acomodo profesional en el Orfanato Nacional de El Pardo. El año 1935 fue muy fértil, como lo ejemplifican las Cartas a Katherine Mansfield, publicadas por entregas en El Sol entre septiembre y noviembre: un ejercicio de fraternidad psíquica con "la Chéjov inglesa" (aunque neozelandesa de cuna), con quien repudiaba la atrocidad de la rutina.

Paradójicamente, la misma Guerra Civil que la alejó de su marido, voluntario en el frente republicano, fue un periodo de intensa felicidad personal gracias a su relación con Amanda Junquera, esposa del catedrático de la universidad murciana Cayetano Alcázar. Hasta la muerte de Amanda en 1986 ya nunca se separarían del todo, ni siquiera cuando Antonio Oliver, que tras la guerra estuvo preso en Baza y luego en reclusión atenuada en domicilios de Murcia y Lorca, se reunió con Carmen en Madrid, a fines de 1945. Por entonces publicó algunos de sus libros poéticos más interesantes: Ansia de la gracia (1945), un políptico amoroso de rico cromatismo; o Mujer sin edén (1947), donde concilia el desarraigo existencial de la poesía de Dámaso Alonso con la nostalgia paradisiaca de Aleixandre, unido ello a una rotunda afirmación femenina.

El carácter de su esposo, siempre quejoso ante el desvío de Carmen, le amargó esos años, si hacemos caso a las anotaciones de sus diarios, profusamente recogidas en la reciente y exhaustiva biografía de José Luis Ferris (Carmen Conde. Vida, pasión y verso de una escritora olvidada), que ha utilizado para su documentación el extraordinario fondo del Patronato Carmen Conde Antonio Oliver. Licenciado tardíamente en Letras, el prometedor poeta Oliver se había ido apagando en un clima de frustración, del que salió casi por casualidad y con el decidido apoyo de Carmen. En efecto, un 13 de mayo de 1956 el matrimonio, junto a tres alumnos de un curso sobre Modernismo que Oliver impartía en la Universidad Central, viajó al pueblo abulense de Navalsauz, donde vivía ignorada de todos Francisca Sánchez -"la princesa Paca"-, última mujer de Rubén Darío, a quien había atendido, amorosa y samaritana, en sus años finales. Francisca había conservado el riquísimo archivo de Rubén, contra la incuria oficial y la rapacidad de estudiosos malandrines que lo diezmaron. La anciana, a la que en su juventud había enseñado Rubén a leer, les expresó su deseo de marchar a Madrid para "morirse escuchando la voz de los poetas". El empeño del matrimonio consiguió que las autoridades proporcionaran una casa en Madrid y una pensión a Francisca, quien, a su vez, cedió al Estado el archivo del poeta, al que desde ese momento se consagró Antonio Oliver.

El marido de Amanda murió en

1958; en 1968 lo hizo Antonio Oliver, cuya obra compiló en volumen Carmen Conde (Biblioteca Nueva, 1971), en la misma editorial donde ella había publicado su poesía reunida (1967). La muerte de Antonio está presente en A este lado de la eternidad (1968), especialmente en el impresionante 'Réquiem por nosotros dos'. Luego vino el aldabonazo de la Real Academia. Pero su actividad literaria no cesa, testimonio de lo cual es La noche oscura del cuerpo (1980), andanada espiritualista que conjura las pérdidas del tiempo, la opacidad de la materia y los desabrimientos existenciales de una vida ya esencialmente cumplida. En 1986 moría, en fin, Amanda, tras cuya desaparición sólo le quedaba esperar su propia muerte, que llegó el 8 de enero de 1996, cuando ya su mente llevaba un tiempo extraviada en las nieblas de Alzheimer.

LECTURAS

Antología poética. Edición de

F. J. Díez de Revenga. Biblioteca Nueva.

Carmen Conde y el mar. Edición de Rosario Hiriart. Huerga & Fierro.

La rambla. Editorial Regional de Murcia.

Brocal. Áglaya. Carmen Conde para niños y jóvenes. Edición de María Victoria Martín. Ediciones de la Torre.

Mujer sin edén. Torremozas.

Carmen Conde, en su investidura como académica, con Gonzalo Torrente Ballester, a la izquierda, y Manuel Terán, a la derecha. / MARISA FLÓREZ

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