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Reportaje:

Sarkozy, contra la globalización

El presidente francés causa preocupación en Bruselas por su defensa del proteccionismo

Llegó como un torbellino. Bronceado, arrollador, seguro de sí mismo, Nicolás Sarkozy abrió los brazos como diciendo "aquí me tenéis". Era un gesto de complicidad con los periodistas de un avezado comunicador en su primer viaje a Bruselas, el pasado miércoles, desde que fue elegido presidente de Francia. A pesar de que había ganado las elecciones hace más de 10 días, seguía con el estilo trepidante de la campaña. Con un lenguaje directo y desenfadado, Sarkozy alegró la tarde de los sufridos reporteros, más acostumbrados a los soporíferos informes y al prudente lenguaje institucional.

Inmediatamente captó la atención de todos cuando, como un molinete, empezó a repartir mandobles, que alcanzaron con más o menos intensidad a Turquía, la política de liberalización comercial y al Banco Central Europeo. La pasión con que se confesó europeísta y su compromiso de lograr a toda costa un tratado, aunque sea "simplificado", en junio hicieron el resto.

Para el presidente, Europa debe dar preferencia a los productos de la Unión

Esto fue sólo el entremés de su puesta en escena europea. Luego por la tarde, el plato fuerte se sirvió en una cena reducida con José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, y otros altos responsables como el vicepresidente y comisario de Transportes, Jacques Barrot, o el comisario de Asuntos Económicos y Sociales, Joaquín Almunia. Acompañaron al líder francés el ministro de Exteriores, Bernard Kouchner; el secretario de Estado para Europa, Jean-Pierre Jou-yet, y el embajador plenipotenciario de Francia ante la UE, Pierre Sellal, entre otros.

Impregnado todavía por la euforia del éxito electoral, el líder francés acaparó toda la conversación, en la que sólo recibió puntuales y precisas observaciones de Barroso y Almunia. Kouchner y Jouyet escucharon. Durante los 90 minutos que duró el ágape, Sarkozy se despachó a gusto tanto al exponer sus ideas sobre el nuevo tratado como en su manera de afrontar la globalización.

La primera parte de la cena fue de agradable digestión. El equipo de la Comisión celebró el "impulso y el entusiasmo" que aportó Sarkozy para sacarles las castañas del fuego en la cuestión del tratado. Su empeño para lograr un acuerdo en la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno del 21 y 22 de junio se recibió como agua de mayo.

Los postres fueron más largos e indigestos. Sarkozy expuso a la brava sus ideas sobre la manera de afrontar la globalización. Su teoría de la "preferencia comunitaria" dejó una honda preocupación. Para el presidente francés, Europa debe establecer un sistema de preferencia de los productos comunitarios frente a los de los otros países. Se trata de una visión que muchos interpretaron como proteccionista y que se desmarca del discurso de la Comisión Europea, y especialmente de Alemania, el primer exportador mundial, y del Reino Unido, que ven en la apertura de los mercados y la globalización más una oportunidad que un riesgo.

También fueron inquietantes sus comentarios sobre la manera en que se llevan a cabo las negociaciones en la OMC y, sobre todo, sus ideas sobre la protección de la agricultura. El presidente francés es partidario de volver a una Política Agrícola Común más intervencionista, basada en precios subvencionados, lo que supone desandar la dirección de la UE de los últimos años que acentuaba las ayudas a las pequeñas explotaciones.

Mayor "preocupación" despertaron sus consideraciones sobre el supuesto "dumping fiscal y social" que pueden desarrollar los nuevos Estados miembros, para atraer inversiones. También inquietó a algunos comensales "la agresividad" de sus planteamientos sobre la fiscalidad, cuando en la UE las cuestiones fiscales se adoptan por unanimidad. Para rematar, su insistencia en precisar las fronteras de Europa despertaron el temor de provocar nuevas inestabilidades por los desaires que puede suponer al Gobierno de Ankara, cuyas negociaciones de adhesión se iniciaron con el pleno respaldo de Francia.

Por sus imprevistas reacciones se le teme aunque, como le espetó, a una periodista: "Me gusta ser temido". Inquietan sus posibles reacciones cuando aparezca un país que se resista al consenso. Hay temor de que su llegada instale una dinámica de tensiones donde ha predominado la búsqueda de consensos. Nadie olvida sus ideas de directorio, la Europa del G-5 o G-6, en las que sólo los grandes países juegan en primera división.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de mayo de 2007