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COLUMNA

Mi héroe

El otro día leí en EL PAÍS una noticia que me dejó turulata. Contaba que el político democristiano belga Yves Leterme, que el pasado mes de junio ganó las elecciones de modo arrasador y que será el próximo primer ministro, fue abordado por un reportero de televisión que le pidió que entonara La Braanconne, que es el himno oficial de su país; y a él le patinaron las neuronas y, por error, se puso a cantar La Marsellesa. Cáspita, me dije: este hombre es mi héroe. Imaginen un mundo liberado de patriotismos baratos. De esos fervores nacionalistas que tanta sangre han hecho correr durante siglos. Un mundo en el que nacer en uno u otro rincón del planeta no sea exhibido como un mérito personal, como si el óvulo y el espermatozoide de los que uno procede hubieran tenido que aprobar unas oposiciones para que el nasciturus llegue a ser castellano, o catalán, o vasco. Imaginen una Europa en la que las banderas y los himnos dejen de achicharrarnos las entendederas. He aquí un político del futuro, me dije; un primer ministro tan poco acostumbrado a calentarse la boca con paparruchadas patrióticas que se pone a cantar el himno del país vecino tan campante.

Como no me acordaba muy bien de Leterme, me metí en Internet y, hale hop, allí salió mi héroe, un cuarentón de aspecto pulido y convencional, el perfecto padre de familia para un anuncio de cereales. Aún más: pude ver el reportaje emitido por la televisión belga con la pifia (está en YouTube) y he de admitir que se me cayeron las pestañas al suelo. Porque es probable que el hombre no sea patriochiquero, pero mayormente lo que parece es un tontaina. Pero luego me lo pensé con más calma, y el asunto me siguió gustando. Porque puede que sea un perfecto mediocre, pero aún así parece estar más libre de la comedura de coco patriótica; y además, semejante error, aunque fue la rechifla de su país, no le ha anatemizado. Ojalá a nuestros políticos les diera por entonar cantos erróneos, los castellanos trinando el Eusko Gudariak, los vascos tarareando el himno nacional, los andaluces cantando Els Segadors y los catalanes gorjeando Asturias, patria querida, por ejemplo. Seguro que nos iría mucho mejor. Pero, por desgracia, a nuestros tontainas les da justamente por lo contrario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 31 de julio de 2007