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viernes, 29 de junio de 2007
Tribuna:

El Caballero Rushdie

Como ciudadana de una república, la idea de recibir honores reales me resulta un poco anticuada. Más aún, es evidente que la idea de que un escritor postcolonial como Salman Rushdie acepte una condecoración del "imperio" suscita dudas sobre la sinceridad de sus escritos antiimperialistas. Por tanto, no puedo decir que me alegrara demasiado saber que Salman Rushdie figuraba en la lista anual de títulos concedidos por la reina Isabel II.

Pero entonces llegó la noticia inevitable de que "el mundo musulmán" estaba indignado por la distinción. Un miembro del Parlamento paquistaní afirmó que la concesión del título "justificaba" los atentados suicidas. Fue como encontrarnos de nuevo ante el reality show de fanáticos que domina nuestra época.

Aparte de estar harta (¡otra vez!) de ese increíble puñado de fanáticos analfabetos dedicados a la violencia, me pregunto si esta última polémica significa que sir Rushdie va a pasar todavía más tiempo en conciertos de rock y desfiles de moda. O quizá las protestas tengan un efecto positivo, después de todo. Quizá las amenazas de bomba reduzcan su trepidante vida social y le obliguen a volver a escribir. ¿Será posible que, con todo esto, Rush-die vuelva a escribir otra gran novela, en vez de los materiales reciclados que ha producido últimamente?

Sin embargo, lo más importante para mí ha sido que los acontecimientos recientes me han recordado mi descubrimiento de la obra de Rushdie cuando tenía 16 años y me propuse la tarea de leer todas sus novelas, empezando por Hijos de la medianoche (en la época en la que obtuvo el premio Booker, yo era demasiado joven para leer literatura "de adultos").

Durante aquellos cálidos días de verano en Varanasi, empecé devorando Hijos de la medianoche, luego Grimus y, por último, Vergüenza. Con los libros sujetos con las puntas de los dedos, para no llenar las páginas de sudor, leía tendida en frescos suelos de piedra roja, apoyada solamente en un almohadón bajo los codos. Por supuesto, había que dar la vuelta a la almohada para buscar el lado fresco cada 10 minutos. Después de toda una tarde leyendo, me dolía todo, el estómago, las rodillas, la espalda. Pero el suelo era la única parte fresca de la casa, en medio de un calor que hacía insoportables la ropa, la madera y todo lo demás.

No obstante, las incomodidades no importaban. Las novelas abrieron un mundo nuevo a una adolescente que había intuido algunas verdades literarias y lingüísticas relacionadas con el hecho de escribir en inglés, pero no había contado con el apoyo de profesores, medios de comunicación ni otros escritores. Rushdie demostró que era posible vapulear y transformar el inglés para que sonara como la lengua que hablábamos en el patio del colegio y en el mercado. Nos enseñó que no hacía falta tratarlo con la deferencia y el respeto en los que insistían nuestros profesores. Nos hizo ver que podíamos ignorar a los "grandes maestros (europeos)" de la novela y contar una historia como quisiéramos. Eran unas afirmaciones espléndidas y muy necesarias para toda una generación nacida 30 años después que los hijos de la medianoche.

Al acabar aquel verano, nos fuimos a vivir a Nueva York, una ciudad que hace mucho que se me quedó pequeña, pero que es hoy el hogar escogido por Rushdie. Mi raído ejemplar de Hijos de la medianoche fue conmigo y me sirvió para rememorar el hogar en el que mi abuela tenía los labios manchados de betel, los noviazgos se desarrollaban con arreglo a códigos misteriosos y la niñez estaba rodeada de temores no expresados al "estado de emergencia". Y, sobre todo, la novela se convirtió en un recordatorio de que, incluso en el país de Bellow, Faulkner y Hemingway, yo podía escribir -y escribiría- como una india.

Cuando Rushdie publicó Los versos satánicos, yo estaba en la universidad. Recuerdo haber leído el libro tendida en un lugar mucho más cómodo, el césped del campus, bajo el sol de otoño que llena toda Nueva Inglaterra de rojo y oro. Recuerdo haberme reído con muchas cosas del libro, especialmente con las travesuras de Gibreel Farishta y las sigilosas referencias a los cotilleos de Bollywood. Mientras que en la universidad norteamericana era una especie de intrusa, la novela me permitía sentirme experta en un mundo que estaba cerrado a mis colegas no indios.

Cuando se proclamó la fatua y Rushdie se vio obligado a esconderse, no me sorprendió demasiado, aunque las razones alegadas me parecieron insostenibles. Había estudiado el islam brevemente en el colegio, durante la estancia de mi familia en Pakistán y traté, en vano, de encontrar los fragmentos "blasfemos" o, por lo menos, otros que no fueran los que figuran de una u otra forma en textos anteriores de autores musulmanes.

La tercera vez que leí la novela, me di cuenta -con la excitación que sólo una persona joven es capaz de sentir- de que lo que le ofendía al ayatolá no era la "blasfemia". El crimen de Rushdie era algo mucho más sencillo y personal, y yo lo había visto ya en la primera lectura. Ya entonces, había admirado su valor al escribir el trozo en el que Gibreel vuelve la vista atrás y ve al líder islámico radical (claramente, el estimado ayatolá) devorando a miles de sus seguidores.

¿No era una suerte que ninguno de los fanáticos religiosos se hubiera molestado en leer la novela? ¡Cuánto mejor para el ayatolá proclamar que la novela insultaba al Profeta que decir que se sentía ofendido porque se le representaba como un oportunista asesino, excéntrico e irracional! Aquel descubrimiento me condujo a otro bien triste: el sentido del humor es la primera víctima del autoritarismo.

Sin embargo, también me enseñó otra lección importante para un escritor. Si las novelas anteriores de Rushdie habían dejado claro que podía sentirme totalmente libre para cambiar la forma, el lenguaje y el contenido -aunque fuera una india que escribía en inglés-, Los versos satánicos me enseñó a apreciar el valor como parte del repertorio de herramientas de un autor.

En los últimos años, la pluma de Rushdie parece haber perdido el filo, en la medida en que han adquirido prioridad sus apariciones sociales. Pero su hazaña inicial sigue siendo más importante y duradera que cualquier fatua y cualquier controversia: Salman Rushdie abrió de par en par las sagradas puertas de la literatura en inglés para toda una generación de escritores de las antiguas colonias. Y lo hizo en medio de alegres carcajadas y con una prosa luminosa que nos emocionó y nos encantó.

Aunque nunca volviera a escribir una sola palabra más, su obra es digna de respeto. Sólo por eso, merece el título de Caballero. Además, es la respuesta más apropiada a los fanáticos que exigen su cabeza.

Sunny Singh es escritora india, autora de El libro de suicidio de la abuelita y La mirada de Krishna. Traducción de M.L. Rodríguez Tapia.

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