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Entrevista:

El 'golpe democrático' de Mauritania

El coronel Uld Mohamed Vall, que tomó el poder en 2005, relata cómo llevó a cabo la transición y entregó el poder a los civiles tras unas impecables elecciones presidenciales

Al principio, en agosto de 2005, fue como uno más de los golpes de Estado militares, casi todos fracasados, que han salpicado la historia de Mauritania. Veinte meses después, el coronel Ely Uld Mohamed Vall traspasó, sin embargo, el poder a un presidente civil elegido por sufragio universal, Sidi Uld Cheikh Abdallahi, y le dejó en herencia el que aparenta ser el sistema más democrático en el mundo árabe.

El coronel Vall, de 54 años, es un hombre tímido que habla bajito, pero que poco a poco se embala cuando narra su labor durante los dos años en que encabezó el Consejo Militar para la Justicia y la Democracia. Así se llamó la junta castrense que instauró en el país más pobre del mundo árabe, poblado por apenas tres millones de habitantes, un sistema político que la comunidad internacional alaba. En línea recta Mauritania está a tan sólo 300 kilómetros al este de Canarias.

"Para avanzar hacia la democracia basta con la voluntad política (...) La democracia no es un valor occidental, sino humano", dice el coronel

"La transición no consistió sólo en organizar elecciones limpias, sino en asentar el buen gobierno y en reforzar la justicia", añade Vall

Formado en las escuelas militares de Francia y Marruecos, Vall hizo la guerra contra el Frente Polisario hasta 1979 antes de ser nombrado, con tan sólo 27 años, comandante en jefe de la región militar de Traza. Desde 1985 estaba al frente de la Seguridad Nacional (policía). La semana pasada estuvo en Madrid invitado por la Fundación Atman.

La comunidad internacional empezó por condenar el golpe del coronel -la UE suspendió su cooperación- pese a que había derrocado al dictador Maaouiya Uld Taya. "Y pese a que el golpe fue incruento", recuerda Vall. "No sólo no se derramó sangre, sino que no se practicaron detenciones, ni se instauró el toque de queda", añade orgulloso.

¿Cómo pudo dar el golpe alguien como usted que estuvo 20 años al servicio de Taya? "Yo estaba al servicio del Estado, no de Taya", contesta. "Era un eslabón". Al coronel no le fue difícil convencer a un puñado de militares de que se adueñaran del poder el 3 de agosto de 2005. "Habíamos padecido dos intentonas golpistas, una de ellas con combates y muertos en la calle, algo insólito en Mauritania", señala. "La reacción del poder no fue buscar una salida política sino incrementar la represión". "La situación era intolerable".

Vall aprovechó un viaje a Arabia Saudí del presidente Taya para dar el golpe y los partidarios del dictador apenas ofrecieron resistencia. Los que sí se mostraron renuentes al nuevo régimen fueron los embajadores occidentales en Nuakchot.

"Les llamé y les encontré como mínimo escépticos", rememora el coronel golpista. "Les pedí que me juzgaran en función de los hechos". "Aprobé una ley en la que prohibía a los miembros del Consejo Militar y del Gobierno presentarse a las elecciones". "Los embajadores empezaron a creerme".

Los "hechos" fueron ilustrativos del camino que emprendía Mauritania. La junta promulgó una amnistía general, invitó a los exiliados a regresar, creó un organismo para vigilar el respeto de los derechos humanos, levantó las restricciones sobre la prensa, sometió a referéndum una nueva Constitución de corte democrático y organizó unas elecciones legislativas y presidenciales libres -con debates en directo en televisión-, que Abdallahi ganó en marzo con casi un 53% de los votos en la segunda vuelta.

Los militares se dieron dos años para concluir la transición democrática, pero la terminaron en 20 meses. "Había tal consenso sobre el cambio entre la población que se pudo ir más rápido", asegura Vall. "Para avanzar hacia la democracia basta con la voluntad política", añade. "A nosotros no nos faltaba". "La democracia no es un valor occidental, sino humano", recalca.

¿Es irreversible la democracia en Mauritania? Vall contesta con prudencia: "Los mauritanos han demostrado una gran capacidad de adaptación a la democracia; aunque no voy a ser tan osado para decir que el sistema funciona al 100%". "Hay que seguir avanzando". En todo caso, él no va a ser el garante de las libertades: "Los que accedieron al poder son responsables y nadie puede colocarles bajo su tutela".

Entre los peligros que acechan a Mauritania figuran los islamistas radicales. "Suponen un riesgo, como en otros países de la región", reconoce el coronel. Por algo los partidos religiosos fueron los únicos que no pudieron concurrir a las elecciones. Ésta fue la única cortapisa democrática de la transición mauritana.

Vall es aún más cauto cuando se le pregunta sobre si el ejemplo mauritano puede servir de ejemplo a algunos de sus vecinos del Magreb. "No vamos a dar lecciones a nadie", responde. Otro coronel, Muammar el Gaddafi, que es el jefe de Estado de Libia desde hace 38 años, tachó en marzo de "ridículo" que los mauritanos, un pueblo "tribal y de beduinos", acudiesen las urnas. "Sus palabras están fuera de lugar, pero no diré nada más para no polemizar con él", afirma Vall.

Desde que, el 19 de abril, entregó el poder a un civil, Vall ha regresado a su casa, aunque también da conferencias. Sin él al timón Mauritania sigue todavía por una senda sorprendente. A principios de mes el presidente y los ministros anunciaron que se rebajaban el sueldo un 25% para hacer frente al déficit presupuestario agravado por la caída de la producción petrolera (20.000 barriles diarios en lugar de los 75.000 previstos).

Este mes se anunció también la creación de un alto tribunal, para juzgar al presidente y los ministros si son inculpados de alta traición, corrupción, etcétera. El presidente del tribunal penal de Nuakchot autorizó a un presunto terrorista, Uld Andel Wahab, a punto de ser juzgado por el asalto al cuartel militar de Lemghety, en junio de 2005, a presentarse a los exámenes finales de bachillerato custodiado por policías.

Vall tiende a atribuirse parte del mérito. "La transición no consistió sólo en organizar elecciones limpias, sino en asentar el buen gobierno y en mejorar y reforzar la justicia dotándola de más medios, aumentando los sueldos de sus funcionarios", asegura. "Por eso pasan ahora estas cosas".

El Gobierno de Nuakchot pidió, por último, la semana pasada, al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados que le ayude a repatriar a los 20.000 mauritanos de color que, víctimas de violencias raciales, huyeron a Senegal en 1989. Varios centenares fueron asesinados antes de que pudieran ponerse a salvo. "Son tan mauritanos como los demás y tienen derecho a vivir en su país en seguridad", sentencia Vall.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2007