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domingo, 22 de julio de 2007
Reportaje:La unión de España y Portugal, a debate

Iberia, capital Lisboa

La mayoría de los portugueses cree imposible la profecía de Saramago de unión con España

El debate sobre una unión política entre España y Portugal viene de lejos, pero en pocas ocasiones lo ha planteado alguien con la talla y la proyección de un premio Nobel de Literatura. Las recientes declaraciones de José Saramago a un periódico lisboeta han destapado la caja de los truenos en el país vecino, al tiempo que han relanzado un debate que se remonta al periodo de unión de las dos coronas, entre 1580 y 1640. Utopías y posibilidades, anhelos unitarios y desconfianzas se entremezclan en unas relaciones que cambiaron de modo sustancial tras el ingreso de España y Portugal en la Unión Europea en 1986. Desde esa fecha, los lazos se estrecharon en un proceso de construcción europea.

España y Portugal son países hermanos, y la Santa Madre Iglesia no aprueba el matrimonio incestuoso. Esa frase histórica, que pronunció un canónigo luso en Braga con motivo de una visita de Alfonso XIII, sigue vigente. Los portugueses ya no odian ni miran a los españoles con el rencor y los prejuicios de otros tiempos ("De España ni buenos vientos ni buenos casamientos", dice el refrán) y, aunque su economía depende en gran medida del comercio con España y adoran ir a Zara o El Corte Inglés, antes muertos que renunciar a la patria y la bandera para convertirse en una comunidad autónoma y fundirse en un país de 55 millones de habitantes llamado Iberia.

Nuestros vecinos alegan razones prácticas para seguir siendo un Estado libre

El dinero ya ha instaurado la unión. El flujo comercial supone 24.000 millones de euros

"Eso es una boutade de Saramago", dice la hispanista Fernanda Abreu. El premio Nobel José Saramago rescató en una entrevista la idea de una futura unión de Portugal y España bajo un mismo país. "Me temo que han bajado las ventas de los libros del maestro", agrega riendo la escritora Inés Pedrosa. "Es una fantasía más de Saramago", remata Duarte Nuno de Bragança, heredero de la Corona portuguesa. "¿Otra vez estamos con eso? Yo creía que los Felipes habían muerto. La historia no permite eso. Es absurdo", concluye Carlos Días, un taxista lisboeta. Y añade: "Me gustan las ciudades españolas, las mujeres andaluzas y castellanas, adoro la paella, 2.500 euros por niño son un lujo, España está al frente de Europa y los portugueses estamos atrasados. Pero no renuncio a ser portugués. Nuestro cantinho (rinconcito) tiene que quedarse independiente".

Tampoco le parece buena idea la unión a Enrique Santos, gallego de origen, portugués de alma y boda y presidente de la Cámara de Comercio hispano lusa, la más activa de España. "No hace ninguna falta dar la lata, la economía ibérica funciona a pleno rendimiento". Santos tiene datos: "Hay 1.050 empresas españolas en Portugal, y 400 compañías lusas en España. El flujo comercial ibérico supone 24.000 millones de euros. España es el principal cliente de Portugal y su primer proveedor".

Como se ve, el dinero ya ha instaurado la unión. Y como dice el fadista Carlos do Carmo, "las cosas cambian muy deprisa, pero los sentimientos y las mentalidades van más despacio que el dinero". Lo cual no quiere decir que no haya portugueses españolistas. ¿O son apenas ibéricos? "Yo fui iberista de joven porque me interesó el iberismo del XIX, que era utópico, socialista y republicano", dice João Peñaranda, originario de Soria y uno de los grandes comisarios del arte contemporáneo portugués (e ibérico). "Ahora soy europeísta porque, entre otras cosas, Europa resuelve el iberismo".

"El sentimiento ibérico ha existido siempre, pero una unión es imposible. El pueblo portugués tiene un nacionalismo profundo y si España intentara integrarnos saldrían a la superficie todos los prejuicios antiespañoles", reflexiona João Soares, diputado socialista y ex alcalde de Lisboa. Para el hijo de Mário Soares, la identidad portuguesa se fraguó como un nacionalismo antiespañol, "que alimentó una lógica de hostilidad que se ha ido borrando con la democracia, la UE y a la España plural".

La idea de Saramago es sólo una más en una larga tradición de individuos pensantes de las dos orillas que vieron en la Península un único espacio físico y dos culturas complementarias. Los iberistas nunca fueron guerreros, fueron casi siempre gente pacífica y a veces un poco ácrata que creía más en la fraternidad y la solidaridad. Tipos, recuerda Soares, "como los anarquistas de la FAI de los años 20 y 30, los republicanos portugueses que ayudaron a huir a tantos republicanos españoles, los viriatos que se alistaron en el bando nacional, los brigadistas que lucharon por Azaña o el militar antisalazarista Enrique Galvão, que fundó el Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación para luchar contra Franco en los años 60".

Hoy, en el siglo XXI y gracias a la única ideología rampante (el mercado libre), España y Portugal están, paradójicamente o no, más unidos que nunca. El dinero, las mercancías, los trabajadores, los turistas y las empresas fluyen sin cesar de acá para allá, y la utopía política parece haber perdido todo el sentido. Pero ha sido tanto tiempo de desprecio mutuo que la idea sigue excitando a las personas.

Nuestros vecinos alegan razones prácticas, nada viscerales, para seguir siendo un Estado libre. Tienen suficiente España. Sus jóvenes más pobres y dinámicos cruzan la raya para trabajar en España, sus hoteles reciben millones de turistas (1,1 millones de españoles durmieron en 2006 en Lisboa), que compran como fieras en sus tiendas. Muchos tienen novios, maridos, mujeres y trabajos españoles; sus hijos cada vez estudian más español (17.000 el curso último); los bebés del Alentejo nacen en Badajoz... "No hace falta más", dicen.

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