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Crítica:

Río revuelto

Un proyecto para introducir la pesca de salmón con mosca en Yemen agita las aguas de la política británica. Paul Torday ha logrado una desternillante farsa a costa de la diplomacia y las relaciones inglesas con Oriente Próximo.

La extravagante ocurrencia de un piadoso y opulento jeque yemení, dispuesto a introducir la pesca de salmón con mosca en las montañas de su desértico país, cambiará radicalmente la vida cotidiana y laboral del doctor Alfred Jones, marido pusilánime y una autoridad mundial en el apasionante tema de la reproducción de los mejillones de agua dulce, que trabaja en el Centro Nacional para el Fomento de la Piscicultura, con sede en Londres. Cuando el quimérico proyecto del potentado oriental aterriza sobre su mesa de trabajo, introducido por una compleja rama burocrática de alto alcance político, el biólogo cree ser víctima de una tomadura de pelo, impresión que no tardará en desvanecerse, por las presiones de sus jefes, la tenacidad de una eficiente ejecutiva de relaciones públicas y sobre todo por la hipnótica personalidad y las dotes de persuasión del jeque Mohamed ben Zaid Bani Taíma, sus ilimitados medios económicos y su firme creencia en que está obrando por un mandato divino.

LA PESCA DE SALMÓN EN YEMEN

Paul Torday

Traducción de Luis Murillo Fort

Salamandra. Barcelona, 2007

315 páginas. 16,50 euros

A partir de tan estrambótico como original punto de arranque, Paul Torday, especialista en ingeniería marina, desarrolla una desquiciante y desquiciada sátira de la diplomacia y la política británicas y de sus complejas relaciones con Oriente Próximo. Lo que empieza como una sofisticada conjura burocrática y mediática impulsada por el fogoso jefe de prensa de un primer ministro laborista que quiere salir en todas las fotos, crece hasta convertirse en una crisis internacional con la intervención de terroristas de Al Qaeda, piscicultores escoceses, ecologistas, espías, periodistas y otros pescadores de ríos revueltos. La introducción de extractos del Hansard, diario parlamentario de la Cámara de los Comunes, entrevistas de televisión, correos electrónicos y documentos secretos puntúan y anclan esta desternillante farsa en la más pura tradición del humorismo británico, donde lo absurdo y lo extravagante se someten a los dictados de una lógica implacable y peculiar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de junio de 2007

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