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Editorial:

Sarkoprotector

Quizás desde fuera se le atendió poco, pero las ideas proteccionistas, de defensa de los agricultores y de una Europa que proteja a sus ciudadanos, las fue desgranando el nominalmente liberal Nicolas Sarkozy en la campaña electoral y las reiteró en la noche misma de su victoria presidencial. La diferencia no está tanto en lo que dice, sino en que ahora lo hace como presidente, proyectando más una visión de una Europa francesa que de una Francia europea ante los temores a la globalización.

Que Bruselas haya sido uno de los primeros destinos de Sarkozy es significativo. Pero su paso por la capital europea ha dejado una estela de preocupaciones. No respecto a lo que ahora llama el "tratado simplificado" para salir del problema de la Constitución europea, sino por su visión proteccionista, aunque él rechace tal apelativo. No está dispuesto a cambiar una reducción de las subvenciones agrícolas por la apertura a bienes y servicios en otros países. Es más, se ha mostrado partidario de reforzar la política de precios en la agricultura europea en vez de las ayudas directas, lo que será acogido con suma preocupación por los países del otrora llamado Tercer Mundo. Y aunque no sea el único a este respecto, una gran contradicción de Sarkozy y de su Gobierno es que rechaza más inmigración pero pretende rechazar productos que vienen de los países de emigración.

En sus conversaciones en Bruselas, Sarkozy ha resucitado la idea de la "preferencia comunitaria" e insistido en que Europa debe proteger a sus ciudadanos y no preocuparlos. La cuestión es cómo. Cuando habla del dumping fiscal y social de los nuevos Estados miembros olvida que sin ese desfase en salarios y apoyos sociales España, Portugal, Grecia e Irlanda no se habrían desarrollado como lo han hecho. Esta actitud, junto con una cerrazón a la armonización fiscal, puede chocar con la más liberal de Merkel en Berlín o de Brown en Londres.

En cambio, sí tiene razón Sarkozy al insistir, no tanto (de momento) en socavar la independencia del Banco Central Europeo (BCE) como en pedir un gobierno económico para el euro, algo que figuraba en el diseño original de lo que por algo se denominó Unión Económica y Monetaria. Puede haber algo de electoralismo en esta actitud, dado que aún tiene que ganar las legislativas de junio, o de posición negociadora. Su aviso de que le "gusta ser temido" se ha de tomar en serio. No así su "adiós a la ingenuidad", pues en estas materias Francia nunca ha pecado de ingenua, sino de excesivamente precavida. Un toque de liberalismo no le vendría mal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de mayo de 2007