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viernes, 3 de agosto de 2007
Reportaje:MADRID AL FRESCO

Medina Mayrit, Madrid siglo IX

La ciudad cambia de piel en agosto. Menos gente, más calor, más tiempo libre para muchos. EL PAÍS inicia hoy una serie que durante este mes ofrecerá propuestas diversas para disfrutar de la ciudad y de la región y, de paso, refugiarse del calor. Hoy arranca con un paseo por los vestigios de origen musulmán de una ciudad que debe su nombre al Mayrit que le impusieron al fundarla en la época en la que Mohamed I era su emir, en la pura trinchera de la reconquista.

¿Sabían que Madrid fue una de las pocas ciudades de Al Andalus creadas de la nada por nuestros antecesores musulmanes? Pues sí, y la plaza de Oriente fue en tiempos de reconquista un campo de cultivo del arrabal de esa minúscula Medina Mayrit donde el pueblo se reunía a rezar los viernes en la mezquita. Una aldea en la que hasta hubo una revuelta chií. Y tantos moros tuvo en su origen que los cronistas del XVII se tuvieron que sacar de la manga que el fundador de la ciudad fue nada más y nada menos que Alejandro Magno ¡o incluso Nabucodonosor! (grandes risas) para evitar con la invención que la capital oficiosa de la cristiandad tuviera un nacimiento tan poco digno de reyes como Felipe II, azote de infieles donde quiera que los hubiera.

La plaza fundada por Mohamed I se pobló con 'yihadistas' que luchaban contra la cruz

Un paseo por las escasas huellas del origen musulmán de la capital revela multitud de historias y personajes desconocidos

Pues sí, esas y muchas más historias jugosas del Madrid primero y moro las cuenta Paco Juez, un guía ameno y rigurosísimo con los datos (es historiador), que este viernes organiza un paseo nocturno por Mayrit con los que quieran acompañarle. "Les pido un esfuerzo de imaginación", arranca Juez, porque poco queda de esa época fascinante, aunque la gracia del guía consigue resucitar la ciudad perdida durante el paseo.

La ruta comienza en la plaza de la Armería, en el núcleo de ese hisn o castillo de segunda clase con medina (ciudad) adyacente que el emir de Córdoba, Mohamed I mandó construir para evitar que los cristianos tuvieran vía libre hasta Toledo, porque ya habían llegado al Duero. Estamos en el siglo IX, y la flamante Mayrit no medía más de cuatro hectáreas. Sus habitantes eran una especie de yihadistas, luchadores de la fe islámica, pobres y bereberes, que acudían a la vanguardia de la lucha contra la cruz. A ese primer Madrid pronto acudieron mozárabes para trabajar para la soldadesca de la media luna, en la que "probablemente estaba la familia del que fue San Isidro", cuenta Juez.

El lugar elegido cumplía las dos condiciones exigidas para ser poblado: seguridad, con un emplazamiento estratégico cuyos flancos este y sur estaban protegidos (por el farallón del valle del Manzanares que hoy cae hasta el Campo del Moro y el valle que separa la zona de Las Vistillas); y abundancia de agua, de ahí su apelativo, Mayrit (pronúnciese la y a la argentina, como un "yo" de Gardel), "nombre árabe que remite a los viajes de agua potable que existían en el lugar", explica Juez.

El grupo baja más tarde al arranque de la Cuesta de la Vega donde su pastor explica las mil lecturas de la muralla árabe que languidece descuidada por el Ayuntamiento en el parque del Emir Mohamed I, el único rincón que la ciudad de hoy dedica a su fundador. Los sillares de sílex oscurecidos y los de caliza que añadió el gran Abderramán III tras el saqueo de estos pagos por el rey asturleonés Ramiro II; los muros de ladrillo del palacio de los Malpica que se construyó mucho después sobre la muralla..., cada piedra, cada textura habla de tiempos pretéritos que resucitan glosados por el guía.

Tras explicar de dónde viene el gentilicio felino de los madrileños (se dice que un soldado de Alfonso VI trepó cual gato por la muralla para ganar la ciudad a Cristo, ya definitivamente en 1085), y la denuncia del destrozo reciente de lo poco que heredamos de la Puerta de la Vega, la excursión continúa por la Cuesta de Ramón, caminito que pasa bajo el viaducto siguiendo la muralla: el número 5, una casa construida en los sesenta, se alza, ¡ay! sobre un paño del muro desmochado.

Todos pasan luego a visitar los restos de Santa María de la Almudena, iglesuca montada sobre la mezquita mayor de Mayrit que fue derribada en 1868. De ella queda, frente a Capitanía y bajo unos cristales en la acera de la calle de la Almudena, el único resto románico en esta ciudad vapuleada.

Seguro que se han fijado alguna vez en el talud de hierba de la calle de Factor que se alza frente a la catedral de Madrid. Pues bien, allí arriba, en el punto más alto de aquel Mayrit, -en Los Altos del Rebeque, que así se conoce al lugar porque un embajador flamenco de nombre similar allí vivió-, Juez habla de un gran moro madrileño desconocido, Maslama el Mayrití, eminente científico que, entre otras proezas adaptó las tablas de Tolomeo al meridiano de Córdoba.

Luego se va a San Nicolás, con su torre mudéjar, la más antigua de Madrid, humilde con sus adobes, preciosa con sus arquillos polilobulados. Y a la plaza de Ramales, donde estuvo el templo de San Juan. Allí se ven los pozos donde los alfareros islámicos tiraban las cazuelas defectuosas, honduras surgidas al construir un estacionamiento que arrasó con el resto de ruinas hace bien poco (y por cierto, sin encontrar el cuerpo de Velázquez, que allí yacía según se cree).

El paseo por lo más antiguo que nos queda (al que se pueden apuntar en la agencia Tierra de Fuego, 91 521 52 40) termina en la plaza de Oriente, también en otro aparcamiento subterráneo, donde se conserva una atalaya de la época en que Madrid era parte del reino taifa de Toledo, cuadrada y recia, el último vestigio de ese periodo en la capital.

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