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viernes, 27 de julio de 2007
Reportaje:ÓPERA

La inocencia pulverizada

Katharina Wagner debuta en Bayreuth con una audaz puesta en escena de 'Los maestros cantores'. El público la abuchea sin contemplaciones

Con más de cinco horas de antelación, las cámaras de televisión ya habían tomado posesión de lugares privilegiados para captar la llegada de los asistentes famosos a la inauguración, el miércoles, del Festival de Bayreuth. Nadie se quería perder el debú de Katharina Wagner como directora de escena del teatro de la verde colina. Había mucho en juego. Incluso su éxito o fracaso se podía interpretar como un plebiscito para una posible sucesión al frente de la nave wagneriana. La hija única del segundo matrimonio de Wolfgang Wagner es la favorita del nieto superviviente del compositor. Hasta su prima Nike, hija del fallecido Wieland Wagner y otra de las aspirantes al trono, se acercó a Bayreuth para ver qué pasaba. La canciller de Alemania, Angela Merkel, tampoco se quiso perder el acontecimiento.

Los maestros cantores es la única comedia de Wagner. Sus personajes son de carne y hueso, y en ella se exaltan, como en ninguna otra, los valores artísticos y humanistas del pueblo alemán. Es sabido que era la ópera preferida de Hitler y, en cualquier caso, es quizás el título más comprometido de Wagner en relación con el sentimiento nacionalista alemán.

Katharina Wagner hizo saltar en mil pedazos todo tipo de complacencia, de idealismo, de inocencia. Su visión del pueblo alemán y sus valores se ceñían a un tipo de realidad cruda y dura, con todas sus miserias y escepticismos. Utilizó desde el comienzo un tono de comedia. La melancolía dejó su protagonismo a la ironía demoledora y ésta al sarcasmo sin piedad. Tres referencias eran más o menos claras en la estética teatral de la biznieta de Wagner: Christoph Marthaler, Claus Guth y Christoph Schlingensief.

Desmontó la bondad de los gremios cantores, vilipendió a los viejos mitos de la música desde Bach, Mozart, Beethoven o Liszt al propio Wagner y, al final, dio un par de vueltas de tuerca innecesarias con motivos eróticos o con exageraciones fuera de sitio que trivializaron en parte la brillantez de las ideas teóricas y dramatúrgicas. Fue valiente en su crítica demoledora. Fue ingenua en su desmesura. Pero tiene talento y le echa un valor a la vida que es de agradecer.

El público, mayoritariamente, la abucheó sin contemplaciones. El grupo minoritario de apoyo aguantó 20 minutos a que se marcharan los detractores y así poder hacerle llegar alguna muestra de apoyo. También se ensañó el respetable con algunos cantantes, como Franz Hawlata y Amanda Mace, y en plenos abucheos para ellos allí salía Katharina con su equipo escénico, entiendo que para apoyarles con su presencia, pero lo que conseguía era que aumentase el volumen del griterío. La bronca se reprodujo cuando salió a saludar con el director musical y cuando compareció con sus colaboradores. En todo este frenesí, los grandes triunfadores de la noche, aclamados hasta el delirio, fueron el tenor Klaus Florian Vogt, como Walther -una voz hermosísima-, Michael Volle, como Beckmesser, y el Coro del Festival -maravilloso-, que dirige Eberhard Friedrich.

Debutaba en Bayreuth Sebastian Weigle, director musical desde 2004 del Teatro del Liceo de Barcelona y próximo director musical general, a partir de 2009, de la Ópera de Francfort. Tuvo algún problema de balance en el primer acto, pero su intervención puede considerarse como espléndida, con dominio de las situaciones concertantes, con un enfoque ligero pero muy equilibrado, y con una multiplicidad de detalles que casi acercaban la ópera a una lectura camerística. No tuvo un éxito apoteósico e incluso recibió algún abucheo aislado pero su prestación fue de muchísimo mérito. En resumen, fue una inauguración controvertida y excitante, aunque lejos de la excelencia.

Katharina Wagner, a su llegada a la apertura del Festival de Bayreuth. / REUTERS

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