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miércoles, 1 de agosto de 2007
Reportaje:La lacra del dopaje

Armstrong: mejor sin un testículo

La cirugía contra el cáncer transformó en 'hombre Tour' al estadounidense, según dos científicos

Si no fuera un tema tan dramático, ligado a situaciones de vida o muerte y sufrimiento para muchas personas, hasta se podría bromear: ¿cuál es el mejor método antidopaje? Que te arranquen un testículo. Sí, lástima que sería fácilmente detectable: no haría falta ni análisis de orina para verlo. Ésta es, por lo menos, la conclusión a la que han llegado dos científicos estadounidenses, Craig Atwood, especialista en geriatría y Alzheimer, y Richard Bowen, que han estudiado el historial médico y ciclístico de su compatriota Lance Armstrong, ganador de siete Tours tras padecer un cáncer testicular.

Antes de sufrir una enfermedad que por poco lo lleva a la tumba, Armstrong era un gran ciclista para carreras de un día: poseía una gran capacidad de consumo de oxígeno, lucía largos fémures, la misma ambición y determinación que ha exhibido siempre y un cuerpo fuerte, ancho, musculoso, construido durante sus años de triatleta. El morfotipo de un clasicómano, de un crack que se proclamó campeón del mundo en 1993, antes de cumplir los 22 años.

Su organismo metabolizó mejor las grasas como combustible y aumentó su nivel de hematocrito

Cuando, en la Vuelta a España de 1998, regresó plenamente a la competición después de haber superado un cáncer testicular -sufrió la extirpación de un testículo, una operación en el cerebro, largas sesiones de quimioterapia-, Armstrong era un corredor diferente. Tenía los mismos largos fémures, una de las características comunes a todos los grandes ciclistas; la misma elevada capacidad de consumo de oxígeno (un VO2max de 83,8 mililitros por kilo y por minuto), pero ya no era tan fuerte, tan musculoso: pesaba siete kilos menos. Se había transformado en un hombre Tour, un corredor de tres semanas, como demostró con su cuarto puesto en la clasificación final. Al año siguiente, cuando tenía casi 28, empezó a ganar Tours, y no paró hasta 2005, cuando se sintió viejo, casi con 34, y aburrido de la faena y se despidió desde el podio de los Campos Elíseos con siete grandes boucles consecutivas en el bolsillo.

Mientras ganaba de manera implacable, el mejor en la montaña, el mejor contrarreloj, le rodearon constantes rumores de dopaje: nunca dio positivo. Pero, cuando se retiró, en el laboratorio de París descongelaron una orina suya que databa de 1999 y la analizaron con una nueva técnica que detectaba la EPO. Encontraron restos de la hormona que permite que los músculos reciban más oxígeno y puedan moverse más rápidamente y durante más tiempo y de nuevo Armstrong se vio en la diana de las acusaciones de dopaje.

Sorprendía, sobre todo, su evolución, los datos que hizo públicos el fisiólogo Ed Coyle, de Tejas, que le sometió a pruebas de esfuerzo desde los 21 hasta los 28 años: una mejora en un 8% en su eficiencia muscular (más vatios de potencia con el mismo VO2max), una mejora excepcional tratándose de un atleta de élite; y un descenso de peso y de grasa corporal de un 7%, que le generó un increíble aumento del 18% en la relación peso-potencia, el elemento clave para los escaladores. A eso le añadió, para convertirse en el hombre Tour más perfecto que el ciclismo haya conocido, una magnífica capacidad de recuperación y su famoso molinillo: la elevada cadencia de pedaleo en las ascensiones, que le libraba de daño muscular añadido y le permitía ahorrar combustible rápido, bueno (glucógeno), todos los días.

"Increíble, pero cierto, y sin dopaje, sino gracias a tener un solo testículo", concluyen los dos científicos, que han publicado su hallazgo en la revista Medical hypotheses (Hipótesis médicas). Para ellos, las transformaciones hormonales que sufrió su organismo para mantener los niveles de testosterona tras la orquidectomía (en los testículos está la fábrica de la hormona masculina) condujeron a que su máquina metabolizara mejor las grasas como combustible, ahorrando así glucógeno, así como a una pérdida de peso estructural y un aumento del nivel de hematocrito.

Lance Armstrong, en el Tour de 1999. / AP

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